Cada vez que la lluvia aprieta en poco tiempo, hay un punto de Montevideo donde en minutos el agua le gana terreno al asfalto. En el barrio de La Aguada, desde Paraguay hasta Avenida Libertador, a la altura de La Paz, el agua regresa a su curso natural. Es que abajo de donde hoy está la ciudad, hay bahía, playas, médanos y hasta un arroyo entubado.
Y, cuando llueve, algunas escenas se repiten desde hace décadas y décadas. Caen muchos milímetros en poco tiempo y el barrio se transforma. Autos que flotan porque la fuerza del agua los levanta del piso y los hace dar vueltas por las calles que de golpe se convierten en canales. Comercios que bajan las cortinas preparadas con gomas y chapones en un intento por frenar el agua apenas hay alerta de lluvia, y vecinos que ya conocen el ritmo de lo inevitable.
Las imágenes podrían ser de hoy o de hace 60 años: en archivos en blanco y negro aparecen escenas casi idénticas. Mujeres con agua hasta la rodilla camino a la estación de AFE y autos averiados parados en el medio de la zona más crítica, dónde se enfrentan dos plazas, Rondeau y La Paz.
Es una figurita repetida, una postal ya clásica que, hace una semana, volvió a inundar las redes sociales con videos que se hicieron virales. Los ómnibus pasan rápido para que el motor no esté en contacto con el agua y no se les quede. Motos de deliverys de comida con el agua que les tapa más de la mitad de las ruedas. Y bocas de tormenta que no dan abasto.
El dueño de una panadería en la calle Paraguay ya está curado de espanto. “El otro domingo fue dos veces. A las nueve de la mañana con la primera tormenta entró agua como siempre, por más que tengamos las tablas”, cuenta en referencia a unas maderas que pone religiosamente en la puerta cada vez que llueve. “Limpiamos, secamos, ordenamos todo… y a la una y media, otra vez”.
“Ya veo que se larga y saco el auto, lo subo por calles más del Centro”, dice un vecino que vive en un apartamento nuevo de la calle Paraguay. “Porque si no chau motor, en los autos nuevos si ingresa agua, el vehículo no tiene reparación. Fijate que yo casi perdí dos, el seguro no me cubrió nada. Uno zafó porque era diesel y lo logré sacar”.
“Hay grupos de WhatsApp de vecinos y se van avisando”, cuenta una portera. “Pero algunos no llegan a sacar el auto, otros en un intento de salvarlo lo suben a las veredas o ahí adelante que hay una concesionaria y tiene un poco más de altura”, dice.
El panadero reclama medidas concretas, por lo menos que corten las calles. “En esos momentos los autos no pasan, pero los camiones y los ómnibus sí, y generan una ola que hace entrar más agua al local”. Su comercio y una peluquería son de los que más sufren el ingreso de agua porque están en la base de edificios antiguos, de lado de la estación de AFE, que dicho sea de paso no se inunda por cómo fue construida.
Florencia, técnica en farmacia, trabaja desde hace años sobre Rondeau y matiza las críticas, cuenta que sus compañeras más nuevas tienen miedo a la situación, pero ella ya ha visto “hasta heladeras pasar flotando”. Dice que hay un problema de fondo y la discusión pública se da solo cuando hay una inundación.
“La intendencia viene a limpiar siempre las bocas de tormenta. A mí me da rabia cuando se quejan en redes”, lamenta. Esta vez el agua apenas ingresó dos escalones de la entrada de su comercio: en toda la zona se da un fenómeno, las manzanas están más altas que la calle.
Mabel, ya jubilada, coincide. Con la correa de su perra Lola en la mano, cuenta que observa a las cuadrillas trabajar con frecuencia desde su balcón. “A veces anuncian lluvias aisladas y ellos ya están acá. Yo salgo y les pregunto”, dice. Y marca un detalle que no es menor: “El agua que sale es limpia, no trae mugre ni olor feo. Tiene olor a playa”.
Vive en un quinto piso, en un edificio frente a la estación de AFE, sobre la calle La Paz, desde donde tiene una vista panorámica de la zona. “Acá nunca va a entrar el agua. Si mirás todas las escaleras que hay, te das cuenta”, afirma.
En esta historia lo que cambia es lo humano -los vehículos, la ropa, los peinados-, pero no el desenlace. El agua siempre encuentra por dónde volver.
Y es que, en rigor, nunca se fue.
El ingeniero civil Juan Pablo Martínez Penadés trabajó en estos temas en la Intendencia de Montevideo y hoy está en el Ministerio de Ambiente. Él dice que lo que pasa en la zona exige mirar hacia atrás. “Durante mucho tiempo, en las ciudades se buscó alejar el agua lo más rápido posible, evitar cualquier contacto con ella. Era una lógica muy positivista de gestión: se creía que la naturaleza podía ser controlada. Y en función de eso se hicieron obras”, explica.
Cuando hay daños, hay pérdidas económicas. “En la inundación grande hace cuatro años se hizo un relevamiento con el ministerio, la cámara de aseguradoras y también el Banco de Seguros del Estado para estimar los daños. Los autos viejos se inundaban y era un problema, pero los nuevos, que son computarizados, muchas veces no tienen arreglo cuando se mojan. Ahí las pérdidas fueron de unos nueve millones de dólares solo en vehículos”, recuerda el ingeniero.
Cuando Carolina Cosse estaba al frente de la intendencia, se planteó implementar un sistema de cortes de calles en episodios críticos, pero la medida nunca se aplicó.
Para Martínez Penadés, este tipo de medidas “más blandas”, podrían ayudar a reducir los daños. “Se puede, por ejemplo, restringir el estacionamiento en las zonas más críticas, señalizarlo en los cordones y colocar cartelería. Son áreas que ya están bastante identificadas. Porque cuando llueve, la subida del agua es muy rápida y muchas veces no da tiempo a reaccionar”, plantea.
El plan y las piscinas subterráneas de cemento
La Intendencia de Montevideo tiene el problema bajo estudio y maneja posibles líneas de acción. Así lo explica el director de Desarrollo Ambiental, Leonardo Herou, quien señala que existe un proyecto inicial para mitigar las inundaciones, en coordinación con el Puerto y autoridades vinculadas a la estación. Pero hay un problema: cuesta 40 millones de dólares. Parece mucho dinero para un problema que se da en una zona concreta pocas veces al año. “Estamos trabajando en la articulación con distintos actores, donde el Puerto es clave”, afirma Herou. “En las próximas semanas vamos a tener mayor claridad”, concluye.
El ingeniero Martínez Penadés describe una solución que, en esencia, busca domesticar el agua antes de que desborde. La idea -explica- es interceptar esa lluvia que hoy corre sin control, se acumula en calles, veredas, y desviarla hacia grandes reservorios artificiales subterráneos.
“Son como piscinas enterradas”, resume. Se trata de espacios diseñados para retener el excedente en momentos críticos. “En este caso son grandes depósitos de hormigón”, precisa. En zonas con más disponibilidad de terreno, admite, podrían resolverse a cielo abierto. Pero en áreas urbanas consolidadas, la alternativa es otra: estructuras cerradas, comparables a un estacionamiento subterráneo, que permanecen vacías hasta que la lluvia las activa. La clave, dice, está en el lugar. No cualquier punto sirve. Hay que mirar la ciudad con otros ojos: detectar las pendientes, los desniveles casi imperceptibles que guían el recorrido del agua. “Si uno se fija, por ejemplo, en la zona de Paraguay y La Paz, ahí se forma como un pozo”, grafica. Son esos puntos bajos -donde el agua tiende a concentrarse de forma natural- los que aparecen como candidatos lógicos para emplazar estos reservorios.
Haber olvidado el paisaje natural de esa zona de Montevideo es, para la arqueóloga Ana Gamas, una de las claves para entender por qué La Aguada se inunda. Ella ha investigado los procesos de urbanización en barrios como La Aguada, Paso Molino y Capurro, y sostiene que el problema no es nuevo, pero sí se ha agravado por la forma en que se ha construido en las últimas décadas. “Creo que lo que está cambiando es la cuestión de la inmediatez”, explica. “Se piensa en resolver para ahora, en construir rápido porque se quiere vender, y después se pasa a otra cosa”.
Esa lógica, dice, choca con la realidad de un territorio que nunca dejó de tener agua debajo.
La arqueóloga menciona episodios recientes en la zona de avenida Libertador donde el terreno cedió y un auto quedó colgado dentro de un pozo. “Es parte de lo mismo. Hay una corriente de agua constante que va socavando”, señala. Frente a este escenario, plantea que no alcanza con intervenir sobre la emergencia. “Hay que proyectar. Definir hacia dónde va la normativa, cómo se construye en estos lugares”, afirma.
Las fuentes de agua potable y el origen de un barrio
Hacia 1760, la incipiente población de Montevideo se abastecía de agua potable principalmente de dos puntos ubicados en esta área: la Fuente de Canarias y la Fuente de la Aguada de los Navíos.
La Fuente de Canarias se ubicaba en las cercanías de las actuales calles Yaguarón y La Paz, mientras que la de la Aguada de los Navíos se situaba, según distintas versiones, en Pozos del Rey y avenida Libertador o en la zona de La Paz y Rondeau.
Esa presencia no quedó solo en los registros históricos. En la zona de los llamados Pozos del Rey -en Yaguarón y Pozos del Rey- aún se conserva uno de los pozos coloniales vinculados a los manantiales del arroyo Canarias. El predio integra un conjunto protegido como Monumento Histórico Nacional y actualmente funciona allí la empresa De Marco. Su propietario continúa extrayendo agua mediante una bomba y la utiliza tanto para consumo como para higiene.
Alrededor de estas fuentes se fue asentando un poblado que, con el paso del tiempo, terminó integrándose formalmente a la ciudad. En 1861 la zona fue incorporada a la planta urbana con el nombre de barrio La Aguada, dejando atrás su denominación anterior: Quebrada de los Manantiales.
Sin embargo, ya hacia fines del siglo XVIII comenzaban a aparecer señales de agotamiento. Según documentos de la época, el caudal y la calidad del agua se deterioraban, en gran parte por la extracción de arena utilizada en la construcción de la ciudad. Aun así, la Fuente de la Aguada de los Navíos continuó en funcionamiento incluso después de la independencia.
El arroyo oculto y entubado
Al sur del Palacio Legislativo, donde hoy se levantan veredas, edificios y comercios, hasta mediados del siglo XIX había otra cosa: agua. Parte de esa zona integraba la bahía de Montevideo. La ciudad avanzó sobre ese territorio, ganó tierra, pero lo hizo también sobre sus desagües naturales. Tapó, desvió, entubó.
La superficie de terreno ganado al mar en la playa de La Aguada alcanza las 122 hectáreas, (lo que serían 120 manzanas aproximadamente) tomando como referencia una línea de costa reconstruida a partir de diversas fuentes cartográficas, según lo explica en su cuenta de X el técnico en cartografía David Martínez. Esto contando el espacio de contenedores que tiene pocos años de realizado.
Debajo de la calle La Paz, por ejemplo, corre un arroyo. Como en otros lugares de la ciudad, pasa por abajo y no se le mantuvo el cauce natural a la vista.
El arroyo de las Canarias fue, en la época colonial, un curso de agua clave para el abastecimiento de la ciudad. Bajaba hacia la bahía siguiendo un trazado similar al de la actual Yaguarón. Hoy está entubado, invisible, pero no inactivo: forma parte de un sistema que, cuando se ve desbordado, recuerda su presencia.
Los viejos mapas también cuentan esta historia. La actual calle Galicia figuraba como “Orillas del Plata”. La costa llegaba hasta Rondeau, atravesaba lo que hoy es la estación de AFE y la calle Paraguay. Recién a la altura de la actual avenida Libertador comenzaban los médanos de arena.
Ese paisaje empezó a cambiar a mediados del siglo XIX. En 1865, el Estado tomó una decisión clave: vender lo que entonces se denominaba “terreno submarino”.
“Puede sonar raro, pero se vendía tierra que estaba bajo el agua”, explica el historiador Enrique Bianchi. El acuerdo incluía una condición fundamental: quien comprara debía hacerse cargo de ganarle terreno a la bahía.
Así fue como un empresario argentino adquirió buena parte de esa zona y la fue loteando para vender. Su tarea no era menor: construir un gran muro para contener el agua y luego rellenar el terreno. Ese muro -según reconstruye Bianchi- comenzaba a la altura de Río Negro y La Paz, bordeaba lo que hoy es la zona de la Estación Central y seguía hacia el norte, en una traza similar a la actual rambla Baltasar Brum y los accesos a Montevideo. Luego giraba hacia el oeste, cerca de Bella Vista.
“Sin ese muro, todo se volvía a inundar. El terreno estaba al nivel del mar”, explica.
Pero el relleno no fue inmediato ni uniforme. Y ahí aparece una de las claves para entender los problemas que persisten hasta hoy. “Lo que hicieron fue elevar las manzanas, no las calles”, señala. El resultado era tan gráfico como problemático: cuando llovía, el agua se acumulaba en las calles y las manzanas se transformaban en pequeñas islas.
Con el tiempo, ese desnivel se fue corrigiendo y la ciudad terminó de consolidarse. Se instalaron fábricas, barracas, infraestructura ferroviaria y la propia Estación Central, que fue construida contemplando estas condiciones y por eso resistía mejor las inundaciones.
“Por más que vos entubes un arroyo, el agua sigue ahí. Los manantiales siguen manando. Y el agua siempre intenta volver a su cauce natural”, resume la arqueóloga Gamas. Para ella, ese es el problema de fondo: la ciudad se construyó sobre cursos de agua activos, no sobre terreno seco.
La evidencia aparece incluso dentro de las casas: cisternas antiguas que nunca se sellaron del todo, napas que afloran, humedad constante en los cimientos. “Hay vecinos que conviven con agua permanente. No es solo un tema estructural: también es un problema de salud”, advierte.
En las fábricas del siglo XIX de esta zona aún se conservan antiguas piscinas construidas para canalizar el agua, obras que contemplaban las características del terreno. En los primeros años de Montevideo, el barrio albergó caleras, molinos y espacios donde los buques se abastecían de galletas de campaña -producidas en los molinos de los jesuitas-, además de frutas y verduras provenientes de Paso Molino y, por supuesto, agua pura de las fuentes de La Aguada.
Para Gamas, el punto de quiebre llegó después. “Hasta ese momento en general se respetaban más los cauces. El gran problema vino en la segunda mitad del siglo XX, cuando se empezó a construir sin estudiar la geografía original del lugar”, sostiene.
Pero para bien, en los últimos años hubo un cambio importante en la forma de abordar estos problemas. “Hay mayor conocimiento y una integración más fuerte entre distintas disciplinas, algo que antes no se tenía tanto en cuenta”, explica la arqueóloga.
Para Gamas, esa integración no solo mejora los proyectos, sino que permite anticipar problemas. Por eso insiste en la necesidad de incorporar estudios históricos y arqueológicos antes de intervenir en cualquier zona. “Entender qué hubo antes condiciona mucho lo que se puede hacer hoy”, afirma.
La escena que hoy se repite en La Aguada -calles convertidas en canales, agua que brota desde los pisos- no es otra cosa que esa historia emergiendo a la superficie.
Y que, tarde o temprano, obliga a una discusión de fondo, en opinión de Gamas: “En algún momento se va a tener que hacer la obra y poner el dinero necesario”. Porque lo que ya está construido difícilmente pueda revertirse. El desafío, coinciden todos, no es deshacer la ciudad, sino decidir cómo se sigue construyendo sobre un territorio que nunca dejó de ser agua.