Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Aznavour, Caballé y…

Con 94 años, el 1º de octubre murió Charles Aznavour, el francés con alma armenia que hasta el fin de sus días le cantó a todas las etapas de la vida y a todos los estados del ánimo.

Con 86 años, este lunes se fue Montserrat Caballé, la soprano catalana que cantaba lo mismo música de cámara que ópera y que iba de los austeros madrigales con ecos del Medioevo, al jolgorio del Brindis de La Traviata, al vitalismo de los dúos con Freddy Mercury y al estado de oración de Casta Diva.

Cada vez que un músico parte de gira sin regreso, las crónicas recogen datos y números: cuántos países, cuántos discos y —sobre todo si perteneció al jet-set del entertainment— cuánto vendió y qué fortuna amasó o dilapidó. Pero ningún rubro cuantitativo y ninguna ficha técnica dará nunca verdadera cuenta de todo lo que nos dejan vibran-do las voces que nos llegaron al alma y que sobreviven a las cuerdas vocales que las acunaron. Esas voces son el hilo conductor de cada uno de nosotros.

Por eso, ante la partida casi simultánea de estos dos artistas que palpitaron en nuestro vecindario cultural, subrayamos la importancia de todas las modalidades del canto, la música y la creatividad, y llamémonos a rescatar el vínculo que el arte entreteje con lo mejor de nuestras ideas y nuestros sueños.

Sinfónica o tango o bossa nova o bolero, si es seria y no es puro ruido, la música tiene una armonía que nos educa; y la admiración sana hacia los ídolos y los grandes creadores nos protege, en todos los órdenes, de quienes venden aturdimiento que embota y no melodía que eleva.

Gritada entre multitudes o aprendida en soledad, la música que llevamos dentro vive perenne en la memoria que nos forma, nos unifica y nos regresa como un milagro de reencuentro con nosotros mismos. Estas voces de Aznavour y Caballé que acaban de enmudecer y tantas otras de cantantes, poetas y Maestros con quienes cada uno se identifica, nos palpitan en lo más hondo de la intimidad y en lo más alto del espíritu.

Es tiempo de ponerlo en valor, porque ni la cultura ni el país ni las personas ganamos absolutamente nada en intoxicarnos con noticias externas lacerantes, mientras callamos todo el sentimiento y toda la grandeza que nos inspira el mundo del espíritu. Ya hicimos suficiente experiencia con amordazarlo. Ahora basta.

En Colonia y Andes está construyéndose un rascacielos que va a darle prestancia a la zona. Bienvenido. Eso sí: recordemos —en sentido propio: registremos en el corazón— que en esa esquina enseñaron a pensar, a sentir y a amar los grandes elencos y las grandes voces de la mejor época de la vida nacional.

Allí, en el teatro Artigas demolido hace dos décadas, un Luis Sandrini enseñó a sentir y a pensar, con obras —"Cuando los duendes cazan perdices"— del uruguayo Orlando Aldama, un Jorge Negrete estremeció con sus rancheras y un Piero Gamba proyectó su temprana fe de romántico beethoveniano. Las cicatrices de ese teatro perduraron hasta hace unas semanas. Ahora las borra el nuevo edificio. Pero las sobrevivirá todo lo noble que desde allí se lanzó a los cuatro vientos, porque lo auténtico de las artes vale y dura mucho más que la moda. Vale y dura eternidad.

Por eso, ilumina la vida moral de las personas y el Derecho, en los pueblos que no se resignan a hundirse.

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