La nueva celebridad guerrera: los hutíes

A partir del 11-S, cuando dos aviones hicieron arder las Torres Gemelas como antorchas hasta hundirse en el vientre de Manhattan, en el mundo empezó a resonar un nombre extenso y extraño que implicaba algo aún más extraño: Osama bin Muhamad bin Awda bin Laden.

El autor de ese masivo ataque que incluyó otro avión sobre el Pentágono y un tercero que cayó en Pensilvania, fue el millonario saudita que ya había atacado un buque norteamericano de guerra en el puerto de Adén y las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar el Salam.

Por primera vez en su historia, Estados Unidos tenía como principal enemigo, no a otro Estado ni alianza de estados, sino un individuo con nombre y apellido.

Ahora, el mundo está viendo otra guerra extraña: dos superpotencias lanzando contra una milicia tribal de Yemen bombardeos que recuerdan a los que lanzó George W. Bush sobre Bagdad.

Una porción del país más pobre de la Península Arábiga, en manos de una milicia que lleva como nombre el apellido de una familia, está alterando el comercio mundial en una de las yugulares del transporte naviero: el Mar Rojo.

Yemen es el único país árabe que estuvo dividido, como estuvo Alemania y como sigue estando Corea, entre dos estados: uno comunista y otro anticomunista. Ahora Yemén está nuevamente dividido en dos partes que se consideran enemigas.

Los hutíes representan a la etnia zaidí, que es una rama del chiismo surgida en el siglo VIII cuando Zaid bin Alí, jurisconsulto que hizo su propia interpretación del Corán y de la sharia, se reveló contra el califa omeya.

Hoy, los zaidíes son poco menos de la mitad de la población yemení, en la que la mayoría es sunita. En la última década del siglo 20, un jeque tribal zaidí llamado Houssein al-Houti creó el movimiento Ansarola (Partidarios de Dios) y se levantó en armas contra el presidente Alí Adbalá Saleh.

Fue asesinado en el 2004 y lo sucedió en el mando su hermano Abdul Malik al Houti. Bajo ese nuevo liderazgo, los hutíes ingresaron en el proyecto de cerco anti-israelí diseñado por el general iraní Qassem Soleimani. Así obtuvieron de Irán los armamentos y el adiestramiento que les permitió vencer en la guerra al régimen encabezado por Mansur Hadi y respaldado por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein.

El heredero y regente del trono saudí, príncipe Mohamed Bin Salmán, creyó que una intervención de sus fuerzas armadas aplastaría a los hutíes fácilmente. Sin embargo, ni sumando al ejército que le aportó Abu Dabi pudo doblegar a la milicia tribal.

Controlando la porción del noroeste donde está Saná, la capital yemení, el poderío y la osadía de los hutíes los llevó a lanzar ataques aéreos sobre territorio saudí, provocando, entre otras cosas, graves daños en yacimientos de la compañía petrolera ARAMCO.

El lema de los hutíes es “Alá es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel y maldición a los judíos”. La maldición que incluye ese lema los convierte en antisemitas declarados. Por eso no sorprendió que iniciaran ataques con drones y misiles a Israel, para ayudar a Hamás en la guerra de la Franja de Gaza.

Con el mismo objetivo, atacan a los buques cargueros que intentan atravesar el Mar Rojo llevando mercaderías a Israel, aunque también a los otros países costeros y, a través del Canal de Suez, a Europa.

Con esas acciones, los hutíes lograron perturbar el comercio marítimo, también afectado en mares orientales por las tensiones entre China, Filipinas, Vietnam y Taiwán, y por las tensiones entre Rusia, Ucrania, los países bálticos, Finlandia y Suecia en el Mar Negro y en el Mar Báltico.

Agravar las crisis del transporte marítimo obstruyendo ese paso crucial que es el Mar Rojo, llevó a Joe Biden y a Rishi Sunak a ordenar los ataques norteamericanos y británicos a las lanchas rápidas hutíes en esas aguas, y bombardear a la milicia en el territorio de Yemen, lo que podría generar una escalada de alcances y consecuencias impredecibles.

En las sociedades árabes, la sensación de que sus gobiernos no están haciendo nada para defender a los palestinos crece en forma directamente proporcional al crecimiento de la imagen de esas milicias tribales que hasta hace pocos años eran una insurgencia indisciplinada, con poco adiestramiento y escaso armamento. Pero en tiempo récord se convirtieron en fuerzas bien adiestradas, bien comandadas y con un arsenal moderno, potente y sofisticado.

Hoy los milicianos tribales de ese país marginal son aclamados en muchos países árabes como los únicos firmes defensores de los palestinos. Falta ver si, finalmente, son ellos los que logran que el conflicto termine hundiendo al Oriente Medio en una guerra total.

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