Blanca en Masoller

Qué lejos queda Masoller. Y esto no es apenas una constatación geográfica, producto de las eternas horas de manejo de regreso de una de las experiencias políticas y sociales más removedoras que este autor haya tenido en Uruguay. Hablamos de la distancia cultural que separa la forma de encarar las cosas en la zona costera, con el norte del país.

Como todos los años, en los primeros días de setiembre, una multitud se congregó en el alejado paraje fronterizo entre Rivera y Artigas para recordar la batalla que terminó con la vida de Aparicio Saravia. Y con él, con el período de guerras civiles casi permanentes en las que estuvo sumido este territorio desde 1811 hasta 1904. Esa batalla implicó de alguna forma (y al mismo tiempo), la muerte de un caudillo histórico y la victoria de sus ideales político/electorales. Pero, al final del día, la derrota de su modelo de país a manos de un batllismo que dedicó el siguiente par de décadas a convertir a Uruguay en un enclave europeo, con una economía y una cultura institucional completamente de espaldas a sus raíces y al sector que le sostenía sus efluvios civilizatorios.

Tal vez la pregunta más insidiosa que nos hacíamos antes de llegar a Masoller era por qué. Qué cosa hacía que en el año 2026, en pleno boom de la inteligencia artificial, del teletrabajo, y del pan de masa madre, miles de personas fueran al último rincón del país para homenajear a un gaucho que murió a los 48 años, hace bastante más de un siglo. Y que todo el sistema educativo lleva décadas presentando como una rémora atávica de un pasado bárbaro, al que poco menos que hubo que eliminar para que el país pudiera consolidar su camino a ser esa soñada “Suiza de América”.

Tal vez influido por ese sistema educativo, la verdad es que fuimos esperando encontrar una reunión de estancieros, dirigentes políticos, y cosplayers de gauchos, que se juntaban a cantar las típicas canciones de Saravia, y ostentar sus aperos chapeados, antes de volver corriendo en sus 4x4 al confort capitalino. Nada que ver.

Lo que vimos fue un encuentro genuinamente popular, anárquico y caótico, donde el mundillo dirigente ocupa un lugar ostentosamente secundario. Es más, al ver el masivo desfile de caballos por el repecho de Pena, llamaban mucho la atención tanto el perfil social de la mayoría de los “marcheros”, como la baja edad promedio, y la cantidad de mujeres. Muchas, apenas niñas, pero que manejaban con orgullosa suficiencia tanto a sus caballos como al viento helado que cortaba esas cuchillas, con una letalidad no muy lejana a la de las balas de hace 122 años.

Ya de regreso en la capital nos topamos con una declaración impactante. Fue nada menos que la senadora frenteamplista Blanca Rodríguez, que se lanzó a una diatriba furibunda contra la oposición y los medios, a raíz del ataque de un enfermo mental contra una estudiante de medicina.

La ex conductora de Subrayado dijo que “hay que penalizar los discursos de odio”. “Creemos que no pasa nada, que se puede decir cualquier cosa. No, esos discursos de odio van a parar en algún lugar y siembran odio”. Y propuso “generar a nivel disciplinario y de la currícula una instancia en donde todas las semanas se aborde ese tema”. Lo de Rodríguez es una postura clásica de la izquierda. Que cree que todos los problemas inherentes a la naturaleza humana se resuelven a golpe de normas y de presión cultural. Algo que a lo largo de la historia ha degenerado en cosas espantosas como los Gulags o los UMAP cubanos.

Pero que, sobre todo, ignora que llevamos 20 años de leyes y presiones sociales en materia de violencia contra la mujer, que más allá de destruir principios clave del derecho occidental, han mostrado resultados muy flacos. Pese a lo cual, la respuesta de sus impulsores es siempre acelerar en ese mismo sentido.

Todavía mucho más grave que eso es el ataque a la libertad de expresión. Un discurso, por más que afecte la tierna sensibilidad de una legisladora del MPP, no es violencia. Violencia es cuando te pegan una cuchillada. Y no se puede vivir en una sociedad libre donde se debatan abiertamente los temas delicados, sin el riesgo a ofender o a alienar a alguien. En tanto no se instigue a cometer un delito, la libertad más absoluta de expresión es tal vez el elemento clave que nos ha permitido desarrollar el conocimiento en occidente, hasta límites inimaginables en otras culturas. Además, ¿quién va a ser el encargado de decidir el límite de lo que se puede o no decir en este país? ¿Blanca Rodríguez? ¿Fernando Pereira?

Mientras veíamos a la senadora al borde de las lágrimas declamando esta postura, por algún resorte insidioso de la mente se nos vino el recuerdo de una chica de unos 13 o 14 años que con vestido liviano y rienda firme encabezaba el paso nada menos que de la División Cerro Largo en la marcha por Aparicio Saravia. Definitivamente... ¡qué lejos está Masoller!

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