Malas noticias para el Kremlin y la Casa Blanca. En Serbia perdió Aleksandar Vucic, la ficha balcánica de Putin. Una ficha tan valiosa para Rusia como la que encarnaba Viktor Orban en Hungría. Y en Brasil, Trump no pudo ocupar con una ficha propia el casillero más valioso de Latinoamérica en términos políticos, económicos y estadísticos.
No alcanzó el apoyo de los algoritmos y los bombardeos contra el líder centroizquierdista que efectuó el más agresivo exponente del trumpismo en Sudamérica: Javier Milei. Lula da Silva tenía que realizar una proeza. Y lo logró.
Ahora le queda como misión realizar otra proeza: tener gobernabilidad y sortear los impeachments que intentará un Congreso dominado por la derecha más agresiva y recalcitrante de Brasil.
Lula hizo la proeza de remontar una derrota porque entendió las claves del resultado en la primera vuelta. Priorizó la batalla contra los algoritmos en las redes, diseñando una estrategia para neutralizarlos, y encaró la campaña al ballotage con menos Janja y más Alkmin. Su esposa Janja es PT puro y en sobredosis, mientras que Geraldo Alkmin expresa la centroderecha con mayúsculas que ha tenido Brasil.
El problema no era que perdiera Lula, sino que la derecha que lo derrotaría no es aquella gran centroderecha que expresaron figuras respetabilísimas como Tancredo Neves, José Sarney y Fernando Henrique Cardoso, sino un derechismo agresivo, vulgar, sectario y liderado por figuras mediocres y oscuras.
Por eso, el resultado implicó una victoria del centro contra un extremo. De ambos candidatos, Lula es indudablemente el que está más cerca del centro.
Para revertir el resultado necesitaba convertir en votos millones de abstenciones. Lo logró. Y logró algo que parecía aún más difícil: que el “voto castigo” de muchos centristas y centroizquierdistas que, por las dificultades económicas y otras falencias del gobierno, fueron para Flavio en la primera vuelta, ahora se convirtieran en votos que vuelven arrepentidos al líder que quisieron castigar.
Esos votos castigo que debían retornar a Lula eran cerca de 1.200.000 y valen doble, porque son votos que se suman a Lula y se restan a Bolsonaro, no como el que viene de la abstención, que solamente se suma.
Otro factor, aunque marginal en términos estadísticos, es el quivalente bolsonarista a lo que fue “el cajón de Herminio Iglesias” (cuando un dirigente peronista impresentable quemó un féretro con la inscripción UCR, en un acto del candidato peronista Ítalo Lúder) que ayudó a Alfonsin en su victoria sobre el PJ. En el debate previo al ballotage Flavio cometió un grosero error que mostró dos rasgos negativos suoyos: negligencia y crueldad. Fue cuando llamó “nueve dedos” a Lula, un bullyng que normalmente las bases y dirigencias bolsonaristas hacen del líder centroizquierdista.
Burlarse en el debate de que tenga un dedo menos fue mostrar crueldad, porque el bullyng es cruel, y también es negligente porque mostrar en semejante instancia electoral ese rasgo abyecto, es lo que Flavio Bolsonaro no debía hacer. Mucho más si el dedo que le falta a Lula lo perdió operando un torno siendo obrero metalúrgico.
Lula hizo la proeza de convertirse en el primer candidato que revierte una derrota en primera vuelta y en el presidente más políticamente exitoso de la historia democrática de Brasil.
Por delante le queda otra proeza: cumplir con éxito un mandato que tendrá un Congreso adverso y los principales estados en manos opositoras.
Sería inteligente de su parte tomar medidas antipáticas para su partido y desagradables para la democracia liberal: indultar a Jair Bolsonaro para desarmar el odio político que se apresta a convertir el cuarto mandato de Lula en un tembladeral que buscará derribarlo, haciendo de paso un aporte para cerrar la grieta que supura aborrecimientos y perturba la convivencia en las sociedades actuales.
Los presidentes de la derecha dura latinoamericana pudieron hacer lo que corresponde en la relación entre democracias: saludar y felicitar al vencedor. Pero Javier Milei no pudo porque había cumplido de una manera espantosa la misión “trumpista” de esmerilar al presidente brasileño con insultos y acusaciones gravísimas.