Fiebre del oro en Montevideo, entre la venta de “las joyas de la abuela”, robo de cadenitas y precios históricos

El oro cerró 2025 con su mejor desempeño desde 1979 y a comienzos de 2026 superó los 5.000 dólares la onza, tras subir cerca de 65% en un año y más de 160% en cinco. En Uruguay, ese salto impulsó la compra y venta de joyas y también el robo de cadenitas en calles de Montevideo.

Joyero muestra cadenas de oro para vender.
Joyero muestra cadenas de oro para vender.
Foto: Ignacio Sánchez.

Patricia quiere vender las joyas de la bisabuela alemana de su hijo. En una pequeña billetera de neopreno con motivos de unicornios, esta mujer de 43 años lleva guardadas un par de piezas de plata, otras con brillantes y un reloj. Espera sentada en un banco de la peatonal Sarandí, frente al local de La Fontaine, una reconocida joyería familiar uruguaya fundada en 1940. Cuando desde adentro avisan que pueden entrar más personas, se levanta rápido y se acomoda en la fila de quienes aguardan para vender o comprar oro, el metal que durante siglos funcionó como moneda de cambio y que hasta comienzos de la década de 1970 respaldó al dólar bajo el sistema de Acuerdos de Bretton Woods, abandonado por el presidente de los Estados Unidos Richard Nixon.

El movimiento de personas frente a la joyería no es casual. El oro y la plata atraviesan un momento de precios históricos, impulsados en buena medida por la inestabilidad internacional. Los conflictos bélicos, las tensiones geopolíticas y los anuncios del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre nuevas políticas comerciales y guerras de aranceles, alimentaron la búsqueda de activos considerados seguros.

El oro cerró 2025 con su mejor desempeño desde 1979. A comienzos de 2026 alcanzó máximos históricos por encima de los 5.000 dólares la onza, llegando incluso a superar los 5.200, tras haber subido cerca de 65% durante el año anterior. Un dato: subió más de 160% en los últimos cinco años.

En Montevideo, especialmente en los barrios costeros, los robos de cadenitas de oro en la vía pública se han vuelto cada vez más frecuentes. La modalidad suele repetirse: los delincuentes se acercan -muchas veces en moto- y tiran del cuello de la persona para quedarse con la cadena y el colgante, o directamente con el colgante, que suele concentrar la mayor cantidad de oro.

Pero, ¿tiene relación el aumento del precio del oro con estos robos callejeros? Entre los especialistas y actores del sector consultados para este informe hay un punto de coincidencia: es prácticamente imposible comprobar si una cadena que llega a los comercios de compra y venta de metales fue robada o no.

Salvo en casos excepcionales -por ejemplo, cuando una medalla tiene grabado un nombre, una fecha u otro rasgo distintivo-, no hay forma de rastrear el origen de esas piezas. Ni tampoco de establecer si existe un vínculo directo entre estos robos y el aumento del precio del oro a nivel mundial (aunque suena sensato que haya un nexo). Más adelante volvemos sobre este punto.

Joyeria La Fontaine
Relojes a la venta en La Fontaine joyería.
Foto: Ignacio Sánchez.

De todo lo que Patricia había llevado en su billetera de neopreno con motivos de unicornios, allí solo le compran un anillo, los conocidos como “Chevalier”. “De esos de varón, que van en el dedo chico, me dieron 8.000 pesos”, cuenta. Distinta fue la suerte de una joven que llegó poco después con varias cadenas, anillos y caravanas. Tras revisar cada pieza, le compraron casi todo. Sale con la cartera apretada contra el cuerpo, en ese intento imposible de disimular que llevaba algo de valor adentro, quizá dinero, quizá un cheque.

La joyería, con techo, piso y paredes blindadas, deja ver apenas un anticipo del brillo del valor que guarda en su interior: joyas, lingotes, monedas, jarrones, solo por enumerar. Todo allí transmite seguridad: en la puerta hay un guardia que ordena el ingreso, las alarmas suenan cada vez que alguien cruza el umbral y las cámaras tienen movimiento.

La escena se repite una y otra vez a lo largo del día. Personas que llegan con pequeñas bolsas, sobres o cajitas para vender oro y plata, pero -claro- también hay quienes van a comprar. Hay de todas las edades: desde jóvenes de poco más de 20 años que llevan alguna alhaja heredada o guardada, hasta personas que ya peinan canas desde hace décadas.

Joyeria La Fontaine
Puerta de entrada de La Fontaine, se habilita el ingreso de las personas por el guardia de seguridad.
Foto: Ignacio Sánchez.

Los tasadores hacen distintas pruebas, primero miran con una lupa de joyero y después van a las pruebas físicas con químicos que reaccionan. Parece un episodio de la famosa serie El precio de la historia, pero el mecanismo es igual, se evalúa el precio, se oferta y ahí el vendedor decide si vende o no.

“El oro funciona como un refugio de valor”, explica Juan María Terra, director de Gletir Corredor de Bolsa. El año pasado, señala, el precio del metal tuvo un aumento extraordinario. “Ahora a comienzos de este año tuvo una baja, en parte por una toma de ganancias de los inversores”, dice, pero volvió a subir por el conflicto bélico en Irán.

¿Pero por qué sube el oro y no los valores de bonos o las criptomonedas? “El oro es un activo que no depende tanto de la economía global. Si la economía va mal, el oro tiende a mantener su valor frente a las monedas”, dice Terra. Uno de los factores que explica la revalorización reciente es el deterioro de los balances de los bancos centrales en los países desarrollados. Según el analista, en las últimas décadas esas economías acumularon niveles de deuda cada vez más altos.

Moneda de plata
Moneda de plata emitida por Estados Unidos.
Foto: Ignacio Sánchez.

Para Nicolás Kohn, encargado de research para clientes de Wealth Management en Balanz Capital, uno de los puntos de inflexión en esta tendencia fue la guerra entre Rusia y Ucrania. A partir de ese conflicto, explica, muchos países comenzaron a revisar la composición de sus reservas. Los bancos centrales -especialmente de grandes economías- pasaron a comprar más oro para diversificar sus activos, en lugar de concentrarlos únicamente en dólares.

Juan Manuel Picero, socio de joyería La Fontaine, dice que el fenómeno también se refleja en el comportamiento de los clientes. “El oro se percibe como un activo más estable. La gente no lo compra pensando que va a subir mucho”, explica el comerciante.

El oro saca las joyas de la abuela al mercado

Ahora Patricia está en avenida Uruguay a la altura de Río Branco, intentando colocar las joyas sin mucha suerte. “No es robado, pero piensan que sí, tienen prejuicio y por eso se ve que no me quieren comprar”, dice Patricia.

Cartelería de locales de compra y venta de oro en la avenida Uruguay.
Cartelería de locales de compra y venta de oro en la avenida Uruguay.
Foto: Ignacio Sánchez.

En esa zona hay varias casas de compra de oro. La mayoría, en realidad, ya cerraron, aunque los carteles de “compro oro” siguen en las fachadas. Los pocos locales que resisten parecen detenidos en el tiempo: vitrinas con celulares “tapita”, muñecas de porcelana que dan miedo y una luz gastada que apenas ilumina los mostradores.

La encargada de un local de compra y venta de metales preciosos sobre la calle Uruguay dice que el negocio lleva décadas funcionando. En su local, compran prácticamente cualquier formato: joyas, lingotes o monedas.

La escena comercial cambió con los años. “Antes había más joyerías”, recuerda la encargada.

Cuando alguien llega con una pieza para vender, el análisis no se limita al metal. También observan el contexto. “Si vemos algo raro o el relato no cierra, no se compra”, dice. A quienes llegan a vender oro se les pide cédula de identidad y otros datos personales. Además, los compradores no pueden vender ni fundir las piezas durante un mes, por si la Policía las reclama.

Volvemos a la Ciudad Vieja. Juan Manuel Picero creció entre vitrinas con relojes, bandejas de plata y joyas antiguas, pero estudió ingeniería en sistemas: cuando se aburrió se cambió para el negocio familiar.

Juan Manuel Picero, socio de joyería La Fontaine
Juan Manuel Picero, socio de joyería La Fontaine, sentado en su escritorio.
Foto: Ignacio Sánchez.

El local de La Fontaine forma parte de una historia que empezó mucho antes de que él naciera. Durante décadas fue sobre todo un anticuario. Con el tiempo, el perfil cambió y hoy está más volcado a la joyería. Pero la lógica sigue siendo la misma: comprar y vender objetos de valor. Muchas de las piezas que llegan al mostrador provienen de herencias. “La gente hereda cosas y tiene que repartir. Vender la pieza y dividir el dinero suele ser más sencillo”, explica. También pesa el cambio generacional: “Las joyas de la abuela las personas jóvenes no las quieren usar, muchas veces”.

Durante décadas, además, comprar oro fue una forma de ahorrar. “Antes se compraba para lucirlo, pero también como respaldo”, dice. En una época con menos opciones de consumo, era común pagar una cadenita en cuotas y guardarla. Ese mismo principio sigue vigente. En 2020, en plena pandemia, La Fontaine abrió una nueva línea: la venta de oro y plata como instrumento de inversión. Hoy venden monedas y lingotes al precio internacional del metal, más una comisión. La lógica, aclara, no es especular sino refugiarse. “Cuando uno habla de oro, plata o platino no busca rentabilidad per se. Busca seguridad”.

En momentos de incertidumbre económica o política, explica, el oro suele subir porque los capitales se refugian allí: “En toda la historia de la humanidad la gente usó el oro como respaldo”.

Juan Manuel Picero, socio de joyería La Fontaine
Juan Manuel Picero, socio de joyería La Fontaine, sostiene un lingote de oro.
Foto: Ignacio Sánchez.

Las compras varían mucho. Hay quienes adquieren una pequeña moneda por mes -que puede costar unos 60 o 70 dólares- y otros compran lingotes grandes. “Uno de un kilo puede valer lo mismo que un apartamento”, dice. La diferencia, explica, es la liquidez. “Si querés vender oro, venís y te lo compramos en el momento. Un apartamento lleva tiempo”.

Las monedas provienen de distintos países. Entre las más conocidas están las libras inglesas, con la imagen de San Jorge de un lado y el retrato del monarca británico del otro.

Las modas cambian: la decoración, el tamaño de los relojes, las joyas que se usan. El oro, en cambio, permanece. “Es un activo físico que te llevás a tu casa”, resume el empresario.

Formas

¿Cómo se invierte hoy en oro?

Existen distintas formas. Las grandes fortunas suelen hacerlo a través de oro físico. Para inversores más pequeños, lo habitual es acceder mediante instrumentos financieros, que replican el valor del metal y tienen su correlato físico custodiado en una entidad financiera. También es posible comprar monedas de oro desde 70 dólares.

El robo de cadenitas que crece

El aumento de los robos de cadenitas en la calle parece ir de la mano con la suba del precio del oro. No es que los ladrones sigan las noticias internacionales, pero saben que ahora se paga mejor. Los casos aparecen todos los días en las noticias. Incluso al relator deportivo Alberto Kesman le arrebataron una cadena que, según contó, tenía sobre todo valor sentimental.

Pero más allá de eso, por una sola cadena se puede pagar hasta 2.000 pesos.

Tiendas que compran oro, plata y alhajas.
Tiendas que compran oro, plata y alhajas por la avenida Uruguay.
Foto: Ignacio Sánchez.

Por eso se volvió común que muchas personas, sobre todo mujeres, eviten mostrar sus alhajas. “Cuando salgo de casa me miro en el espejo antes de irme y me la meto para adentro de la ropa. Recién cuando llego al ascensor del trabajo la saco”, cuenta Natalia, una joven que luce una cadena de oro con un dije también de oro. Otras directamente dejan de usarlas en verano. Ana la escucha y relata: “Si salgo a correr por la rambla me la saco. Yo tengo una virgencita de oro”.

Susana llevaba más de 30 años con la misma cadena de oro y una medalla de la virgen que la acompañaba desde los 18. “No me la sacaba nunca”, dice. En las últimas semanas había escuchado advertencias de cuidacoches cerca de su trabajo, en la zona de La Española: “Están robando cadenitas, señora”. No pensó que le podía pasar.

La semana pasada, cerca de las cuatro y media de la tarde, llegó a su casa en Pocitos después de trabajar. Estacionó por José Ellauri, entre Avenida Brasil y Atanasio Lapido. Bajó del auto con la cartera, la vianda y varias cosas en las manos.

Mientras abría el portón, una moto se subió a la vereda y frenó a su lado.

El hombre, prolijo, con casco y una moto tipo delivery con caja atrás, le preguntó cómo llegar al Punta Carretas Shopping. Susana se dio vuelta para explicarle. Le indicó el camino. La conversación se alargó más de lo habitual.

-Mirá, más fácil: andá hasta Bulevar España y seguí derecho -intentó simplificar.

En ese momento el hombre tiró de la cadena.

Fue un segundo.

“Yo estaba encerrada entre el portón y la moto”, recuerda. Llamó a la Policía y radicó la denuncia. Los efectivos le dijeron que últimamente veían ese tipo de robos: motos que se acercan, preguntan algo y arrancan la cadena de un tirón.

Susana encontró algunas imágenes de la moto en las cámaras de su casa y las envió a la seccional décima. Nunca recibió una respuesta.

Juicio por homicidio de Marcelo Demestoy
Policías durante un operativo.
Foto: Darwin Borrelli/El País.

La cadena que le arrancaron en segundos la había acompañado durante más de tres décadas de vida. En un mundo dominado por transacciones digitales, por criptomonedas y por mercados financieros sofisticados, el oro sigue teniendo algo de su lógica más antigua: es un objeto físico, reconocible, que conserva valor. Y por eso mismo también se vuelve codiciado.

“El oro no se desgasta, no pierde valor fácilmente y es algo que la gente reconoce inmediatamente”, señala el analista Kohn.

Por eso, además de los grandes instrumentos financieros -como los fondos cotizados que replican el precio del oro- sigue existiendo una demanda constante por monedas, lingotes y joyas. En parte, explica, ese comportamiento responde a una memoria colectiva que atraviesa generaciones: durante décadas, el oro funcionó como reserva de valor en tiempos de crisis, guerras o inflación.

Lingotes de oro y plata.
Lingotes de oro y plata.
Foto: Ignacio Sánchez.

Esa lógica parece volver a cobrar fuerza en un escenario internacional donde, como resume Kohn, muchos inversores sienten que “no hay un lugar completamente seguro en el mundo”.

Ese clima de incertidumbre impulsa no solo a los bancos centrales, sino también a inversores institucionales y minoristas a incorporar oro en sus carteras como mecanismo de diversificación. Mientras tanto, en las calles, ese mismo metal que históricamente funcionó como refugio de valor sigue circulando en su forma más cotidiana: una cadena, una medalla, una joya que alguien llevó durante años.

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