Modernismo tropical

EL ZENTRUM PAUL KLEE, EN SUIZA, EXPONE QUINCE PROYECTOS DEL RECONOCIDO PAISAJISTA BRASILEÑO, ROBERTO BURLE MARX, QUE JUNTO A PLANOS, FOTOGRAFÍAS Y OTROS DOCUMENTOS EXPLORAN SU VÍNCULO ENTRE ARQUITECTURA, NATURALEZA y diseño. LA MUESTRA PERMANECERÁ ABIERTA HASTA EL próximo 7 DE FEBRERO y EN MARZO SE TRASLADARÁ A MADRID.

Credits: Pedro Araujo (TheZakMan)
Roberto Burle Marx en una expedición botánica en Ecuador (1974).
Pedro Araujo (TheZakMan).

Roberto Burle Marx. Modernismo tropical, es el nombre de la muestra que hace poco se acaba de inaugurar en el Zentrum Paul Klee de Berna, en Suiza. La misma abarca una quincena de proyectos llevados a cabo no solo en su país, sino también fuera de fronteras. Reconocido paisajista brasileño, Burle Marx (San Pablo, 1909- Rio de Janeiro, 1994), supo revolucionar en su tiempo con su defensa de la flora autóctona brasileña, cambiando drásticamente la mirada hacia un entorno que de por sí es maravilloso. Por su personalidad y energía, el artista fue descripto como una fuerza de la naturaleza: audaz, vibrante, apasionado. Un ser abierto, excelente anfitrión, amante de las artes en todas sus expresiones.

La muestra se presenta por primera vez en Suiza, un gesto que borra fronteras y se abre a expresiones artísticas diferentes. Sus obras se complementan con planos, fotografías, películas y una instalación inmersiva. Organizada y curada por el Zentrum Paul Klee y la Fundación Juan March en España, en colaboración con el Instituto Burle Marx y con el apoyo del Sitio Roberto Burle Marx. Cabe agregar que también incorpora pinturas, textiles, vestuarios, joyas y objetos de su colección personal, que revelan al artista y creador que se escondía detrás y más allá del paisajista.

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Roof garden (1983), cedido por Banco Safra, headquarters, San Pablo.
Leonardo Finotti (2011).

Ese cruce entre arte y paisaje fue el núcleo de su revolución. Burle Marx se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro, y fue durante una estadía en Alemania, a fines de la década de 1920, que quedó impresionado por las plantas tropicales brasileñas que vio en el Jardín Botánico de Dahlem, en Berlín. Regresó a Brasil en 1930, y comenzó a vincular la pintura, con la arquitectura y el paisaje. En 1934 llegó a Recife, donde dirigió el área de Parques y Jardines del gobierno de Pernambuco. Allí sus primeros espacios públicos expresaron la voluntad de abandonar la imitación del jardín europeo y construir un paisaje acorde con la flora, el clima y la cultura de Brasil.

Significaba también una toma de posición cultural y hasta social. Muchas plantas nativas eran consideradas inferiores frente a las especies importadas. Burle Marx salió a buscarlas, las estudió, las cultivó y las convirtió en protagonistas. No pretendía reproducir la selva literalmente, sino construir una experiencia moderna de lo tropical.

Por eso sus composiciones, vistas de arriba, pueden parecer pinturas abstractas trasladadas al territorio. En sus paisajes, grandes masas vegetales se recortan por contraste de color y textura; senderos y canteros describen curvas que se apartan de la geometría clásica; estanques, muros, piedras y esculturas incorporan otros planos y ritmos. El color deja de ser un accidente de la floración para convertirse en una herramienta compositiva.

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Acervo Instituto Burle Marx. Copacabana, Rio de Janeiro (1970-1971).
Haruyoshi Ono (1970-1971).

Paisaje y arquitectura

La relación con la arquitectura moderna brasileña fue mucho más profunda. Burle Marx entendió que el jardín no debía quedar relegado al exterior del edificio, como un fondo verde alrededor de una obra terminada. Por el contrario, debía participar en la composición espacial. Junto a Lúcio Costa, Oscar Niemeyer y otros arquitectos, convirtió el paisaje en parte de la estructura de la ciudad moderna.

Esa concepción alcanzó una escala urbana extraordinaria en el Aterro do Flamengo y, sobre todo, en Copacabana, el célebre paseo de la playa, reconfigurado por Burle Marx a comienzos de la década de 1970, convirtiendo el pavimento en una superficie gráfica de dimensiones metropolitanas. Las ondas blancas y negras del mosaico portugués dialogan con el movimiento del océano y construyen una identidad visual reconocible en todo el mundo. El dibujo dejó de estar en la pared de un museo para convertirse en suelo compartido.

Aquí aparece una de las ideas más actuales de su obra: la belleza como infraestructura cultural. La arquitecta y paisajista Anita Berrizbeitia, profesora de la Harvard Graduate School of Design, estudió la relación entre sus parques y la vida urbana. En un ensayo sobre el Parque del Este, en Caracas, sostiene que la belleza en la obra de Burle Marx tuvo consecuencias sociales y ecológicas, porque el paisajista brasileño hizo de la experiencia estética una forma de apropiación colectiva del espacio.

Jardines y experiencias

La relación entre paisaje y experiencia adquiere una dimensión íntima. Un jardín modifica la percepción del espacio: abre y cierra perspectivas, ofrece refugio y exposición, propone pausas y recorridos. No solo organiza plantas; organiza maneras de estar, mirar y encontrarse con otros. En los proyectos de Burle Marx, esa experiencia corporal forma parte de la composición tanto como una línea o un color.

Esa dimensión se concentra en el Sitio Roberto Burle Marx, en Barra de Guaratiba, al oeste de Río de Janeiro. Burle Marx y su hermano menor, Guilherme Siegfried, adquirieron la propiedad en 1949 para reunir su colección botánica, experimentar con asociaciones de plantas y cultivar ejemplares destinados a sus proyectos. Desde 1973 fue también su residencia particular y laboratorio de paisaje. Hoy el conjunto ocupa 405 mil metros cuadrados, conserva unas 3.500 especies tropicales y subtropicales, y reúne edificios, jardines, lagos, colecciones de arte y objetos vinculados a su vida y trabajo.

En lo relativo a su método, Burle Marx trabajaba en dos tiempos. Uno era el de la composición: decidir dónde poner una palmera, qué textura enfrentar a otra, cómo una curva conduciría la mirada. El otro era el tiempo lento de lo vivo: esperar que una planta creciera, observar sus cambios, aceptar que el jardín nunca sería una imagen completamente fija. Tal vez ahí esté una de las diferencias más fértiles entre un jardín y una pintura. La exposición en Berna se constituye alrededor de esa tensión.

Los planos permiten ver el jardín cuando todavía es proyecto; las fotografías muestran aquello en lo que se convirtió; las películas restituyen el movimiento, y las obras de otras disciplinas recuperan al artista en su dimensión material. El recorrido permite seguir una idea desde la mano que dibuja hasta el paisaje que cambia.

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Boceto de la residencia Clemente Gomes, Arenas, Brasil. Acervo Instituto Burle Marx (Burle Marx & Cia. Ltda).
© Roberto Burle Marx.
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Residencia Clemente Gomes, Arenas, Brasil (1973).
Haruyoshi Ono (2004).

Por otro lado, las pinturas expuestas enseñan a mirar el jardín. El conocimiento botánico que en ellas se aprecia transforma la pintura. La música aporta ritmo; la arquitectura, escala y estructura; la ciudad, el movimiento de miles de cuerpos. Y la naturaleza agrega aquello que ninguna disciplina puede controlar por completo: el tiempo.

Más de tres décadas después de su muerte, Burle Marx se mantiene como una figura cuya obra genera aún múltiples preguntas:

¿Cómo diseñar sin borrar lo que ya existe? ¿Cómo hacer espacio para la naturaleza sin convertirla en ornamento? ¿Cómo introducir belleza en la ciudad, sin separarla de la vida colectiva?

En un momento en que el paisaje ocupa un lugar central en las discusiones sobre ciudad, biodiversidad y calidad de vida, las posibles respuestas vuelven a adquirir actualidad. Burle Marx no anticipó solamente el jardín contemporáneo. Anticipó la idea de que habitar también es relacionarse con lo que crece. “Soy, ante todo, un artista. Mi lienzo es la tierra, mi medio son las plantas”, sostuvoen diversas ocasiones.

Espacio y patrimonio

En 2021, el Sitio Roberto Burle Marx, su residencia y laboratorio en Río de Janeiro, fue incorporado a la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. El lugar representa una concepción ecológica de la forma como proceso, basada en la colaboración social y en la preservación ambiental y cultural. Es, además, el primer jardín tropical moderno, inscripto en la lista de Unesco.

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Sin título, diseño del escenario del carnaval en el Teatro Municipal de Rio, 1960.
© Roberto Burle Marx.

La propiedad fue desarrollada durante más de cuarenta años como un conjunto de obras de arte vivientes, a partir del uso de plantas autóctonas y de principios del modernismo. La idea comenzó a desarrollarse en 1949. A finales de la década de 1960, el lugar ya albergaba una importante colección de plantas brasileñas, junto con especies tropicales raras.

Tras su paso por Berna en Zentrum Paul Klee, la muestra se trasladará a Madrid. La inauguración está prevista para marzo de 2027 en la Fundación Juan March en Madrid.

Más info: Fundación Juan March | Zentrum Paul Klee

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