El presidente Lacalle Pou viajó a la cumbre de Bruselas con pocas expectativas y regresó con un “moderado optimismo”.
Era lógico que una cumbre entre la Unión y Europea y la Celac no generara expectativas por cuanto el organismo regional representaba un conglomerado disperso, diverso y sin mucho sentido, como ocurre con casi todos estos organismos regionales.
Lacalle entonces, se abocó a hacer lo que quedaba por hacer y no le fue mal: tener la mayor cantidad de contactos bilaterales posibles. Estuvo con el presidente francés Emmanuel Macron, que le expresó un “interés real” en avanzar con el acuerdo entre Mercosur y la Unión Europea. También se reunió con la primera ministra italiana Giorgia Meloni, con el presidente del Consejo Europeo Charles Michel, con la titular de la Comisión Europea Ursula von der Leyen y con el presidente del Banco Europeo de Inversiones Werner Hoye, para avanzar en el tema del hidrógeno verde.
Según Lacalle Pou, “todas las reuniones fueron muy directas y muy francas”.
Si bien la cumbre reunió a la Unión y la Celac, o sea un organismo regional más amplio que el Mercosur, los cuatro presidentes del bloque se mostraron algo optimistas respecto a la promesa de un avance en lo que a ellos les interesa. Como dijo el presidente uruguayo, “a mí me cuesta mucho explicarle a mis hijos adolescentes que llevamos 25 años en ponernos de acuerdo con este mundo que ha cambiado tanto y por eso, cuando veo a los líderes del Mercosur y de la Unión Europea con ese ánimo de acordar en pequeños pasos me parece una buena cosa”.
La invasión rusa a Ucrania despertó un particular interés europeo en América latina. Tanto Europa como Estados Unidos, que otorgan un fuerte sostén militar, económico y político a Ucrania, necesitan contar con el mayor apoyo posible. Hasta ahora han sido reacios a abrir sus puertas a estos países, que en su necesidad de encontrar mercados para sus productos, se volcaron a lugares que no son precisamente aliados de occidente. Tal es el caso de Uruguay, que mantiene un inquebrantable apoyo a Ucrania y se alinea con la posición occidental, pero a la vez busca concretar un acuerdo comercial con China.
A los países aliados estos acercamientos los ponen nerviosos, pero nada pueden reprochar en la medida que no ofrecen alternativas. Quizás por eso esta cumbre haya importado. Por la misma razón Estados Unidos mostró interés en abrirse a Uruguay. Hay que recordar el reciente encuentro entre Lacalle Pou y el presidente norteamericano Joe Biden en la Casa Blanca.
Lo curioso es que ante esta actitud expectante de Europa, América Latina no tiene una visión unánime. La guerra en Ucrania, un intento de conquista por parte de Rusia, no genera las mismas posiciones y por eso fue difícil llegar a un acuerdo para el documento final, ciertamente más lavado de lo que debió ser, ante el desconcierto de los anfitriones que hubieran deseado algo más contundente.
Esto ocurre porque la Celac es una organismo complicado. Se reúnen allí países de clara convicción democrática como Chile y Uruguay (más allá de que sus gobiernos responden a corrientes de pensamiento distintas), que conviven con despotismos férreos, al estilo de los totalitarismos del siglo XX como Cuba, y regímenes dictatoriales de corte populista como Nicaragua y Venezuela.
En medio de esa mezcolanza, que hace imposible una visión común, navega el presidente Lula de Brasil. Quiere tener más protagonismo, quiere liderar en el continente, pero su discurso es muy anacrónico.
Esto se vio claramente en un cruce que pretendió ser ama- ble entre Lula y el chileno Gabriel Boric, pero en el fondo fue una severa (y desubicada) advertencia sobre quién manda en estas situaciones.
Lula cuestionó la insistencia del presidente chileno en dejar bien establecido en la declaración final, que la guerra la inició Rusia contra Ucrania. Lula dijo que tanta insistencia se debía a la inexperiencia de Boric en estos foros y lo trató de “joven apresurado”. En otras palabras, lo “botijeó”.
Tanto es el interés de la Unión Europea por acercarse al continente que emitió una declaración favorable a Argentina en el tema Malvinas. Claro, el Reino Unido ya no forma parte de la Unión así que a los europeos se las hace más fácil aquello de “juguemos en el bosque mientras el lobo no está”. La declaración no tiene otro objetivo que el de congraciarse con una Argentina siempre complicada. Hubiera tenido más sentido en los años 60 y 70, cuando estos diferendos territoriales se miraban con la lupa colonialista. Hoy, que empieza a importar la opinión soberana de quienes habitan un determinado suelo, las cosas han cambiado.
Habrá que ver que sale de todo esto, que queda de las declaraciones finales y de los encuentros personales como los de Lacalle. Habrá que ver cuán genuina es la intención de acercarse más y en el caso de Mercosur, de concretar un acuerdo.
En definitiva, habrá que ver si, como sostuvo Lacalle, las acciones serán más fuertes que las palabras.