El mundo últimamente se siente como si nos encontrásemos al borde de un abismo y no solo los civiles lo sentimos. Es el momento bisagra, reconocen líderes de izquierda y derecha. Los cambios en la cultura, trabajo, geopolítica, tecnología y la comunicación son tan vertiginosos que no alcanza para seguirles el ritmo y el resquebrajamiento del viejo orden mundial se anuncia. De los dos lados del ring ideológico se está disputando la hegemonía del nuevo orden. La batalla es en todos los frentes: en la calle, en los medios, en las redes, en las universidades y, también, en encuentros de cooperación internacional.
A más de tres décadas de la caída del muro de Berlín, discursivamente la polarización se vuelve a asomar, esta vez con tintes sigloveintinuistas. De un lado: el arco de las izquierdas y los movimientos autoproclamados populares y progresistas, que capta desde un peronismo argentino, pasando por algunos demócratas americanos, tomando a Lula y abrazándose con comunistas revolucionarios. Esa que quiere el resurgir del Sur Global, autonomía frente a las grandes tecnológicas, paliar la desigualdad y lograr un desarrollo sostenible. Del otro, las autodenominadas Fuerzas de la Libertad, los libertarios: un abanico ideológico que prácticamente deja afuera a las derechas liberales de nuestro país, consideradas demasiado estatistas y “tibias”, pero incluye a algunos grandes empresarios y a los dueños del capital. Esa que pone la libertad como primera bandera, que es salvajemente tecnoptimista y tiene al individuo como centro. Dos visiones de mundo se disputan el timón de las Américas.
Me interesaba conocer sus discursos más en profundidad. Sin apuros. Sin miedo al recorte. Sin postura de campaña. Con cierta privacidad. Así que cuando, con pocos días de diferencia, se realizaron en Montevideo el Congreso Panamericano (un encuentro de líderes de izquierda) y en Buenos Aires la cumbre libertaria Vientos de Cambio, ambos me tuvieron como interesadísima asistente. La particularidad de los dos encuentros es que, a su modo, son más de elaboración teórica que de divulgación masiva. El Congreso Panamericano tuvo a Yamandú Orsi en su apertura en el Palacio Legislativo, contó con expositores políticos como Ofelia Fernández, Soledad Vallejos y Gabriel Boric, entre otros, que totalizaban unos 150 líderes de 15 países. La cumbre de Buenos Aires tuvo unos 50 expositores de la política, la academia y el empresariado, con nombres como Alberto Benegas Lynch, Axel Kaiser, el premio Nobel de Economía James Heckman y el mismo Javier Milei. Dos menúes interesantes, en el acuerdo y en el disenso.
No se puede hacer un análisis valioso de los fenómenos políticos si no estamos dispuestos a escuchar con toda la buena fe que nos quede a todas las partes. No hay otra opción (si lo que se busca es un entendimiento y no ganar una discusión) que ver en todos el hombre de acero -la mejor versión de sus argumentos, sus partes más sólidas- y no al conocido hombre de paja; su flanco más débil. Tras las estridencias puede haber entendimiento y puntos en común, creía. Bastaron pocas ponencias para entender que no. En ambos lados, parecía que el enemigo debía morir.
En estos espacios, para empezar, no había forma de encontrarse con ese enemigo. Así que lo primero que puedo decir es que en ambas cumbres se respiraba un clima amistoso. En uno lo llamaría camaradería y en otro ambiente de networking, pero, sin dudas, es casi que lo más atractivo para sus asistentes: conversar con sus pares ideológicos después de las charlas. En el poscongreso de izquierda algunos cruzaron al Café de la Diaria a tomarse un café, otros solo conversaron en la explanada del Solís. Tras cada panel de la conferencia libertaria se escuchaba mucha conversación animada en inglés. La gente estaba muy entusiasmada con mezclarse y conversar: a eso vinieron.
Los eventos, es cierto, no son análogos. El Congreso Panamericano fue fundado en 2024 para forjar “solidaridad entre pueblos y soberanía entre las naciones”, y es dirigido a líderes políticos en la mayoría de su agenda (se reúnen durante tres jornadas a puertas cerradas) y uno de los días (el que yo asistí) realizan charlas abiertas y gratuitas al público, este año en el Teatro Solís y con unos 1000 asistentes. El evento Vientos de Cambio costaba entre 30 y 650 dólares (dependiendo de la fecha en la que adquirieras el ticket o si eras estudiante o académico) y se celebró en el Sheraton Puerto Madero. Un evento de dos días indistinguible de cualquier “summit” empresarial, con café, medialunas, mozos y una barra de almuerzo. Había miembros del gobierno argentino (hablaron los ministros Luis Caputo y Federico Sturzenegger) y parlamentarios de otros países, pero eran los menos. Esto era un evento principalmente de think tanks, intelectuales y empresarios (pero de los empresarios con ideas, no de esos que solo cuentan cómo anda su negocio). Asistieron alrededor de 500 personas.
La búsqueda estética del Congreso Panamericano era de sofisticación, sobriedad, intelectualidad. Escenario casi vacío con luces cálidas. Vientos de cambio tenía un aire mucho más chillón, estridente, comercial (como suele ser la comunicación libertaria), con el escenario lleno de luces violeta eléctrico, como si fuera el evento de una start up.
Congreso Panamericano y Vientos de Cambio: el enemigo perfecto
Cuando fui al Congreso Panamericano esperaba -porque conozco más el paño- que se hablara todo el tiempo “de la ultraderecha extractivista” y “su avance imperialista”, pero no me esperaba que del otro lado también se necesitase, tanto, discursivamente construirse en función al otro. Ese otro que ellos llaman Las Fuerzas de la Decadencia. Y ahídepositan el odio a la humanidad y al progreso, el deseo de que todos se mantengan pobres, la tiranía y la envidia. Los dos encontraron el enemigo perfecto con el que no conversarán jamás.
La pregunta con la que fui a ambos encuentros era algo naif: ¿hay puntos en común para tirar para el mismo lado? La respuesta es “no importa”. Ambas partes son irreconciliables porque no se hablan ni tienen intención de hacerlo. Buscar una síntesis es una misión sin reclutas. Demonizar a la otra parte es una porción enorme de sus identidades. Mucho -si no todo- lo que hacen es en función de un enemigo. Cuando se dirigen a otro es solo un show para un tercero. No es un diálogo, es más bien un polílogo (¿existen ya los diálogos entre solo dos partes?): no están conversando con el otro sino para la audiencia. También hacen eso en entrevistas, en debates. Le hablan al público triangulándose a través del otro y jamás a él. Por eso verlos en estas instancias en las que se hablan a sí mismos sin masividad ni apuro electoral es tener vista privilegiada a un fenómeno que, como los cometas, pasan cada tanto y hay que estar para verlos: un (relativo) sinceramiento. Aunque en ese sinceramiento siguen invocando al hombre de paja del que necesitan diferenciarse. Aunque ambos lo hacen, en eso insiste más la izquierda. De hecho, la diputada Inés Cortés le dijo a La Diaria sobre los encuentros a puerta cerrada que “todos estuvieron atravesados por la injerencia brutal de Estados Unidos”. Además, por definición los libertarios piensan menos en el otro.
La sustancia de ambos encuadres ideológicos es algo que lleva unos días metabolizar si se toma en serio. Cuando uno va con mente abierta y defensas bajas, cualquiera de los dos encuentros podría convertirte en un convencido. Los dos saben emocionar, cohesionar y, si se presta atención solo al contenido, los dos tienen una gran coherencia interna. La tienen, es innegable. Y tienen, cada uno a su modo, cierta épica para ir develándotela.
¿Pero cómo es posible que ambos tengan algo de razón? Bueno, es que esas coherencias internas solo funcionan si se apoyan en unos supuestos que, a fin de cuentas, solo se justifican tautológicamente. En criollo: elegís el que sienta tu corazón. Para los libertarios parece que todo se apoya en un tridente: libertad, vida y propiedad privada. Para la izquierda: justicia social. Por eso a veces parece que se estuviera hablando de realidades paralelas. Parten de bases diferentes, nacen bifurcados.
Un detalle clave: para escuchar discursos libertarios de pedigrí hay que cruzar el charco. Que los hay en Uruguay, los hay, pero soy muy poquitos y no tomados muy en serio. Agrupar ideológicamente a la derecha uruguaya con libertarianismo sería un craso error. En nada se parecen los discursos de “las ideas de la libertad” a los liberales blancos que tenemos, por ejemplo, escuchados el fin de semana pasado en Masoller citando a Aparicio diciendo “por la Patria luchamos y no por mezquinos intereses”. Para este núcleo de think tanks no solo Luis Lacalle Pou sería “un zurdo”. Trump también les parece un zurdo. Es un estatista y proteccionista que no los deja en paz. Se lo criticó en paneles y se repartió una revista de Reason (uno de los think tanks organizadores) con el título de portada “Who can stop the president?” y otra sobre Irán que rezaba “A pointless war”. Es más, los libertarios académicos puristas (no los que conocemos que se alían con las viejas derechas por temas electorales) están totalmente a favor del aborto. De la eutanasia y, sí, de la venta de órganos. Cosas que Milei tuvo que “moderar”, pero que los intelectuales seguidores de Friedmann, Rothbard y Hayek defienden. En estos espacios la economía es la reina. Libertad económica. Dennos irrestricta libertad económica y todo lo demás vendrá solo. Se habló de la batalla cultural también, pero como herramienta y obstáculo. En dos días de conferencias, creo que el único disertante que habló de la pobreza fue Javier Milei, quien dio el discurso de cierre.
Diferencias entre “zurdos” y libertarios
Pero la diferencia entre los polos no es solo ideológica. También es estética y etaria. En el solemne -y público- Teatro Solís había gente grande. No tan añosa como en los comités de base, pero no había una barra joven. El balance de hombres y mujeres era uno que no rompía los ojos. En el Sheraton la demografía era distinta. Las mujeres éramos una de cada siete. Y no había mujeres mayores de pelo corto (no sé porque noto eso o si es relevante, pero en el Solís había muchas). No es que faltaran las cabelleras blancas, de hecho, eran los que dominaban el lugar con su presencia más plantada, sus risas más estridentes y sus blazers impecables, pero no eran mayoría. Agazapados en las esquinas del ballroom, más tímidos y socialmente incómodos, estaban los jóvenes. Los varones jóvenes. Con acné adolescente y trajes que les quedaban solo apenas grandes, pero lo suficiente como para hacerlos parecer disfrazados. Jóvenes que se amontonaban mirando el centro del salón. Algunos se atrevían a mezclarse en los coffee breaks, otros se quedaban más rezagados. En algún momento algunos sacaron sus solaperos y se pusieron a “hacer contenido”. Son el ejército de la calle online, temblorosos en persona. En su propio evento no mandan; la batuta la llevan los hombres importantes que ellos emulan. Según pude conversar con algunos (de los no tan jóvenes), allí había de todo. Algunos más de corte macrista, otros que fueron a hacer networking y tienen sus reparos con Milei, algunos eran solamente antiperonistas y otros fueron convencidos. Había lugar para todos.
Cuando una no es cobijada socialmente por una agrupación política puede ser difícil ponerse en la mentalidad de manada que genera. Ya sea un termo de mate con pegotines del Che Guevara o una taza (de las que vendían en el evento) que reza “Si no te gusta andate a Cuba”, estos polos no solo proveen explicaciones del mundo o rutas a seguir: dan propósito y pertenencia. Dan un relato épico: somos los buenos y hay que detener a los malos. ¡Si tan solo no tuviéramos a los periodistas en contra sería más fácil (repiten ambos)! Y, ambos, insisten, tienen que comunicar mejor.
Es que, concluyen los dos, si alguien no está convencido de nuestras ideas superiores, es porque no las explicamos bien o porque tienen maldad y egoísmo en su corazón y quieren que a la gente le vaya mal. Esa lectura, a grandes rasgos, la comparten. La diferencia está en los objetivos que se trazan. Y el ala libertaria acá tiene amplia ventaja por dos motivos. El primero: tienen sueños menos ambiciosos (aunque sea ir a Marte, la envergadura de cualquier tarea palidece al lado de, por ejemplo, “terminar con la pobreza”). El segundo: están mejor articulados. La red de think tanks, partidos políticos, centros de estudios y fundaciones es amplia y está muy interconectada. Tienen un líder (Milei) y, claro, tienen muchos fondos.
“Nunca tuvimos tantos presidentes de derecha al mismo tiempo”, dijo el exministro de Hacienda de El Salvador y líder de la Archbridge Foundation Juan José Daboub. “Tenemos que hacer la mayor cantidad de cambios posibles y blindarlos”, advirtió. El “péndulo” político, ellos saben, es medio inevitable. Eventualmente la izquierda volverá así que hay que ponerse a trabajar mientras se pueda. Porque perpetuarse en el poder político no es lo importante, o no lo principal. Da la sensación de que hasta les parece algo sucio: lo estatal. Es algo a lo que hay que llegar para destruir desde adentro (como Milei, que lleva 17.000 desregulaciones, según sus estimaciones). Lo único realmente valioso viene de los individuos, de lo privado. De la libertad. Sacar obstáculos del camino, ese es el plan. Sus objetivos son obtenibles porque se trata de destruir. De sacarse trabas de encima. Construir algo, y algo para todos, parece mucho más trabajoso.
Diametralmente opuestos a los estatofóbicos libertarios, los izquierdistas ven como único motor de cambio lo colectivo. La política como articuladora del pueblo y herramienta para salir -todos- de la pobreza y la opresión, de mantener la soberanía y de salvar al planeta de la ecocatástrofe. Y aunque la izquierda tiene una ventaja de un pasado de cooperación mucho más largo y consolidado, hoy el liderazgo parece acéfalo. Se escucha la voz del difunto Mujica en videos entre las ponencias en el Solís. El expresidente de Colombia Gustavo Petro manda un videosaludo en el que advierte sobre el avance del tecnofascismo. Axel Kicillof sentencia que “Milei fracasó”, que “la batalla cultural la perdió”, y que ahora “les toca a ellos organizar este descontento”; la gente lo aplaude. Gabriel Boric, que le dejó la presidencia a su opositor hace poco en Chile, le lee una carta muy cursi a su bebé y clama que no nos dejemos convencer “de que la moderación es el único camino posible”. Todos están llenos de ideales pero la omisión burda es la de un plan. El mensaje es de unidad, de resistencia pero también de miedo. Es cierto que no asistí a las reuniones de puerta cerrada, pero por lo bajo también se me confirma el estado de pesimismo. El mensaje es de alerta. Sombrío. Se vienen épocas oscuras. Es resistir o morir. Me quedo con la sensación de que no hay nadie al volante.
Del otro lado del charco se los escucha pletóricos. “Me imagino en 20 años un mundo sin cáncer, sin alzhéimer”, dice Daniel Nofal de Enzyme Venture Capital en uno de los paneles. Se respira optimismo y se celebra que “nunca hubo mejor momento para juntarse”. Felicitan a Argentina por tener “al mejor del mundo”, que no es Messi, es Milei. Alaban su experimento libertario y debaten cómo exportarlo a todos lados. “Tiene que salir bien, el mundo está mirando lo que pasa en Argentina. Es el país más importante del mundo”, dice el filántropo Tim Reynolds. En los dos eventos reconocen que las elecciones en Brasil son clave para el futuro del continente. Pero allá no lo ven con tanto terror: se sienten del bando ganador.
Algo que también tienen en común la izquierda, la derecha -y yo misma- es la obsesión con la figura del magnate Peter Thiel. Thiel, que se fue a vivir a Argentina por decisión ideológica, fue promocionado como uno de los speakers del evento (aunque luego cancelaría) y fue una de las personas más nombradas (negativamente, claro) en el Congreso Panamericano. ¿Quién es Thiel? El milmillonario epítome del poder de Silicon Valley, dueño de la empresa bélica y de vigilancia con IA Palantir, y muy vocal con sus ideologías posdemocráticas. De los dos lados se reconoce su poder y que (para bien o para mal) estamos entrando en su mundo: los tecnoempresarios con más poder que los Estados. Para unos es una victoria ideológica y una oportunidad económica, para los otros es el jinete de la apocalipsis anarcocapitalista transhumanista. Lo más probable es que sea las dos cosas. Por supuesto que la primera es para unos pocos, lo otro para la enorme mayoría.
Quizá otro motivo por el que ambas partes nunca se entiendan es porque nunca pueden ver la fotografía completa, ni se molesten en hacerlo. Muchas cosas son ciertas pero no ciertas para todo el mundo. Otras directamente son opinables. Es estrictamente cierto que el progreso tecnológico avanza más lento con más regulaciones. Que eso sea algo malo, es opinable. Es cierto que decirle a alguien que no puede hacer un casino para menores restringe su libertad económica, pero si es malo o no depende de tu encuadre ideológico.
“Les vamos a tirar los votos” amenaza Milei con su característico tono rabioso “pero también le vamos a tirar datos por la cabeza”, grita, después de dar algunos datos ciertos y otros de dudosa metodología.
Es imposible resumir en estas líneas la cantidad de datos, números e ideas que se discutieron en ambos eventos, por lo que tuve que ir desnudando las florituras hasta llegar a las ideas más básicas que esconden todo ese palabrerío y las estrategias más claras planteadas.
Aunque tengo mi visión, creo que hay ideas buenas en todos lados, como también hay omisiones gordas en las miradas de ambos bandos. Ninguno colma todas las explicaciones, ninguno plantea un escenario completo. Tanto agarrarse a eslóganes cursis sin estrategia como patalear por mi derecho a hacer lo que yo-yo-yo quiera sin que me puedan obligar a preocuparme por el otro, pueden parecer abordajes sumamente infantiles. Incluso a solas, incluso con mucho tiempo para desarrollar ideas sin ser recortadas o sacadas de contexto, incluso cuando el enemigo no está para molestarnos y podemos hablar tranquilos, incluso cuando traemos a nuestras mejores mentes, lo que yo vi es que los encargados de llevar al mundo para un lado o para el otro son, todavía, bastante miopes. Quisiera decir que el tiempo dirá quién tiene razón, pero eso pocas veces en la historia ha importado. Veremos quién es más astuto y logra virar el timón para su lado.
Día del comité de base y Masoller: cuando nuestros partidos están a solas
Estos días Uruguay celebró dos grandes eventos anuales de reunión de colectividades políticas. El 25 de agosto fue el Día del Comité de Base, del Frente Amplio, y el 5 de setiembre la peregrinación a Masoller, del Partido Nacional. Según dicen en el Frente, la ya tradicional jornada contó con unos 9000 asistentes a los más de 500 comités en todo el país. A Masoller acudieron, según cifras del Partido Nacional, unos 2500 caballos y, aunque no se habla de una cifra concreta de asistentes a pie, la movilización fue multitudinaria. Ambos eventos intentan ser todo lo masivos y populares que se pueda, ya que es un momento de arenga y de revitalización de la identidad partidaria. El expresidente Luis Lacalle Pou, líder natural del Partido Nacional y hasta de la coalición republicana, no estuvo presente. En un año con desaprobación histórica de la gestión del presidente Yamandú Orsi, los ministros de su gabinete salieron a recorrer distintos comités en los que los militantes pudieron escucharlos y realizar reclamos de forma directa.