El protagonista de esta historia convocó la entrevista para después del mediodía, cuando la ciudad comenzaba a apagarse. La hora sagrada, esa que llega después del almuerzo. “Ni bien llegué a Salto odiaba la siesta, no la entendía. Quería ir a comprar alguna cosa y estaba cerrado. Pensaba que nadie quería laburar”. Todo cambió: “Ahora no puedo vivir sin ella”, dice.
En un español claro y con modismos uruguayos, quien habla es Yelisey, un arquero ruso que lleva poco más de dos años en Salto.
Yelisey tiene 26 años, vivió en varios países y tiene un apellido que, dado su oficio, parece un exagerado chiste: Futbólov. En ruso el sufijo “ov” significa “hijo de”, por lo que es un descendiente directo del fútbol.
En mayo de 2024 se instaló en Salto. La razón de su mudanza a la ciudad naranjera es muy sencilla: el amor. En un hostel de Turquía conoció a Micaela, salteña, y se enamoraron.
Tras acomodar asuntos laborales, cruzó el mundo. No le asustaba eso de moverse. Nacido en Jabárovsk, a 25 kilómetros de la frontera con China, vivió en Indonesia, Montenegro y Serbia.
Su carrera la comenzó en Herceg Novi, una ciudad montenegrina. Cobraba 50 euros mensuales y atajaba en FK Igalo 1929, donde se fue después de debutar en Primera, ofuscado por no percibir sueldo alguno luego de una operación por una hernia que le demandó varias semanas de recuperación. Fue al otro equipo de la ciudad, el FK Obilić, donde además entrenó arqueros juveniles y a las de fútbol femenino.
Tras pasar más de un año alejado de las canchas, este ruso pintoresco retomó en Salto. Su suegra Ana Laura, abogada, habló con el presidente de Ferro Carril, también abogado.
“Para mi es el equipo más grande de la ciudad y del interior”, arriesga Futbólov. Estuvo unas semanas a prueba, convenció y quedó. Comenzó a aprender español y en poco más de medio año dominaba el idioma, uno de los cuatro que sabe hablar.
Se presentó con el dorsal número 69; lo que en Uruguay puede verse como algo picaresco, tiene una historia emotiva detrás: “A esa edad falleció mi abuelo paterno, que cuidó y quiso mucho a mi madre”, dice.
El ruso fue criado por su mamá, Olesya Narazova. “Mi padre fue una persona horrible”. Su abuelo, Vitaliy Futbólov, le legó también su apellido.
En Ferro se integró a un grupo uruguayo y abrazó dos culturas nacionales, el mate y el asado, pero a su manera. “Vengo de otras costumbres y hay cosas que cuestan. Me gusta el mate pero no compartirlo. Lo tomo en casa, solo”.
Se sintió incluido y respetado. “Si hay xenofobia o racismo, no los vi”, asegura. La cosa cambia cuando juega y tiene que enfrentarse a las hinchadas de los equipos rivales. “Ahí sí me gritan de todo”, cuenta. “Ruso cornudo fue lo más suave”, y larga la carcajada. Se lo toma con tranquilidad.
Sin oportunidades en Ferro Carril de Salto, pasó a Chaná, de la B. En el medio tuvo un exitoso pasaje por La Academia, del fútbol comercial, donde salió campeón de la liguilla.
En el club indio finalmente logró la titularidad y fue capitán pero no consiguieron el ascenso, el objetivo de la institución. Recientemente jugadores, hinchas y socios lo eligieron como el mejor jugador de 2026. Ahora volvió a un equipo de la A: Parque Solari.
El arquero no descarta salir del país. “Mi sueño es llegar a Inglaterra, aunque sea de preparador de arqueros después de retirado”. Es hincha del Manchester United; en Uruguay mira Peñarol, a veces, por su novia, y el fútbol le fascina.
Con un futuro imposible de descifrar, Futbólov es uno más en las canchas y calles salteñas. Un ruso con termo, mate y también con una tabla para el asado, ese que tanto le gusta. Un ruso al que no hay que molestar después del mediodía, porque está durmiendo la siesta.