Ahora sí, la discusión sobre qué hacer con el Mercosur toma otro cariz. Esto no quiere decir que haya decisiones sorpresivas en lo inmediato. Pero hubo un corrimiento.
Quien movió las piezas fue el canciller Francisco Bustillo, al mencionar la posibilidad de que Uruguay pase de ser un Estado miembro del Mercosur a uno asociado. Tampoco lo dijo en cualquier lugar sino en Puerto Iguazú, Argentina, donde se celebró la cumbre de Mercosur.
En esa cumbre, también el presidente uruguayo, una vez más, marcó sus claras diferencias con los otros socios en la modo de entender y manejar el Mercosur y eso se concretó al presentar Uruguay una declaración final diferente a la acordada por los otros tres miembros.
Si bien desde que Lacalle Pou asumió la presidencia, Uruguay llevó adelante una insistente prédica para flexibilizar el Mercosur, nunca hasta ahora había surgido en forma explícita la idea de que Uruguay podría cambiar su status.
La molestia uruguaya es vieja. Ya en los gobiernos frentistas, en forma muy moderada, hubo críticas al funcionamiento asfixiante (para Uruguay) del Mercosur. De hecho fue una de las razones, no la única, por la cual el primer gobierno de Tabaré Vázquez no pudo concretar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Que Uruguay, a través de Bustillo, se haya animado a dar un paso más, es una señal que no puede ser desatendida.
Quizás el canciller quiso probar si al sugerir la posibilidad de pasar a ser un país asociado, generaría una reacción en los demás miembros. Ante la advertencia de que “esto va en serio”, lograr finalmente que los demás socios se aboquen a reformular el Mercosur. Sin embargo, nada en Brasil y Argentina indica que tienen en mente el tipo de cambio que podría satisfacer a Uruguay.
En realidad no tienen en mente ningún tipo de cambio. Se aferran a una vacía retórica de integración, para colmo llena de contradicciones.
Es verdad que en diciembre habrá en Argentina un gobierno nuevo, ya sea continuador del kirch-nerismo, ya sea uno en manos de la oposición. En caso de ser elegido el oficialista Sergio Massa, la política argentina en este tema no variará. En caso de ganar la alianza opositora, hay pocos indicios de cual será su estrategia en cuanto a lo regional. Los temas de campaña responden a una agenda muy peculiar y si los precandidatos opositores tienen propuestas al respecto, no forman parte del debate público.
En cuanto a Brasil, lo cierto es que Lula se ha movido con una agenda desconcertante. Quiere ser, una vez más, líder en América Latina y también en el Mercosur, pero no le está saliendo bien.
Organizó una cumbre para relanzar la Unasur y fracasó rotundamente. La argumentación de Lacalle Pou en contra de esa propuesta, pudo más.
Quiere terminar de concretar el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur pero va en la dirección contraria respecto a un tema que es crucial para Europa: la agresión rusa a Ucrania. Propone negociar una paz sin reconocer que Rusia es el agresor.
Si la Unión Europea dio alguna señal de que ahora sí le interesa avanzar en el acuerdo, es porque necesita consolidar la simpatía de otros países con su causa. Quien busca aliados, debe darles buenas razones para que lo sean.
Sin embargo Lula corre en el sentido opuesto, con ideas que no caen bien en el otro lado del Atlántico. Como tampoco cae bien su melosa adhesión a la dictadura de Maduro. No solo sostuvo que eso de que Venezuela sea un régimen despótico responde a una narrativa inventada, sino que dijo que en Venezuela había más elecciones que en Brasil. Ni bien lo dijo, el chavismo inhabilitó a la opositora Corina Machado como candidata a la presidencia. Es un país donde dos líderes opositores de primera línea debieron buscar asilo en el exterior así como varios más siguen presos.
En este entreverado contexto, es difícil pensar que las posturas argentinas y brasileñas cambien en el corto plazo. Una vez más, ese soterrado entendimiento entre los dos grandes vuelve a funcionar (“la trenza” como suele decir Sergio Abreu) y perjudica tanto a Paraguay como a Uruguay.
Si realmente empieza a pensarse en una suerte de retirada ordenada, hay que ser cuidadoso. Se requiere una sutil y sofisticada diplomacia, para que en forma bilateral se mantengan los acuerdos comerciales con ambos vecinos. Una vez entrado en un bloque de estas características, no es fácil irse. Por eso, llegado el momento (si es que ese momento llega), hay que pensar bien cada paso.
Como sea, hasta ahora la presión uruguaya era para flexibilizar el Mercosur y relanzarlo de modo tal que no perjudique a sus socios, sino que los ayude. Es la primera vez, en forma oficial, que surge la idea de ir a un cambio de carátula, que es una forma fina de avisar que se acerca la hora de irse.