La riada sepultó partes enteras de un pueblo del centro de Nepal bajo varios metros de barro, piedras y escombros. En Devighat ahora se camina sobre ellos donde antes había calles y, en algunos tramos, los tejados de las casas quedan prácticamente a la altura de los pies.
Debajo siguen las casas. En algunas, también los muertos. Hay cadáveres todavía aprisionados bajo vigas y escombros que nadie ha podido retirar porque el terreno continúa siendo demasiado inestable y las máquinas pesadas no pueden alcanzar algunos edificios. Por encima, drones atraviesan el cielo transportando cuerpos sujetos a camillas hasta una escuela cercana, convertida ahora en centro para recibir a los muertos recuperados.
Abajo, la vida anterior aparece por fragmentos; una cortina continúa colgada de una vivienda partida frente al río, de otra casa sobresale prácticamente solo el tejado y una motocicleta permanece clavada en el barro. Un hombre ha conseguido sacar de la que fue su casa un televisor cubierto de lodo que difícilmente volverá a funcionar.
La devastación de esta localidad forma parte de una catástrofe cuya dimensión Nepal todavía intenta establecer. Cinco días después de las riadas, el Gobierno cifra en 903 los cuerpos recuperados y en alrededor de 4.200 las personas.
En Devighat, las cifras todavía no alcanzan a contar lo que sigue dentro de las casas. Hay cuerpos que nadie ha podido levantar. En algunos edificios basta acercarse para que el olor a descomposición se haga más intenso; en otros, los muertos pueden verse desde fuera.
Nadie en el pueblo puede decir cuántos cuerpos permanecen todavía dentro de las viviendas. Algunos son visibles entre los restos, otros solo se intuyen por el olor que se vuelve más intenso al acercarse a determinadas casas y hay edificios a los que todavía resulta imposible entrar.
Para entender cuánto subió el agua hay que subir. En uno de los edificios de Devighat todavía queda barro en la cuarta planta, adherido al suelo y las paredes.
Allí vivía una pareja de ancianos que sobrevivió por una circunstancia completamente ordinaria en mitad de la catástrofe, ella estaba ingresada en un hospital de Bhaktapur y su marido había ido a acompañarla. Su hijo estaba en el extranjero.
Cinco días después, familiares y vecinos entran en lo que queda de la vivienda para sacar colchones, ropa, una bombona de gas y la de oxígeno que utilizaba la mujer. Desde allí también pueden verse cuerpos.
Las excavadoras no han podido llegar hasta ellos porque la capa de barro y escombros sobre la que ahora se camina sigue siendo demasiado inestable para la maquinaria pesada. El olor a descomposición acompaña el recorrido incluso donde los cadáveres no pueden verse. EFE