La guerra de los baldes en Propios: los lavaderos callejeros generan denuncias de vecinos; ¿quién los controla?

En Propios los lavaderos de autos se multiplican sobre veredas y calles: algunos clandestinos y otros legales. Entre el ruido constante, el agua y la espuma, la convivencia entre los clientes, los trabajadores y los vecinos es compleja.

Lavando auto sobre Propios.
Lavando auto sobre Propios.
Leonardo Mainé.

Pasando la Plaza del Ejército, cuando Propios deja atrás General Flores y se abre camino hacia el oeste de Montevideo, el paisaje empieza a repetirse. Baldes y tarros con agua sobre las veredas, trapitos colgados en muros esperando que el sol los seque, hidrolavadoras prontas para arrancar la mugre y espuma blanca que corre por los cordones.

El cartel “lavadero” aparece una y otra vez. En una esquina funciona un lavadero oficial, instalado en un predio amplio donde antes hubo una concesionaria de autos. Desde allí se alcanzan a ver al menos seis lavaderos callejeros: algunos con habilitación, otros clandestinos. Están sobre Propios y en las calles que la cortan. Lavan motos, autos, taxis y camionetas. Incluso hasta los más improvisados tienen sillas para que los dueños se queden a mirar: el lavado puede ser exprés o llevar hasta dos horas, según el estado del vehículo y lo que pague y pida el cliente.

Mientras se espera el lavado, en muchos de estos lugares también se puede comer y tomar algo. “Hamburguesa con fritas, 200 pesos”, anuncia un cartel que, del otro lado, ofrece comida para perros y gatos. Se venden cigarros, vino suelto frío, café y agua caliente para el mate; en algunos casos hay baño.

Sobre Propios lavan autos en la calle.
Sobre Propios lavan autos en la calle.
Foto: Leonardo Mainé.

Un lavadero funciona también como un pequeño almacén. Ahí está sentada una pareja.

—¿Vienen siempre a este lavadero?

—No, al que esté libre o tenga menos cola.

La pareja joven espera en la vereda y mira cómo dejan el auto impecable. No entregan la llave. Cuando termina el lavado exterior, les piden que lo muevan unos metros, siempre sobre la calle.

—Más para adelante, así lo aspiramos -dice la dueña del lavadero, aspiradora industrial en mano.

Es el “centrito” de lavar, aspirar y encerar autos de Montevideo. Propios tiene demanda permanente. Los sábados casi siempre hay fila de autos. Los precios ayudan y las diferencias entre los locales que están en regla y los que no, al menos para el cliente, no parecen grandes.

Lavadero de autos por Propios.
Lavadero de autos por Propios.
Foto: Leonardo Mainé.

Esta convivencia ya es parte del paisaje urbano, pero no está exenta de tensiones. También genera denuncias vecinales. El defensor de Vecinas y Vecinos de Montevideo, Daniel Arbulo, señala que los reclamos existen, aunque no son masivos. “Son casos aislados, sobre todo en la zona de Propios, Avenida San Martín y General Flores”, explica. Uno de los planteos más frecuentes refiere a la ocupación de toda la cuadra: autos en espera, conos y bidones improvisados que se apropian de la calle -un espacio de uso público-, especialmente los fines de semana. “Eso afecta a vecinos que no tienen dónde estacionar”, resume.

Arbulo advierte, además, una contradicción recurrente: muchos de los vecinos que reclaman también usan el servicio. Y aclara que estos conflictos no son exclusivos de los lavaderos. “Pasa lo mismo con talleres mecánicos, gomerías y otros servicios vinculados a los autos, donde la actividad termina desbordando el espacio privado y ocupa la calle o la vereda”, señala.

Otro punto recurrente es la circulación peatonal. “Hay vecinos que dicen: ‘vivo al lado del lavadero y no sé por dónde pasar’. Si van por la vereda, se encuentran con mangueras y equipos; si bajan a la calle, es peligroso porque tienen que caminar por la calzada. Son problemas cotidianos de uso del espacio público”, afirma el defensor del vecino. A eso se suma la vereda permanentemente mojada y con restos de jabón, una combinación que convierte cada paso en un riesgo y alimenta el temor a caídas, sobre todo entre personas mayores.

Trabajar en la calle

“Hay lugar para todos”, dice una mujer, dueña de un lavadero habilitado que funciona en la calle y tiene un local alquilado para cobrar, coordinar turnos y ofrecer un lugar de espera. En temporada alta, cuenta, el movimiento alcanza para sostener el negocio. Pero no siempre fue así. En 2023 fue una de las que se vio obligada a cerrar por disposición de OSE, en el peor momento de la crisis del agua potable. El lavadero bajó la cortina, pero las cuentas siguieron llegando.

Cartel de lavadero en Montevideo.
Cartel de lavadero en Montevideo.
Foto: Leonardo Mainé.

Ahora, dice, el escenario es distinto: desde OSE se insiste en el uso responsable del agua y se anunciaron lineamientos, pero no se repitió una situación como la de aquel año. Aun así, el golpe no terminó de pasar. “Cerrar fue durísimo”, resume.

El esquema de trabajo también tiene sus costos. Los empleados son monotributistas, usan uniforme provisto por el lavadero y trabajan a la intemperie. En verano, el sacrificio es el sol directo durante horas; en invierno, la exposición al frío y al agua. “No hay botas que aguanten ni piloto que te salve de terminar empapado”, dice. En la calle, el trabajo se sostiene así: con márgenes ajustados, esfuerzo físico y una rutina que no siempre se ve desde afuera.

—¿No te sacan clientes los clandestinos?

—Mirá, al taxi le cobro 300 pesos. Sé que dos cuadras más abajo lo lavan por 200. Pero están los productos que usamos y el tipo de lavado que hacemos.

El uso del agua en este corredor comercial no pasa inadvertido para OSE. Desde la empresa explican que el control del consumo, tanto en lavaderos de autos como en otras actividades comerciales, forma parte de las tareas permanentes de la Subgerencia de Control de Irregularidades. No hay por el momento una campaña focalizada exclusivamente en lavaderos, pero dicen que las inspecciones se mantienen de forma constante.

Los controles se activan a partir de denuncias internas o externas, o por recorridas propias de los equipos técnicos. Cuando se detectan incidencias, se procede a regularizar la situación de acuerdo con la normativa vigente. Una de las principales dificultades, admite OSE, es que algunas conexiones irregulares vuelven a restablecerse durante la noche, luego de haber sido cortadas.

Cuando la luz del día se va, el movimiento de taxis y autos de aplicación se intensifica. Algunos taxistas mantienen la regla: al cambiar de turno, a las dos de la tarde o dos de la mañana, el auto se entrega limpio al compañero que releva.

Lavan un auto eléctrico en Montevideo.
Lavan un auto eléctrico en Montevideo.
Foto: Leonardo Mainé.

A pocos metros, un conductor de aplicación espera a la sombra mientras le limpian el auto.

—¿Siempre venís a este lavadero? ¿Te sirve porque te dan boleta?

—No, no es por eso, depende del que esté libre. Generalmente paro acá o en otro donde hay unos muchachos que lavan bien. A mí me importan mucho los vidrios, cómo quedan, y no todos los lavan bien, esa es la verdad.

El auto está casi pronto. El conductor cuenta que antes lo lavaba él mismo, pero dejó de hacerlo. “Me lo tomo como un descanso”, dice.

—¿Lo lavás una vez por semana?

—Dos veces mínimo, depende de la cantidad de viajes. Yo estoy todo el día metido acá adentro, es mi casa prácticamente.

Se sube a su camioneta eléctrica.

—¿Y los vidrios?

—Impecables.

Le deja un billete de 50 pesos a uno de los limpiadores: “Es para vos y tu compañero”. La propina es clave para estos trabajadores.

Arranca en silencio para cruzar Avenida Italia rumbo al “otro” Montevideo, donde la demanda de viajes de Uber y Cabify es mayor.

El movimiento no se detiene en Propios. En este tramo de la ciudad conviven el ruido constante, el agua que corre sin pausa, la espuma que se acumula en los cordones y la mugre negra y pegajosa que se desprende de las gomas al limpiarlas. Ese residuo espeso es también motivo de quejas vecinales -sobre todo de vecinas-, que apuntan a la pasta pesada que queda adherida al piso: una mezcla de goma quemada y productos químicos. “Eso no lo podés barrer”, dice una señora jubilada que vive pegada a un lavadero. “Por eso yo les pido a los muchachos que lo despeguen con la hidrolavadora”, agrega.

Puesto de lavado de autos en Montevideo.
Puesto de lavado de autos en Montevideo.
Foto: Leonardo Mainé.

¿Está tranquilo hoy?

—Vamos lavando uno.

Falta un rato para el mediodía de un miércoles. El trabajador aspira el interior con la puerta abierta y no deja de mirar la calle. Es cubano y hace dos años vive en Uruguay. Muchos de los que trabajan son de la isla o de Venezuela.

—Mucho taxi, mucho Uber -dice.

Los particulares son menos, pero llegan. Los precios salen de memoria:

—Taxi y Uber, 270 pesos. Particular, 390. Camioneta, 550.

Aclara rápido que ese dinero no es suyo. El patrón le paga 90 pesos por auto, sea cual sea. Por eso prefieren muchos chicos o taxis.

La conveniencia con los vecinos

A una cuadra de Avenida Italia, un lavadero ocupa la vereda como tantos otros en esta zona de Montevideo. No es exprés ni improvisado. No hay baldes desparramados ni autos entrando y saliendo a los apurones. Acá el ritmo es otro. Trabajan dos jóvenes que se dedican al “detailing”, el detallado automotor. Lavados premium, explican. Un trabajo fino, minucioso, casi artesanal, pensado para dejar el auto impecable.

Dos jóvenes lavan a detalle un vehículo.
Dos jóvenes lavan a detalle un vehículo.
Foto: Leonardo Mainé.

Empezaron hace dos años y medio. “Porque nos gustan los autos”, dice uno de ellos mientras arma un jabón para pasar por la carrocería. No se presentan como un lavadero más. Se mueven por redes sociales, tienen una cartera de clientes armada y muchos llegan por recomendación. Sobre todo por el pulido. Cobran 900 pesos. “El trabajo que hacemos es distinto. No es pasarle agua y listo. Acá hay tiempo, técnica y cuidado”, insiste. “Muchos llegan, les decimos el precio y ya se dan la vuelta”, explica.

El detailing implica un proceso largo y visible: prelavado, aplicación de espuma, lavado a presión, secado con paños especiales para evitar rayones, limpieza detallada de vidrios, interior y tapizados. Después viene el pulido, el sellado y la cera. Todo sucede en la calle, sobre la vereda. No hay local todavía, pero lo proyectan. “La idea es poder tener un lugar propio”, dicen. “Estamos apuntando a eso”.

A la sombra de un árbol, una pareja espera sentada en sillas de playa. Toman mate. Un bebé de pocos meses duerme en brazos, ajeno al ruido de la hidrolavadora. El clima es calmo. No hay apuro. El auto va tomando brillo mientras la escena se parece más a una tarde de barrio que a un emprendimiento comercial. Nadie parece molesto. Nadie parece apurado.

Pero no todos ven lo mismo cuando miran ese lavadero.

Hay vecinos que, desde que se instaló, vienen denunciando su funcionamiento ante la Intendencia de Montevideo. Juan vive en la zona y asegura que opera sin habilitación y sin controles visibles. “Un día te levantás y tenés un lavadero en la puerta de tu casa, y no podés hacer nada”, dice. No es una metáfora. Hay mañanas en las que los autos se acumulan desde temprano, el agua corre con espuma espesa y las alfombras de goma se lavan directamente sobre la vereda.

Trapos limpios al sol sobre la vereda.
Trapos limpios al sol sobre la vereda.
Foto: Leonardo Mainé.

A veces los vecinos no pueden estacionar; otras, directamente no pueden pasar. En más de una oportunidad, los taxistas no logran bajar pasajeros porque el piso está enjabonado. “No pasa absolutamente nada”, repite Juan. “Ruidos molestos, uso de agua, ocupación del espacio público. Están infringiendo un montón de normas. Pero no pasa nada”.

Como otros vecinos en el barrio, pensó que sería algo transitorio. “Dijimos: esto va a durar dos o tres meses. Cuando la intendencia vea que pusieron eso ahí, lo van a sacar”. Pero no ocurrió. El lavadero sigue funcionando. Ya van dos años y dos meses.

Cuando intentó iniciar un reclamo formal, se encontró con un laberinto burocrático. La intendencia no actúa de oficio: el camino es denunciar ante el área de Convivencia, y hacerlo de forma anónima. “Anónima entre comillas”, aclara. “Porque se sabe que los que denuncian son los vecinos. Y eso te expone”.

Para que los inspectores concurran, le pidieron el número de puerta. “O sea, tengo que dar yo el dato. ¿Qué anonimato es ese?”, se pregunta. Mientras tanto, el lavadero sigue ahí, ocupando tres o cuatro lugares de estacionamiento en una zona residencial.

El problema, dice, no es solo el ruido o el uso del agua. También es la seguridad. Recuerda a un hombre mayor que casi se cae por unos cables cruzando la vereda. “Dijo: ‘Yo acá me voy a matar con ustedes con estos cables’”.

Juan aclara que no está en contra del trabajo. “No digo que no laburen o que no sean emprendedores. Pero no a costa de las molestias del resto”. En la zona hay otros lavaderos, algunos habilitados, incluso con pozo propio. “Esto es distinto. Acá no pagan agua comercial ni luz comercial, y usan todo”.

Arbulo, el defensor del vecino, agrega un matiz clave: la dimensión social. “Hay que tener en cuenta que para mucha gente esto es una salida laboral. Son formas de economía familiar, con niveles de flexibilidad altos y una barrera de entrada baja. Es sencillo instalarse si se consigue espacio en la cuadra, y ahí aparece esa tensión entre la convivencia barrial y la supervivencia de quienes trabajan”, resume.

Entre el vecino que siente que perdió su vereda, los jóvenes que pulen autos soñando con un local propio y los clientes que esperan tomando mate, el conflicto queda abierto. La calle funciona como espacio de trabajo, de paso y de disputa. Y mientras nadie intervenga de forma clara, la escena se repite: espuma, brillo, ruido, reclamos. Y una pregunta que sigue sin respuesta: ¿quién controla a los lavaderos callejeros?

En regla

Día y noche: lavadero las 24 horas

En medio de los lavaderos montados sobre Propios, aparece una excepción. Funciona desde setiembre de 2022 y rompe con la lógica dominante del entorno: es un lavadero formal, con empresa constituida, servicios contratados y reglas claras. Y no lavan en la calle. Ellos están en un local grande, donde había una concesionaria de autos.

Dueños del lavadero Pin - Pum - Pan
Dueños del lavadero Pin - Pum - Pan
Foto: Leonardo Mainé.

Hoy trabajan allí varios empleados, algunos casi desde el inicio, aunque la rotación es parte del rubro. “No es un trabajo fácil, es sacrificado”, dice uno de los dueños del local, quien fue taxista. El sueldo no es alto y se complementa con propinas.

El funcionamiento es aceitado. Hay una lista de precios fija y categorías claras. Los taxis pagan una tarifa diferencial: 260 pesos por lavado, que demora entre 15 y 20 minutos, sobre todo cuando pasan varias veces por semana. Uber y aplicaciones tienen su precio específico; los autos particulares pagan lo mismo sean chicos o grandes; camionetas y vehículos grandes integran otra categoría. Si el auto llega con mucho barro, arena o pelo de perro y demanda más tiempo, se cobra un plus de 200 pesos, muchas veces propuesto por el cliente.

“El 98% son clientes fijos”, aseguran. Hay taxistas independientes, pero también dueños y administradores de flotas que envían todos sus autos allí. En algunos casos, el lavado forma parte de un convenio: el dueño paga y el chofer está obligado a llevar el taxi. “Si no, pasa que el empleado dice que lo lavó y no lo lavó”, explican. Acá queda constancia: boleta y firma. El ritmo lo marca el clima. Si llueve, baja el trabajo; al día siguiente, se dispara. “Un día podés lavar 50 autos, otro 100”, relatan.

La diferencia con los lavaderos de la calle no está solo en el precio. “Nosotros tenemos todo legal: agua, luz, empresa”, dicen. No hablan de competencia desleal. “Cada uno elige”.

El lavadero abre todos los días. De lunes a sábado funciona las 24 horas; los domingos cierra apenas unas horas. El nombre -Pim Pum Pam- resume la idea: rápido, directo.

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