Jillian LaBranche es doctora en sociología por la Universidad de Minnesota e investigadora postdoctoral en el Instituto Princeton de Estudios Internacionales y Regionales de Estados Unidos. Sus áreas de investigación incluyen la memoria colectiva, la educación, la justicia transicional y la violencia masiva. Fue invitada por la licenciatura en Política, Filosofía y Economía de la Universidad de Montevideo, a través de la Comisión Fulbright Uruguay, para brindar una conferencia sobre la construcción de memoria y reconciliación en Ruanda y Sierra Leona. Además, abordó la conmemoración de los 250 años de la nación estadounidense, tema sobre el que dialogó con El País.
Ante la polarización actual en Estados Unidos, LaBranche cuestiona la narrativa del "excepcionalismo": "Los estadounidenses estamos más cómodos comparando situaciones incómodas en Estados Unidos con otros países, en lugar de mirar hacia adentro y hacia el propio pasado".
—Las crisis de identidad suelen aparecer cuando hay tensión política. En este momento particular, y a 250 años de la fundación de Estados Unidos, ¿qué es ser “estadounidense”? ¿Es una cuestión en disputa, ahora más que nunca?
—Creo que quien es estadounidense siempre ha sido algo en disputa. A nivel superficial, la mayoría de los estadounidenses dirían: “Bueno, si tienes ciudadanía estadounidense”. Entonces hablamos de la idea del nacionalismo cívico: ¿Crees en la ideología política del país, en esos documentos fundacionales, el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Crees en una Constitución? Creo que mucha gente diría que eso es lo que te hace estadounidense. Pero eso pasa por alto una dimensión étnica y racial de lo que significa ser estadounidense, algo que la mayoría de los estadounidenses no quiere reconocer, porque queremos creer en el nacionalismo cívico: la idea de que el país se fundó sobre una creencia o misión compartida, no sobre una herencia compartida. En Estados Unidos tenemos un largo legado de políticas migratorias racializadas. Desde los comienzos del país, siempre hemos estado discutiendo quién pertenece realmente. ¿Los pueblos indígenas pertenecen? ¿Son estadounidenses? ¿A quién dejamos entrar y cómo regulamos la inmigración? Estas son preguntas y políticas profundamente racializadas. Si miras la Constitución, ni siquiera incluía la palabra “mujer”, y definitivamente no consideraba a los negros esclavizados como estadounidenses. Entonces creo que la idea de quién lo es siempre ha estado en movimiento y sigue estándolo. Ahora mismo, bajo la administración de (Donald) Trump, se está cuestionando la ciudadanía por nacimiento. Así que incluso esta idea fundacional de qué significa ser estadounidense está en disputa. O mejor dicho, en proceso de litigio. Estados Unidos está más dividido que nunca en mi memoria reciente. Pero no creo que la pregunta sobre quién es estadounidense sea hoy más relevante o esté más disputada. Siento que es muy visible en este momento, cuando siempre estuvo en disputa, pero quizá un poco menos explícita, menos presente en los medios públicos.
—¿Es cada generación la que define la identidad?
—Sí, creo que sí. Es algo que siempre se está reinventando, en movimiento. Sin querer ponerme demasiado académica, hay un paper muy interesante de (Barry) Schwartz y (Howard) Schuman sobre cómo distintas generaciones recuerdan a Abraham Lincoln. Básicamente, cada generación lo recuerda diferente: algunos como el gran emancipador, otros como “el hombre del sombrero de copa” o simplemente como un presidente. Y lo vinculan a distintas versiones de los libros de historia de Estados Unidos. Distintas generaciones están expuestas a distintas narrativas, pero también a diversos movimientos culturales. Los que vivieron el Movimiento por los Derechos Civiles veían a Abraham Lincoln de otra manera, porque su memoria se usaba en la cultura cotidiana. Entonces, en definitiva, sí; creo que la identidad siempre se está reinventando, porque incluso estas figuras estadounidenses clave son recordadas de forma diferente por cada generación.
—Sus investigaciones muestran cómo la sociedad experimenta la violencia masiva y cómo eso se transmite de generación en generación. En este sentido, ¿cree que alguien tiene el derecho de decidir cómo se cuenta la historia? Por ejemplo, el Estado.
—Actualmente no existe un "derecho a la memoria" como tal, aunque técnicamente hay algo como un derecho a la verdad en documentos de la ONU. Pero eso también plantea preguntas interesantes: ¿De quién es la verdad? Da a entender que hay una sola verdad o una sola historia. Entiendo que surge de la idea de crear un registro histórico de la violencia masiva, y eso es importante. Pero lo que me parece más interesante —y más importante— es que entendamos la historia como algo construido. A menudo decimos que son los "empresarios del conocimiento", aquellos con acceso privilegiado a los canales de comunicación, como las élites del Estado, los que suelen construir esas narrativas. No es que deba ser así o no, es simplemente una realidad social. Pero siempre existen múltiples visiones y perspectivas. Darles a los ciudadanos y a los niños las herramientas para aprender eso, para analizar los diferentes ángulos y preguntarse por qué se construyen ciertas narrativas, quién se beneficia y cuáles son sus intereses materiales e ideales, es la forma de combatirlo. Incluso en regímenes autoritarios, como en mi investigación (sobre el genocidio) en Ruanda, donde hay una narrativa oficial, siempre existen contranarrativas. Los padres y los docentes tienen memorias que difieren. Y aunque quizá no exactamente en Ruanda, existen movimientos sociales con narrativas distintas. Entonces, aunque el Estado sea quien tiene el poder de difundir y construir una historia, múltiples historias y narrativas coexisten. Solo hay que buscarlas un poco más.
—Hablemos sobre el asalto al Capitolio. En su momento, en Estados Unidos, se comparó con crisis institucionales de países del tercer mundo. Usted ha mencionado que ese hecho fue profundamente estadounidense. ¿De qué manera lo fue?
—Esto surgió de un artículo que escribí con Brooke Chambers y Nikoleta Sremac para Inkstick Media. Estábamos muy molestas por la insurrección en el Capitolio. Pero sobre todo nos molestó cómo la prensa lo estaba cubriendo y lo que decían políticos y analistas. Hacían declaraciones ofensivas sobre países del Sur Global. Trump los llamó “pocilgas”. Y nos perturbó profundamente que la narrativa que se estaba instalando fuera que esto no pasa en Estados Unidos, que nuestra democracia es demasiado estable, que estamos por encima de esto. Y nos preguntamos: ¿por qué esta es la narrativa? Llegamos a esta idea del excepcionalismo estadounidense, muy arraigado en la fundación del país: la idea de que Estados Unidos es excepcional porque se fundó en ideales compartidos y no en una herencia compartida, por eso no habría conflictos étnicos o tribales acá. Claramente los hay, pero esa es la idea. Nosotras dijimos: Estados Unidos tiene una larga historia de violencia de Estado, el Sur de las leyes Jim Crow, las patrullas de esclavos, el genocidio de los pueblos indígena. Y esto, de nuevo, relaciona esta idea de un nacionalismo racial más que un nacionalismo cívico. Y también hemos exportado, en cierta forma, esa violencia. Mira Cuba, mira El Salvador. Entonces, la idea que “no hacemos esto” o que “estamos por encima” es simplemente mentira. Pero creo que los estadounidenses la creen, por esta idea del excepcionalismo y de que nuestros documentos fundacionales y nuestra democracia son tan fuertes que la inestabilidad democrática y la violencia política no pueden pasar aquí. Y esto viene de un orgullo nacional: “Somos superiores a esto”. Los estadounidenses estamos más cómodos comparando situaciones incómodas en Estados Unidos con otros países, en lugar de mirar hacia adentro y hacia el propio pasado.
—Con la celebración de los 250 años, veo a la administración Trump decir cosas muy específicas o moldear el relato sobre ser estadounidense. ¿Cree que esto puede calar hondo en la población? El hecho de hablar sobre “verdaderos estadounidenses” versus los inmigrantes, por ejemplo. ¿Los estadounidenses lo creen o ven con cautela ese discurso?
—Emerson College hizo una encuesta recientemente y encontró que el 43% de los encuestados aprobaba la política migratoria de Trump y el 53% la desaprobaba. Es bastante parejo. En cuanto a los estadounidenses, vemos una división real en la política migratoria. No sé si la retórica antiinmigrante de Trump está resonando tanto, pero sí está generando división. Lo que me parece interesante, y que creo que no ha recibido mucha cobertura internacional ni nacional, es la respuesta de la sociedad civil. En Minnesota, la forma en que la sociedad civil se movilizó ante la Operación Metro Surge, las redadas del ICE, fue de una gran magnitud. No se puede subestimar. Las movilizaciones en Minesota contra las operaciones de ICE demuestran que muchos estadounidenses tienen opiniones muy fuertes sobre esto, al punto de protestar con temperaturas bajo cero, salir a la calle y ser muy vocales. Y creo que, aunque personalmente no simpatizo con la retórica antiinmigrante ni con la Operación Metro Surge, estos momentos de crisis —y yo llamaría a esto una crisis nacional— suelen presentar rupturas y oportunidades para reparar el tejido de una sociedad, quizá de forma más igualitaria. Sin comparar lo que pasa en Estados Unidos con Ruanda, hay literatura al respecto. (La profesora) Marie Berry tiene un trabajo que muestra que períodos prolongados de guerra pueden generar cambios democráticos, económicos y culturales que a veces amplían los derechos, por ejemplo, de las mujeres. No es lo que pasa en Estados Unidos, pero creo que podemos extraer algunas lecciones: cuando ocurren estas rupturas reales y ves tanta movilización de la sociedad civil, estadounidenses comunes protestando y uniéndose en las calles, eso crea nuevas oportunidades. Minneapolis hizo un trabajo increíble rechazando la Operación Metro Surge, un modelo que otros estados y comunidades podrían replicar. En definitiva soy bastante optimista sobre este momento, aunque ahora mismo se sienta muy negativo y la retórica sea preocupante. La respuesta a todo esto ha generado mucha esperanza en muchos estadounidenses.
—¿Diría entonces que en un momento como este se puede redefinir la identidad?
—Absolutamente. Sí. Y creo que estas son las cosas que no captaron mucho los medios. El ICE paraba a la gente y la arrestaba, y entonces quedaban sus vehículos al costado de la ruta. Empresas de grúas de Minnesota salían a remolcar esos autos gratis, por ejemplo. Se recaudó una cantidad increíble de dinero para brindar asesoría legal y ayudar a la gente a pagar el alquiler, porque no iban a trabajar por miedo a ser arrestados. Comedores comunitarios, gente donando comida y llevándola a las casas, las escuelas pasaron a la virtualidad para que los niños y sus familias no fueran arrestados camino a la institución. Esa ruptura, esa crisis, generó mucha solidaridad cívica. Eso fue muy interesante y, si se quiere, es una luz de esperanza. Tengo esperanza de que, mientras quizá vamos por un camino de mayor nacionalismo racial, estos momentos de solidaridad cívica traigan más de ese nacionalismo cívico, y que quizá este pueda ser un período de reflexión y reformulación.