Cuba "destruida y abandonada": ahora llegan a Uruguay familias enteras, abuelos y niños con desnutrición

Los cubanos radicados aquí redoblan esfuerzos para sostener a sus familiares: pagan sus cuentas, la alimentación y les envían medicamentos, comida y lámparas. Miles planean traerse a sus parientes.

Inmigrantes cubanos en Uruguay realizaron una marcha contra el régimen.
Inmigrantes cubanos en Uruguay realizaron una marcha contra el régimen.
Foto: @_rodriguezjuan_

Es algo de todos los días, que un cubano la contacte para pedirle un colchón. Los necesitan para los familiares que están llegando desde la isla. Antes, unos 10 años atrás, cuando Uruguay se posicionó como un faro para la migración cubana, el que salía era el hombre. Venía a trabajar y enviaba dinero para allá. Después traía a la pareja, a los hijos. Pero ahora están llegando las familias enteras.

—Los cubanos que ya están acá, están recibiendo a cuatro, cinco, seis personas —cuenta Yanitze Gutiérrez.

Yanitze es venezolana, está casada con un uruguayo, y en 2018 transformó su casa en UruVene, una asociación civil que entre muchas otras cosas les consigue a los migrantes donaciones de artículos para el hogar. El año pasado se quedó corta con sus estimaciones, pensó que atendería una media de 1.000 personas pero superaron las 2.500. Eso fue por el pico de cubanos que llegaron en 2025, marcando un hito: más de 22.000, de los que se quedaron definitivamente 14.900. Estos se sumaron a los registrados por el último censo. En 2023 vivían en Uruguay más de 11.800 cubanos.

Asociación Civil UruVene.
Asociación Civil UruVene.
Foto: Yanitze Gutiérrez.

Ahora Yanitze tiene una lista de espera para ayudar a muchos de ellos a cubrir necesidades urgentes, desde darles abrigos para el invierno hasta cocinas, calefones, placares, lavarropas y sobre todo colchones para que los recién llegados no duerman en el piso.

—Hace dos años noté que empezaron a traer a los padres, personas mayores de 50 años. Pero ahorita están viniendo los abuelos, personas de 79, 80, 82 años.

Llegan flacos. Dice Yanitze que a los abuelos y a los niños pequeños “uno los ve y se da cuenta de que están con desnutrición”. En la Cuba que dejaron hay poca disponibilidad de alimentos. Los que se encuentran además de estar limitados son muy caros, y después está la dificultad para poderlos cocinar. En los 90, Fidel Castro decidió que las cocinas se conectaran a la corriente eléctrica. Con los permanente apagones, resulta que no funcionan. Tampoco la refrigeración, y los alimentos se pudren. Y además de todo, la falta de combustible restringió los traslados. La comida, como el resto de las cosas, no circula.

El hambre está por todos lados, pero cuanto más lejos de La Habana peor es. A Frank León su madre le contó en una videollamada que en un asilo los ancianos están comiendo plátano hervido y un pedazo de pan. Eso en todo el día. Mucho más que expresar sus pensamientos, para Frank la libertad “es comer lo que quieras comer, cuando lo quieras comer”.

Llegó hace 6 años. Después de dos trabajando de delivery en Montevideo, con lo ahorrado puso un negocio de envíos de paquetería a Cuba. Era próspero el negocio, hasta que pasaron las fiestas.

En diciembre pasado, en estas mismas páginas contamos que los cubanos estaban enviando más de 160 kilos de paquetes para sus familias en la isla. Arbolitos de Navidad, herramientas de trabajo, celulares, juguetes, productos de higiene, medicamentos, comida envasada. Pack Express, la empresa de Frank, hacía envíos semanales y repartía los paquetes en todo Cuba, en especial en las provincias orientales, de donde viene la inmensa mayoría de los inmigrantes. Le iba tan bien que había extendido el negocio y comenzaría a enviar motos que los inmigrantes compraban para sus familiares.

Pero pasó la Navidad, pasó el Año Nuevo y algo cambió. De pronto, el volumen de los envíos se achicó.

—Sucedió que muchos inmigrantes se fueron a pasar las fiestas a Cuba y cuando regresaron se trajeron a toda la familia con ellos —dice Frank.

Frank León.
Frank León.
Foto: Ignacio Sánchez.

Esa es una explicación. La otra es que el corte del suministro de petróleo de Venezuela que ordenó Donald Trump, y la amenaza de que gravaría con mayores aranceles a quienes se lo proporcionaran a Cuba, entorpeció la logística. Si antes un paquete llegaba en 10 días ahora los vuelos son cada dos semanas y por el desabastecimiento de combustible se duplicó el tiempo de distribución puerta a puerta. La demora es de prácticamente un mes.

En medio de todo, lo de las motos quedó pausado. No solo se estarían pudriendo bajo lluvia y sol en el estacionamiento estatal sin poder transportarlas a sus destinatarios, sino que sus flamantes dueños ni siquiera podrían usarlas.

El peso del migrante

A veces a Jinet Jiménez la paran en el supermercado o en la calle y un cubano le dice: “¡Vi tu video y por eso estoy aquí!”. Como ella, decenas de cubanos cuentan en redes sociales su vida como inmigrantes en Uruguay. Tienen, cada uno, miles y miles de seguidores, una audiencia que va creciendo proporcionalmente al deterioro de las condiciones de vida en la isla.

Jinet en Cuba era periodista, aquí dirige una empresa de marketing centrada en publicidad. Llegó hace tres años, por la frontera, como la mayoría, y pidió refugio.

Después de obtener la residencia, trajo a su mamá. La madre sí vino con visa y en avión. Estuvo unos meses, no consiguió trabajo y se volvió por una temporada a Cuba. Extrañaba. A fines del año pasado, Jinet viajó a visitarla. Se quedó cuatro meses y vivió una Cuba entrando en el corazón del colapso.

Están usando leña y carbón para cocinar. No hay agua caliente y las farmacias están vacías, así que a veces Jinet prefería no bañarse antes que enfermar.

—Regresé con la idea de que iba a sentir nostalgia, pero me encontré con una Cuba totalmente destruida, totalmente abandonada. Nada de lo que cuente puede dar la magnitud de lo que sufre un cubano dentro de la isla —dice.

Allá, en medio de apagones de 36 horas, de 48 horas, grabó un video al que tituló si había valido la pena emigrar. Generó casi 300 comentarios. Los comentarios son de cubanos a los que les gustaría seguir sus pasos, otros que dicen que a ellos sí les costó la adaptación en un país tan caro; de uruguayos que la felicitan por sus logros, otros que le dicen que se vayan todos a Estados Unidos y algunos que aprovechan para culpar a los inmigrantes por robarles el trabajo.

Algo de esto, “una resistencia”, se está empezando a ver con más claridad en la sociedad uruguaya. “Es como si el uruguayo se hubiera cansado de tener migrantes aquí”, dice Jinet. Pero no tiene mucho tiempo para pensar en eso. El dinero que solía mandar cada mes ya no alcanza. “¿Cómo puede ser posible que 100 dólares se hayan ido tan rápido?”, se pregunta.

“El cubano que está aquí siente que no puede con tanta carga económica. Lo que pasa es que en Cuba nada de lo que tú des es suficiente”. Los migrantes no solo están alimentando a su familia, sino que la proveen “de las más mínimas cosas”.

En el negocio de Frank, hay cubanos que van a pagar las cuentas de luz, agua y teléfono de sus familias en Cuba. Les hacen recargas de Internet. En vez de celulares, en los paquetes están mandando medicina, comida envasada y luces recargables, ventiladores recargables, paneles recargables.

Suset, empleada de Frank, llegó con su marido y sus dos hijos en noviembre. Tiene el celular junto a ella. Recibe un mensaje de su madre y lo lee en voz alta:

—¡Se fueee! —dice. Otra vez está sin luz.

En los edificios, las bombas no funcionan si no hay un motor andando. De las canillas de las viviendas no sale agua; de las cisternas mucho menos y pueden estar secas por 15 días. Antes de venirse, el marido de Suset salía con dos baldes a diario a buscar agua en algún lugar.

El agua tampoco bombea en el campo. Los pocos agricultores que quedan hacen lo que pueden para producir y cuando recogen la cosecha, ahí queda, porque el transporte es escasísimo. Alguna cosa llega a las Mipymes, supermercados que habilitó el gobierno tras la crisis de 2021. Pero carne casi no venden, se les pudre en los apagones.

El mecanismo que desanimó a cientos de campesinos

¿Qué pasa con la producción agrícola en Cuba? Los distintos entrevistados explican que tras la Revolución, los hijos de los campesinos fueron hacia las ciudades a estudiar carreras universitarias. Los que quedaron en zonas rurales se vieron obligados a venderle al Estado. Según distintos relatos, el Estado empezó a ofertar cada vez cifras más bajas por las cosechas. Esto fue un desmotivador. Además, se demoraba en recoger la producción y en varias ocasiones, finalmente cuando llegaban al establecimiento, habían pasado varios días y la producción ya estaba en mal estado. Ahí la dejaban. Entonces, la venta se cancelaba y el productor perdía. Este tipo de situaciones incidió en el cierre de emprendimientos y en que se redujera la escala de los cultivos.

Para compensar la mala alimentación, desde Uruguay los migrantes envían kilos de vitaminas, muchos antivirales e incluso materiales quirúrgicos. Si un pariente tiene que operarse, le mandan desde acá bisturí, guantes, sondas, anestesia, antibióticos, hasta las jeringas les mandan.

“Precios de Nueva York”

A veces la luz vuelve de madrugada. Los barrios se reactivan a las dos o tres de la mañana y en las casas las personas se bañan, hacen la limpieza, cocinan en ese paréntesis.

Esa es la Cuba que dejó Suset. Sus padres le cuentan que ahora, la canasta que da el Estado se está entregando cada tres meses y casi no tiene productos. Ni siquiera leche, que no se encuentra ni en los supermercados.

Los trabajadores (si es que tienen cómo llegar a sus trabajos, porque el transporte se redujo a una pequeña flota de ómnibus chicos que pasan únicamente dos veces al día por las paradas), ven cómo la devaluación del peso reduce su salario y como el trabajo de un mes entero les alcanza apenas para comprar un litro de aceite y un paquete de fideos.

Para comer en Cuba, “se necesita la ayuda de alguien que esté afuera”. Los migrantes que antes hacían las compras desde Uruguay en plataformas que entregaban en Cuba, ven que los precios subieron, “son de Nueva York”. No les queda otra que mandarles el dinero para que sus familias lo manejen en la isla.

Enviar dinero, por supuesto, también es una aventura. Nahili explica que los dólares no salen del país. Lo que se hace es comprar bitcoins y venderles esos bitcoins a un cubano en la isla que tenga dinero para hacer la conversión y enviarlo en una transferencia.

Con los apagones el sistema bancario se cae. Y allá no se usan los POS. No queda otra que tener el dinero en efectivo. Pero no hay. Nahili explica que para retirar las remesas de los inmigrantes, sus parientes hacen horas de cola en la puerta del banco, varios días de la semana.

Ni Suset, ni Nahili, ni Frank fueron a las marchas que se organizaron el 28 de febrero en Montevideo, una “por la paz y contra el bloqueo” (organizada por el Pit-Cnt) y otra “contra la dictadura”, apoyada por los partidos de la oposición. Al cierre de esta edición, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, confirmó “conversaciones” con el gobierno de Estados Unidos y que liberará a medio centenar de presos en busca de una tregua para oxigenar la situación de la isla.

Le pregunto a Frank qué quiere que pase. Responde:

—Que se caiga eso.

¿Miles en un limbo?

“Uruguay me regaló una vida que yo jamás ni en mis mejores sueños hubiera imaginado”, dice María del Carmen Pupo, que llegó en 2020 con su esposo y sus dos hijos. Se instaló primero en Trinidad, después en Colonia del Sacramento, e hizo dos, tres, cinco cursos a través de Inefop y ONU Migración para formarse en asesorar a migrantes cubanos que quieren venir —principalmente— de forma legal, visa en mano y después tramitar la residencia.

María del Carmen Pupo, de Uruguay y yo.
María del Carmen Pupo, de Uruguay y yo.
Foto: Leonardo Herrera.

Evaluando la demanda que tiene su servicio, cree que estamos ante el segundo pico más alto de la migración cubana. “Y va durar”, opina. Con la entrada reducida como nunca a Estados Unidos, “toda esa ola migratoria que iba al norte ahora va a venir al sur”. Y acá la ley migratoria es generosa y sólida. Si bien tramitar la visa puede llevar más de un año en el consulado en La Habana, la migración “planificada” de familias enteras hacia nuestro país está creciendo, dice María del Carmen.

Por otro lado están los casos desesperados, que no logran cumplir con los requisitos de la visa (especialmente los económicos), o no pueden esperar tanto tiempo y terminan optando por “la travesía” que gestionan los coyotes, con un valor que ronda los 2.500 a 3.000 dólares por persona.

Siguen siendo miles y miles los que entran por la frontera con Brasil, y hacen la solicitud de refugio, trámite problemático y lento que suele demorar cinco años o más. Según datos que recogió Acnur, en 2025 se registraron 31.975 solicitudes de las cuales se aprobaron apenas 1.461. Sin el estatus, los cubanos no pueden apelar a la reunificación familiar, ni pensar en tramitar la residencia.

“Esa gente está quedando ahora en un limbo migratorio espantoso porque Uruguay no tiene un proceso paralelo de regularización de ese migrante”, plantea María del Carmen. Identificación Civil ya no podrá renovarles la cédula y en unos tres años miles quedarían indocumentados.

Esto es lo que más preocupa a los migrantes que ya están en el país y que, lejos de verlo como “un trampolín” hacia otro destino, quieren establecerse acá. Al tanto de esta situación, la nacionalista Leydis Aguilera, primera diputada de origen cubano, dice a El País que presentará un proyecto de ley para buscar una salida. Es esencial si se tiene en cuenta que en los planes de la mayoría de los inmigrantes está traer legalmente a su familia y además a su familia extendida, es decir a los primos de sus padres, los hijos de los tíos, incluso a amigos.

La popular influencer Klaudia Ortega ya trajo a su madre y en un futuro quiere traer a su abuela y a sus dos tíos. “Paso a paso”, dice. Ella misma ha incidido en la llegada de otros cubanos, que ven sus videos, al igual que desde Cuba Klaudia conoció a Uruguay siguiendo a otra youtuber. Las consultas desde la isla son tantas, que Klaudia decidió hacer videos contando cada detalle de su experiencia migratoria, y enviárselos a quienes le escriben asiduamente llenos de dudas.

Cuando llegó y se instaló en Maldonado, documentó todo aquello que le sorprendía, desde ver contenedores de basura con tapa, hasta el olor a limpio en la calle, la comida callejera con buen aspecto, la cantidad de luces en las viviendas, la atención en un hospital público.

Klaudia Ortega.
Klaudia Ortega.

Empezó a notar que cada vez la seguían más uruguayos. Disfrutaban de ver al país a través de sus ojos, curiosos de cómo lo cotidiano para unos puede ser extraordinarios para otros.

—Yo venía de un hueco y conocí el mundo, y eso les llamó la atención —dice la influencer con 150.000 seguidores.

El mundo del que habla Klaudia, viene a ser Uruguay.

Si no cambia la ley, en breve miles no podrán regularizarse

Desde la ONG Idas y Vueltas, Elisa Fisher dice que la mayor preocupación del migrante cubano es “tener la documentación cuanto antes y poder conseguir trabajo a la brevedad”. El pico de migración, tal como ya había pasado tiempo atrás, está generando demoras en los trámites más comunes, principalmente para obtener la cédula de identidad y las partidas de nacimiento. La gran mayoría de los cubanos ingresan al país por la frontera con Brasil y solicitan refugio. El trámite es lento, lleva hasta cinco años. La asesora de migración María del Carmen Pupo dice que se acumulan más de 20.000 expedientes por año porque el mecanismo de la Comisión de Refugiados del Ministerio de Relaciones Exteriores es esperar el momento en el cubano viaje a la isla a visitar a su familia y entonces, cae la causa. ¿Quién vuelve a un país del que huyó por persecución? Ese estatus es esencial para poder iniciar las reunificaciones familiares y la residencia. El escándalo por la entrega del pasaporte a Sebastián Marset cambió las reglas que permitían que miles de cubanos se regularizaran tramitando la visa por el país de entrada, es decir en Brasil. Una vez instalados aquí, ya podían cumplir con las condiciones que desde Cuba les eran inviables. Pero ahora la exigencia es que la entrada al país fronterizo haya sido legal, que no lo es. Para resolver esta situación, en 2024 el gobierno permitió que se tramitara la residencia por arraigo. Fue una solución que comprendió a los que llegaron hasta el 23 de mayo de 2024. Esta nueva oleada de migrantes quedó fuera. Por ahora tienen la cédula vigente, pero la vigencia es de cuatro años (incluyendo las dos renovaciones permitidas). Si no cambia la ley, en poco tiempo habrá miles inmigrantes indocumentados.

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