“Cuando juega Argentina”: la historia de por quién hinchan los uruguayos y lo que dice de una rivalidad centenaria

El éxito de la selección argentina toca un nervio sensible de nuestra identidad futbolera. Un repaso de la rivalidad centenaria muestra que la reacción de los uruguayos ante los triunfos albicelestes no siempre fue igual, y deja pistas de lo que perdimos en el camino.

Seleccion de futbol de Uruguay vs Seleccion de futbol de Argentina
Lionel Messi y Luis Suarez durante un amistoso entre Argentina y Uruguay en 2019.
JACK GUEZ

Es 15 de julio de 1930 y Argentina viene a jugar un novedoso torneo de fútbol en el país del team que le ganó hace dos años una final internacional y se consolidó como el primer rey mundial de la pelota. En unos días, ambos volverán a jugar una final internacional y la moneda caerá de nuevo del lado de los uruguayos. Se estrena en Montevideo la Copa Mundial de la FIFA y los albicelestes, ya para entonces hermanos y rivales en la cancha, exponentes los dos del fútbol rioplatense que maravilló y asustó a Europa, debuta en el Parque Central contra Francia. ¿Por quién tienen que hinchar los uruguayos que llenan el estadio en La Blanqueada?

“Deseamos para ellos brillante actuación, y abrigamos la esperanza, como en cien torneos, de llegar a la final juntos para hacer flamear en los más altos mástiles las banderas color de cielo”, escribe, pomposo, el diario El Día, que llama a los argentinos “los rivales más grandes para nuestros colores como lo han sido siempre”. Al día siguiente, El País reflejará que esa era la “impresión dominante” en el público local, que bien “podría haber deseado el descalabro argentino, ya que es el único rival temible” pero “llegó al field haciendo cálculos de los tantos que marcarían los argentinos”.

Pero lo que pasa en las tribunas tiene un giro distinto, sobre todo cuando el partido se empantana y se pone algo tosco y violento, según consigna La Nación y rescata el libro Del Ferrocarril al Tango, de Aldo Mazzucchelli. “La reacción común de la multitud en favor del que en principio vencido se defiende antes de entregar sus posiciones, se produjo una vez más… El grito Francia, Francia, que traducía el deseo de la gran mayoría, atronó el estadio”. Los archivos de El País también lo reflejan. “Fue entonces que el público, descorazonado con la impotencia argentina, comenzó a volcar sus preferencias para con el más débil”, dice la crónica del diario, que suma en sus páginas una queja del golero Ángel Bossio: “Creo injusta la silbatina permanente de que nos hizo objeto el público uruguayo. Pero hay cosas que se explican solas”.

Ayer, como hoy, nadie le puede dictar a otro quién es que merece su fidelidad en una cancha de fútbol.

Entre lo que pasó esa tarde centenaria y las apasionadas discusiones que miles de uruguayos han tenido por estos días en los que Lionel Messi guía a una genial selección argentina a su segunda final consecutiva en la Copa Mundial de la FIFA existe un hilo histórico imposible de ignorar: el de una antigua rivalidad que ha ido mutando en función de ciclos deportivos y ánimos colectivos, siempre con sus matices y contradicciones.

Cuando juega Argentina y Uruguay lo mira de afuera, también corren tres millones. El tema es por quién.

De amores y odios

Mientras escribo esta nota, los grupos de Whatsapp estallan y las redes arden. Parece un debate más intenso que hace cuatro años, cuando Argentina se encaminó hacia su primer título en décadas e incluso muchos uruguayos de esos que este mes se probaron orgullosamente varias camisetas bajaron la guardia con tal de ver a Messi coronarse en Qatar. A otros, ni siquiera la admiración futbolística hacia la superestrella argentina les nubló el juicio y aún lamentan la falta de puntería de Kolo Muani.

¿No les bastó con una?, preguntan a esos compatriotas que o son indiferentes a un nuevo éxito argentino o que directamente lo desean y celebrarían.

El plantel de Argentina homenajea a Lionel Messi posterior al partido frente a Egipto por los octavos de final del Mundial 2026.
El plantel de Argentina homenajea a Lionel Messi posterior al partido frente a Egipto por los octavos de final del Mundial 2026.
Foto: AFP

Es difícil dimensionar cuántos estamos de cada lado. Los móviles en televisión han hecho sus sondeos transeúntes con resultados dispares. En la panadería de la esquina vi un unánime lamento cuando Argentina descontó a Egipto. Una colega vivió una escena espectacular el miércoles: estaba en una plaza, Argentina perdía 1 a 0, y se le acercó un hombre que paseaba dos perros. “Van perdiendo, así que medio Uruguay está deseando que termine”. Al minuto hubo un alarido que interrumpió la paz vespertina. “¡Argentina hija de puta!”, gritaba un hombre en la plaza zarandeando su celular al momento del empate. Varios periodistas deportivos, algunos inicialmente dubitativos, ahora dicen a los cuatro vientos que van por los vecinos. Vi a gente gritar un gol insólito de un tal López Cabral para días más tarde entregarse gustosos ante un gol tan agónico como inevitable de Lautaro Martínez, no sin antes haber alentado a un flaco de apellido Gordon a empujarla contra el arco argentino. Algunos hasta están viajando a Buenos Aires para estar ahí hoy domingo.

¿Hay envidia y resentimiento? ¿Es un clásico con reglas distintas al de los clubes? ¿Nos estamos viendo ante el espejo de lo que ya no somos? Puede que al final, detrás de esto no haya más que reflejos futboleros tan simples e irracionales que no necesitan justificarse. Pero donde sea que uno se ubique, lo que no puede negarse es que la racha exitosa argentina —que ya alcanzó su estatus de leyenda y justo encuentra a sus hermanos uruguayos peleados con la pelota—, pone a la identidad futbolera de todo un país ante una encrucijada, y sirve para pensar otros asuntos más importantes de fondo.

Una rivalidad en el origen

“Es verdad que en el fútbol se da una cosa bastante aguda de división entre Argentina y Uruguay, que tiene raíces históricas”, dice Aldo Mazzucchelli, doctor en Letras por la Universidad de Stanford, profesor titular de la Udelar y también futbolero de ley que ha indagado durante años en la historia del fútbol uruguayo y los relatos oficiales. “Eso es porque la identidad futbolística del Uruguay se construyó en buena medida junto con los argentinos y jugando contra los argentinos. Entonces, hay algo, no sé si es inconsciente o antiguo o profundo, lo que sea, que genera este clásico. Y en un clásico, bueno, hay emociones y rivalidades que no son racionales”.

El periodista e historiador del fútbol Luis Prats dice que “históricamente el asunto de por quién hincha el uruguayo ha sido algo heterogéneo, aunque siempre hubo más rivalidad con los argentinos que, por ejemplo, con los brasileros”.

Esa rivalidad entre los dos países del Río de la Plata se forjó sobre todo en los primeros años del siglo XX, cuando el fútbol de ambas orillas empezaba a escapar del dominio inglés —un proceso algo más acelerado en Montevideo— y empezaba a vivir las tensiones entre amateuristas y profesionales. En ese contexto, Uruguay consiguió muy tempranamente algunos triunfos de resonancia. En 1916 levantó la primera Copa América (por entonces Campeonato Sudamericano), que se disputó en Buenos Aires para conmemorar el centenario de la independencia argentina. En 1924, los dos países vivían cismas en sus asociaciones de fútbol, pero Uruguay, a diferencia de Argentina, logró conformar un cuadro para viajar a Colombes, donde deslumbró a los europeos con su fútbol.

"Esta Argentina es el fútbol rioplatense de siempre, el que llevó a Uruguay a sus mayores triunfos: una mezcla de gran fútbol y garra. El error trágico de Uruguay es que un discurso engañoso se quedó solo con una parte de la fórmula e ignoró lo importante".

Al retorno de esa campaña, Argentina invitó a los campeones a disputar dos amistosos, uno en cada país, y el segundo, en Buenos Aires, tuvo que postergarse por avalanchas del público. Cuando volvió a jugarse días más tarde, tuvo de todo: del primer “gol olímpico” de la historia —del argentino Onzari— hasta un final con terribles incidentes, que incluyó intercambio de piedras y botellas entre el público y los jugadores uruguayos y una pelea a golpes de puño de Héctor Scarone con espectadores y hasta un policía. La prensa argentina escribió que la victoria ante los olímpicos los clasificaba como “campeones mundiales”. Solo un mes después se estaba jugando una Copa América en Montevideo, con un nuevo título uruguayo tras empatar 0 a 0 en el Parque Central. En la cancha todo terminó bien, pero a la noche las cosas se salieron de control: lo que empezó como un intercambio de chicanas entre hinchas de ambos países derivó en gran bataola hasta que un argentino sacó un revólver y le disparó dos veces al uruguayo Pedro Demby, que falleció.

En 1928, los Juegos Olímpicos en Amsterdam encontraron a las dos grandes selecciones sudamericanas en la final. A cien años de que un inglés fuera decisivo para separar a la Banda Oriental como estado independiente, Uruguay volvía a ganarles a los argentinos en ese otro invento inglés perfeccionado en el Río de la Plata. Dos años después, en 1930, Uruguay celebró el centenario de la Jura de la Constitución con su tercer gran triunfo internacional, otra vez en una final contra Argentina, que viéndose otra vez perdedor, y en pleno auge de tendencias nacionalistas, abonó un relato falso sobre las razones del triunfo celeste. Mazzucchelli argumenta en su libro que parte del discurso de la “garra celeste” —en tanto ganar poniendo y apretando los dientes, siendo inferior al rival— se apoya en parte en las distorsiones del relato argentino de aquellos años.

Cruce ente Mathías Olivera y Lionel Messi.
Cruce ente jugadores uruguayos y argentinos en la victoria de la Celeste en La Bombonera en 2023.
Foto: AFP.

“Y ha sido un problema, porque claro que había garra, como muchos otros equipos tienen, pero la principal razón de las victorias fue la excelencia. Nos quedamos solo con una parte de la fórmula, mientras que Argentina supo explotar mucho más la cultura del jugar bien”, dice el ensayista.

Toda esta época, que por lejana suele motivar gastadas por parte de los argentinos (ver apunte), marcó un antes y después en la historia del fútbol mundial y se enraizó no solo en la identidad futbolera de los uruguayos, sino incluso en su identidad nacional, como más tarde lo haría Maracaná.

Mazzucchelli agrega que, a diferencia de lo que habitualmente se repite, la rivalidad entre los dos países del Río de la Plata no va en una sola dirección. “Yo creo que muchos argentinos son iguales con respecto a Uruguay; pasa que depende mucho de quién está mejor. Cuando Uruguay tuvo esa racha de gran superioridad sobre Argentina, del 16 al 35, eran también bastante, no te digo condescendientes, pero generosos con los argentinos. Esa actitud tiene mucho que ver con sentirse seguro. Uruguay ahora se siente muy inseguro con respecto a Argentina, muy inferior, con mucha razón además en materia de logros”.

Cambio de tendencia

Argentinos y uruguayos se siguieron sacando chispas durante décadas, con cierto avance albiceleste (sobre todo en la competencia continental), y un declive en las formas de jugar y entender los factores detrás de los éxitos del pasado. Pero el sentimiento de confianza del “hermano menor”, que había sido dominante en el mundo hasta 1954, se mantuvo intacto.

Tras algunos traspiés humillantes, como Suecia 58, Argentina conseguiría su primer mundial en 1978, cuando la copa se disputó en su suelo.

La tapa de El País al día siguiente muestra una foto de “festejos en la noche montevideana”, con unas decenas de personas agitando banderas de ambos países en la Avenida 18 de Julio. “Es que el pueblo oriental hizo suyo el triunfo de la oncena del país hermano. Fue la unión en el deporte, símbolo de fraternidad rioplatense”, apuntaba el diario. El suplemento deportivo refleja la existencia, todavía, de cierto sentimiento de confianza y superioridad deportiva en cuanto a pedigrí de fútbol de selecciones. Bajo el título “¡Argentina para todo el mundo!”, el diario mostraba al capitán Daniel Passarella en andas y trofeo en mano, y describía el suceso como “una consagración que hace reverdecer las credenciales del fútbol argentino, un fútbol que siempre había aparecido en segundo plano”. “Los ojos del mundo miran ahora hacia nuestros vecinos del Plata, y aunque muchos lo pongan en duda, el título existe y es inamovible”.

Argentina Campeón 1978 Diario El País
Festejos en Montevideo tras la consagración de Argentina en 1978.
Archivo El País

“Yo cuando empecé a mirar fútbol hace cincuenta años, Uruguay tenía mucho más títulos que Argentina. Siempre tuvieron grandes jugadores pero no lograban plasmarlo en los mundiales, y sus selecciones eran un caos. Después Uruguay se quedó y Argentina creció. Menotti fue el que las jerarquizó, las organizó y les dio estabilidad. Después aparecieron dos súper cracks que facilitaron las cosas”, apunta Prats. Desde su primera copa en el 78, Argentina disputaría otras cinco finales del mundo: dos con Diego Maradona y tres con Lionel Messi.

El vínculo de los uruguayos con cada una de esas campañas argentinas no fue siempre igual. En México 86 se dio el único —y hasta hoy, último— cruce mundialista entre Uruguay y Argentina desde la final del 30: luego de la derrota en octavos, la mayor parte de la prensa no dudó en embanderarse detrás de los verdugos de la celeste, y encuadrar la gesta del equipo de Bilardo como una causa “americana” y “rioplatense”, algo que se acentuó a partir del emblemático partido contra Inglaterra.

“¡Argentina! Tu copa es para América… ¡Y quedó en el Plata!”, tituló El País tras la consagración frente a Alemania. El Gauchito del Talud, popular personaje de Carlos Modernell, escribió:

Argentina al Continente
vuelve el título Mundial
victoria limpia y cabal
sin tongos ni nada extraño
lograda a los pocos años
de otra con turbios bemoles
con aquello de Perú
y un “regalo” de seis goles”

También destacaba que la albiceleste daba una lección a Uruguay, pues ganó “usando 'Fútbol al Día' / pero llena de fervores / matando la 'anacronía' / que a Uruguay lo mandó al pozo / la de jugar reculando / y anulando habilidosos.

Argentina Campeón 1986 Diario El País
Tapas del suplemento deportivo de El País el día de la final de 1986 y el día posterior a la consagración de Argentina.
Archivo El País

La revista humorística Guambia, que antes había dibujado a Maradona sentado en un inodoro a la espera del partido con Uruguay, lo dibujó de traje y sombrero dos semanas después, con el título “Maradona nació en Tacuarembó”.

En Italia 90 aparecen algunas menciones más burlonas hacia la “sufrida” y “culona” selección argentina, pero de nuevo el encuadre predominante fue el de la hermandad rioplatense. Bajo el título “Un argentino más”, La República remarcaba que “ayunamos su misma hambre, reimos las mismas carcajadas”, y que “cuando queremos hacerle sentir una avasallante noche de pasión a nuestra pareja, en la subyugante luna de miel, solo pensamos en Bariloche, como ellos sueñan con anclar tres días en Colonia”.

Tras la derrota final ante Alemania, Guambia fue un poco menos edulcorado, con una caricatura de Maradona llorando en la tapa, y un título mordaz: “Fue para nuestros germanos”.

Guambia 1990 Maradona
Portada de la Revista Guambia tras la derrota de Argentina ante Alemania en la final de la Copa Mundial de 1990 disputada en Italia.
Anáforas

En 1986 y 1990, cuando, como hoy, Argentina llegó a una segunda final consecutiva para defender su título, los uruguayos podían alegrarse o amargarse con el éxito vecino, pero aún se los veía desde alturas similares, con cocardas deportivas al alcance de la mano: el reciente Mundialito del 80, las copas Libertadores e Intercontinentales de los grandes, una nueva Copa América arrancada de las manos y a domicilio a la Argentina campeona mundial de Maradona en el 87.

Para los años siguientes, cuando esos triunfos se acabaron, muchos encontrarían consuelo en que las cosas no iban mucho mejor del otro lado del charco.

Del “morbo” a la “envidia”

“Yo soy de una generación que creció viendo a una Argentina que se creían mucho cuando no le habían ganado a nadie, y ahora nos encontramos con una selección que le ganó a todos y no se cree nada”, dice el relator Alejandro “Lali” Sonsol, que tras la nueva decepción uruguaya en el mundial se embanderó decididamente detrás de una pronta derrota albiceleste pero ahora, confiesa, no sabe bien qué desenlace desea.

A falta de triunfos, la generación que creció sin ver a Uruguay en mundiales ni a los clubes grandes triunfar fuera de fronteras se acostumbró al “morbo” de ver a los periodistas argentinos compitiendo por quién era más duro con los jugadores albicelestes, que no ganaron un torneo mayor desde 1993 hasta 2021. En 2011, de la mano del legendario “decepción, falencias y frustración” de Fernando Niembro cuando la Celeste dejó afuera en Santa Fe a la selección de Messi, muchos se dieron el lujo de disfrutar por primera vez una sequía argentina peor que la uruguaya. Ya vendrían después las largas noches de dislates de Martín Liberman y compañía en las derrotas ante Chile —renuncia del “10” incluida—, que fueron la comidilla de este lado del Río de la Plata, tan acostumbrado a esa dieta mediática servida desde Buenos Aires, en las buenas y en las malas. En 2014, cree recordar Prats, la campaña de Argentina hacia la final de la mano de Messi fue algo menos resistida desde Uruguay que ahora. Pero ahora que la balanza está difícil de equilibrar, entre la decepción propia y el éxito ajeno, la disyuntiva inocente de siempre adquirió otro peso.

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Messi en el Mundial de 2014.
Foto: Archivo

Sonsol llegó hasta el partido con Inglaterra convencido de hinchar por el fin de la racha albiceleste, pero en el segundo tiempo lo invadió la duda. Después de la remontada, publicó que la única explicación que encontraba era “envidia”. “Yo mismo me pregunto por qué querría que Argentina perdiera. No termino de entenderme. ¿Eso quiere decir que quiero que ganen? Tampoco te puedo decir que sí. ¿Quiero que pierdan? Capaz que sí, ¿pero por qué? ¡No lo sé! El otro día quería que perdiera Argentina y cuando los veo ganar así me digo: ¿cómo voy a querer que pierdan estos tipos, de la manera en que juegan al fútbol y cómo lo siente su gente? Y aún así, me pasa lo mismo para la final”.

Mazzucchelli va por la selección de Scaloni. “Se enfrentan dos escuelas y yo preferiría que gane Argentina. Me parece un equipo maravilloso, que para mí es el fútbol rioplatense de siempre, el mejor. El del Uruguay en el 24, el 28 y el 30. El de Argentina en esa época también, que jugaban más o menos igual, o el del 40 o el 78. Eso es Argentina”.

Algunos disfrutando una nueva expresión del mejor fútbol de estas tierras, otros, con el orgullo herido, deseando que Uruguay pueda algún día retomar la misma senda, muchos rezando no tener que cruzarse con un vecino de pecho inflado, y varios también dispuestos a dejarse llevar por cualquiera de los cursos que depare el destino en la cancha, tres millones vuelven a estar expectantes de esa remera albiceleste con la que también se forjaron a sí mismos.

DEBATE

Cuatro estrellas en pugna: lo que Uruguay "no entiende"

Un ocurrente comentario viral en las redes señala que en caso de ganar España, igualará a Uruguay con dos mundiales, pero que si gana Argentina, lo igualará con cuatro mundiales. El chiste apunta a una discusión que adquirió mayor trascendencia en este mundial: el de las cuatro estrellas arriba del escudo uruguayo en honor a sus dos Copas del Mundo (1930 y 1950) y sus dos campeonatos mundiales de 1924 y 1928, torneos también organizados por FIFA.

“A raíz del tercer mundial ganado por Argentina en 2022 hubo como un resurgir de la discusión, más que nada como un fenómeno de chicanas en redes”, dice Luis Prats.

Mazzucchelli dice que le es indiferente la inclusión o no de las estrellas, pero que no comulga con la visión de que lo del 24 o el 28 vale menos. “Si vos decís que una cosa es vieja tenés que decirme cuándo deja de ser viejo. Ahora, tampoco Uruguay puede seguir pensando que va a vivir del 24 y el 28. Para empezar, porque no lo entiende, y eso es lo que más rabia me da a mí”.

“Vos no podés reivindicar el 24 y al mismo tiempo hablar de garra y que ganamos de pesado. Les pasamos por arriba con fútbol a todos. A mí no me importan las estrellas. Pero sí reivindicar la excelencia, que tenemos una cultura futbolística admirable e importante a nivel mundial. Entonces, tratá de cultivarla en lugar de desconocerla y después decir cualquier disparate”, agrega.

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