Entre París y Passo Fundo

Dos temas desviven hoy a nuestras elites: las elecciones en Brasil y la violencia en Francia. O al menos eso es lo que surge de ver las prioridades que los medios del mundo dan a estos hechos. Y hacen bien, aunque no exactamente por las razones que se suelen mencionar. Vamos a explicarnos.

El caso de Brasil es tal vez el que más de cerca nos toca. Hoy ese país va a las urnas en unas elecciones que pueden marcar un final bastante opaco para la carrera de Lula da Silva. Según las encuestas, puede pasar cualquier cosa. Pero aunque Lula lograra dar vuelta la tendencia de la primera vuelta, sigue habiendo algo que no cierra para la cosmovisión del intelectual/biempensante latinoamericano o europeo. ¿Cómo puede ser que un mequetrefe de 45 años, que nunca tuvo un trabajo privado, mal orador, y cuyo padre está en la cárcel por golpista, le pueda dar pelea a Lula?

¡A Lula! El tornero, sindicalista, venido del nordeste a trabajar en una fábrica de San Pablo, que hasta perdió un dedo metiendo mano en las máquinas. El tipo que representa como nadie al Brasil de verdad. ¡Al pueblo! Hay varias respuestas, pero una que engloba todas: Brasil ya no es el de hace 20 años. Ni el mundo.

Días atrás el Financial Times publicó un artículo titulado “La uberización de la clase trabajadora de Brasil”. La pieza toca el tema central de todo esto, aunque con la típica mirada paternalista y hasta socialista que se ha vuelto hegemónica en el periodismo. ¡Incluso en el FT! Allí se explica el boom en Brasil de la llamada “economía gig”, que protagonizan empresas como Uber, donde los empleados no son empleados sino “socios”, que si bien no tienen los beneficios de un trabajo formal (“carteira assignada”), son dueños de su tiempo, pueden ganar más o menos en función de su esfuerzo, y se sienten más libres e independientes. Estos trabajos hoy son los que permiten sostener las cifras de empleo, en un país estancado, con datos fiscales de pánico (9% de déficit, 83% de deuda).

El tema es que en muchos de estos países estas nuevas formas laborales, que para los analistas son una basura, representan la única esperanza para mucha gente de pegar un salto en su bienestar. Aquellas relaciones laborales de antes, con sindicatos fuertes, empresas con miles de empleados, y regulaciones asfixiantes, como contracara de grandes beneficios sociales, hoy son un espejismo. La gente no llega a eso. Y muchos ni quieren.

Por eso el discurso de Lula, y de toda esa mirada de izquierda tradicional, choca con un muro frente a las nuevas generaciones. Prometen hace décadas un paraíso que nunca llegó, y es cada vez menos probable.
Y si no, miremos a Francia.

Porque Francia es el sueño realizado de toda esta visión socialdemócrata de izquierda “laborista” y socialmente correcta. Un país con enormes beneficios sociales, con sindicatos muy fuertes, con relaciones sociales corporativizadas, con impuestos altos a los “ricos” y a las empresas, y donde la lucha contra la desigualdad es máxima prioridad. Es tal vez el estado de bienestar más generoso del mundo, y el modelo para muchos de nuestros políticos de izquierda. “Uruguay tiene una visión en común con Francia en política, en cultura, en diferentes aspectos de su sociedad”, dijo el ministro Oddone, asumiendo que la suya es la visión del Uruguay.

Toda esta visión idílica esconde el problema. Que este tipo de forma de organización social, en tiempos de caída de la natalidad y de globalización económica, ya no luce sostenible.

Como explicaba un editorial de este diario esta semana, “en Francia el Estado gasta más de la mitad de todo lo que el país produce. Cobra impuestos como ningún otro país de Europa. Destina a protección social una porción de su economía que nadie en la Unión Europea iguala. La semana laboral es de 35 horas por ley. Y su desigualdad es de las más bajas del mundo”. Y sin embargo, los jóvenes, los radicales de izquierda y los inmigrantes musulmanes (uy, perdón...eso no se puede decir), salen a la calle a romper todo.

Si cuando pasó eso en Chile hace 7 años, la culpa era del neoliberalismo rampante, ¿en Francia ahora no es del estado de bienestar que estanca la economía?

A ver... el problema de fondo es que estamos en un mundo nuevo. La emergencia de China, la forma en que se apropió de todo el trabajo industrial del planeta, junto con las permanentes disrupciones tecnológicas, hacen que los sistemas dominados por la planificación estatal, el peso de las corporaciones y sindicatos, y los costosos estados de bienestar, sean insostenibles. Generan agujeros fiscales impagables, y estancamiento económico que impide a las nuevas generaciones mantener el nivel de vida de sus padres.

El malestar que genera este estancamiento es lo que fogonea estos cambios políticos, estos estallidos sociales. En París, en Passo Fundo... ¿y en Uruguay?

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