El racismo en el fútbol uruguayo: el insulto que sigue siendo parte del folklore y una violencia casi sin sanción

En Uruguay el racismo se percibe como un problema poco frecuente más allá del sufrimiento que genera cuando se ejerce en protagonistas como futbolistas y árbitros.

Juan Moreno jugando para Miramar Misiones
Juan Moreno jugando para Miramar Misiones.
Foto: Estefanía Leal.

Sabrina Deambrosi - invitada
Cuando sonó el pitazo final, un hombre vestido de amarillo, rojo y negro cruzó corriendo a toda velocidad por la tribuna cabecera del estadio Abraham Paladino. Él era locatario, uruguayo, blanco, hincha de Progreso y su cuadro ganó. Pero había algo del otro lado del alambrado que lo estaba volviendo loco. Alguien, mejor dicho. Tanto así, que aún victorioso y locatario tuvo la urgencia de ir a buscarlo y gritarle: “Negro de mierda”, “Te comiste tres goles”. Quien recibía aquellos insultos, Juan Moreno, seguía con su camino hacia los vestuarios manteniendo la calma. El hincha, al no lograr su cometido, continuó: “Te viniste de Colombia a punta de balas”, “Te rompimos el o...”, “Sos un simio”.

Fue ahí que Juan perdió los cabales. “Me fui para allá, ay María, me fui, me fui. Como que en ese momento la rabia me consumió un poco y me fui, me fui, me fui”. A esa rabia se le sumó la impotencia y Juan se fue arriba del alambrado a defender su valor. Ya sabía perfectamente quien era el que le estaba gritando insultos de todo tipo y color. “Te voy a llevar afuera”, le dijo Juan, señalándolo con su gran mano cubierta por su enorme guante. Atrás lo siguieron cinco o seis compañeros, que lo ayudaron a calmarse. También se sumaron varias personas de particular y oficiales de la policía. Se generó un tumulto de unas 20 personas a los gritos y los agarrones. Para combatir la violencia con más violencia, en busca de la paz.

Juan Moreno, de 26 años, es colombiano, llegó a Uruguay para jugar en Miramar Misiones de arquero a principios de 2025. Solo. Su sonrisa brillante contrasta con su rostro. Posee la tranquilidad y la liviandad propia de un colombiano, como si la salsa -su música predilecta- le corriera por las venas. Juan siente las diferencias con su hogar. Los uruguayos no tenemos esa extroversión alegre de su Colombia natal, pero no siente que se lo discrimine en su vida cotidiana. Hoy Juan será el golero titular de Cerro Largo.

En una tarde de setiembre, en un partido contra Progreso, a Juan y su equipo le tocó perder por 3 goles a 2. A lo largo de los últimos 45 minutos, Moreno tuvo que estar bajo los tres palos del lado de la hinchada local. 45 minutos que se hicieron largos, por tener a un hincha gritándole, para intentar sacarlo del partido. Pero, en el fútbol, “son cosas que pasan”. Juan se hablaba a sí mismo ‘Juan, no pasa nada’, pero el hincha seguía y seguía, no paraba. Hasta que el fanático se pasó de “folklore” y Juan saltó.

De lo que más se arrepiente de la situación es la manera en la que reaccionó. Hubiese preferido tomárselo con más calma, “hacer lo que había que hacer, pero con más calma”.

El caso llegó a la Comisión Disciplinaria, donde se evaluó cómo se le aplica justicia a los clubes, según el Código Disciplinario de la AUF. Este caso no tuvo sanción para Progreso, porque el violento fue solo uno. En cambio, si hubieran sido muchos gritándole en sincronía al jugador, ahí sí se aplicaría la sanción. Como si el daño a la persona se legitimara en base a si lo hacen uno o más de dos.

También llegó a Fiscalía, ya que el agresor estaba identificado por el club, eso está en proceso. En Uruguay cometer actos de violencia física o moral por el color de piel, raza, religión, etnia u orientación sexual puede ser penado con prisión, según la Ley 17.677.

Puertas adentro del vestuario de Miramar, el tema no duró más de cuatro días. Y puertas fuera, el repudio al racismo llegó hasta que la pelota rodó al fin de semana siguiente.

El fútbol es apenas un marco para que la discriminación racial siga fluyendo, como agua por debajo del puente. Según el World Values Survey, en 2022 el 69 % de los uruguayos creen que el racismo ocurre nada frecuentemente, y el 22 % que ocurre poco. Apenas un 6,4 % lo percibe como un fenómeno frecuente.

Los datos muestran cómo el racismo en Uruguay hila tan profundo que está oculto a simple vista en el lenguaje y en prácticas culturales como el fútbol. Especialmente el fútbol, donde al pasar por las puertas de un estadio, las emociones afloran a la piel pero las minorías pierden la categoría.

Como explica María Duran, psicóloga de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, el fútbol es un amplificador de la violencia, “juega mucho esto de ser figuras públicas, de lo que se les exige a los futbolistas”. Porque se los deshumaniza, se pierde noción de que el fútbol, además de ser una pasión, es una profesión y que hay trabajadores que cada jornal se llevan consigo cientos de agravios.

Una mala costumbre

Javier Feres arbitra hace casi 20 años y lleva seis en Primera División. En los estadios lo único que escucha son murmullos, en las canchas chicas sí se escucha el insulto personalizado.

Hace unos años la hinchada de Defensor Sporting le gritó un insulto racista. Ya no recuerda si fue por su color de piel o por su boca y orejas que resaltan. “Generalmente se me asocia con la palabra negro, tengo una especie de parecido con algún insulto racista del tipo de mono, he sufrido varios de esos tipos de insultos”. Cuando escucha alguno, lo denuncia, así es como toman forma institucionalmente estos tipos de violencia. Si alguien los escucha y los denuncia, existen, sino, no.

Javier Feres
Javier Feres.
Foto: Leonardo Maine.

Los insultos que sin duda existieron fueron los que salieron de la boca de Ricardo Caruso Lombardi, exfutbolista y actual técnico argentino que dirigió a Miramar Misiones en 2024.

Los suplentes cebritas reclamaban cada falta. Javier ya le había mostrado la primera amarilla a Lombardi y sabía que estaba al borde. Pero no esperaba lo que vino después. Cuando pitó una jugada polémica, el técnico argentino volvió a reclamar. Ya cansado, Javier levantó la tarjeta por segunda vez, convirtiéndola en roja. Caruso lo miró fijo, sin desviar la vista ni un segundo y esbozó: “Negro de mierda. Jetón. No me voy a ir. Andá al VAR”.

En el momento lo tomó como histrionismo de Lombardi, pero fue distinto. No era folklore perdido en la tribuna. “En el caso de Caruso que lo vi, afectó un poco más porque lo vi al decírmelo y sabía quién me lo estaba diciendo.” Eso lo interpeló más que el insulto en sí. Le tomó un par de minutos sacudir lo que había vivido. Pero tuvo que hacer oídos sordos y seguir arbitrando con frialdad.

El episodio ocupó todos los medios. “Tomó tanta trascendencia que iba a hacer los mandados en el barrio y me preguntaban por el suceso. Me empecé a sentir un poco incómodo”. El colectivo afrodescendiente le consultó cómo se había sentido, algo que agradeció, aunque lo dejara aún más expuesto. Él, que había aprendido a mantener un perfil bajo, se vio de repente convertido en tema nacional.

La situación escaló al ámbito legal, con abogados de por medio. Pero en términos disciplinarios de la Asociación Uruguaya de Fútbol, los jueces no están amparados contra la discriminación racial. El Artículo 12 del Código Disciplinario, que ampara la discriminación o comportamientos similares menciona específicamente contra quienes es sancionable el insulto racista: jugadores, dirigentes o miembros de los cuerpos técnicos. A Lombardi lo sancionaron por desacato pero por discriminación racial contra un árbitro no, vaya y pase.

En los últimos cuatro años fueron denunciados a la Comisión Disciplinaria cuatro casos, contando los últimos dos. Tan solo uno de ellos fue sancionado por el Artículo 12.

Wanderers vs. Albion

En 2022 Wanderers recibió la sanción por insultos racistas de su parcialidad al jugador senegalés de Albion, Ousmané N´Dong, quien llegó llorando al vestuario luego de que le gritaran “Negro de mierda” y “Negro muerto de hambre”. La sanción fue de 50 UR, la cual es la mínima decretada en este tipo de casos. La máxima puede incluso ascender a las 300 UR.

Ousmane N'dong. Foto: @Albionfootballclub

Albicelestes

En el 2023 la denuncia fue a la parcialidad de Cerro por lanzarle una banana al jugador paraguayo de Liverpool, Miguel Samudio, quién levantó la fruta, partió un pedazo y lo comió. Después del partido hizo un descargo en sus redes sociales para darle la visibilización al hecho que la Comisión no pudo. Nuevamente, la respuesta, a la falta de respuesta, fue que el agresor era uno. Una banana, una persona. Si hubiesen sido más de dos bananas, en sincronía, y no eran lanzadas con ambos brazos de una sola persona, claro, era sancionable.

Miguel Samudio con la camiseta de Liverpool
Miguel Samudio con la camiseta de Liverpool.
Foto: Estefanía Leal.

Parece muy improbable, en un fútbol en el cual se juegan aproximadamente 300 partidos por año, en una temporada regular de Primera División, que tan solo se grite un insulto racista o xenófobo. Cuando queda expuesto que la discriminación se respira en el aire.

En el consultorio de la Mutual de Futbolistas llegan casos de personas afrodescendientes con consultas de ansiedad o no asociadas directamente con el racismo, pero en el proceso surge, en varias ocasiones, que han sufrido en su historia, dentro y fuera del fútbol, discriminación racial. “Así como hay pocas denuncias, también hay pocas consultas vinculadas directamente a esto, pero eso no quiere decir que no lo hayan sufrido”, comenta María Durán, psicóloga de la Mutual.

Sobre ese césped verde, cada fin de semana juegan a la pelota 22 hombres y otros cuatro que arbitran. Representan con los colores en sus camisetas a tres millones de personas. Es la idiosincrasia del país. En la cancha que sea, cuando rueda la pelota, comienza la batalla. La tribuna se transforma en ese espacio donde todo parece permitido, una especie de olla a presión o terapia sin terapeuta.

Los insultos pierden peso, las palabras pierden valor. Del otro lado del alambrado, tan solo hay jugadores, tan solo hay árbitros, tienen que jugar bien y cobrar mejor, no hay lugar para el error. Pero sí para la discriminación.

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