La llegada de la Semana Santa reactiva cada año una de las tradiciones más arraigadas y visibles en la sociedad occidental: la abstinencia de comer carne vacuna o aviar, especialmente durante el Viernes Santo. Esta práctica posee un trasfondo teológico que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia Católica y que está regulado por el Derecho Canónico.
El precepto no responde a una simple prohibición dietética, sino a un acto de penitencia, reflexión y respeto que busca conmemorar la pasión y muerte de Jesucristo. A lo largo de la historia, la Iglesia ha establecido el ayuno y la abstinencia como herramientas de purificación espiritual, marcando días específicos del calendario litúrgico donde el despojo material intenta conectar al fiel con el sacrificio religioso, una práctica que en Uruguay mantiene su vigencia cultural incluso más allá de las creencias individuales.
El origen histórico del ayuno y la abstinencia en la Iglesia
El Código de Derecho Canónico establece que todos los viernes del año, y de manera especial el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, son días de penitencia en toda la Iglesia universal. La tradición de no comer carne roja se fundamenta en que estos alimentos siempre estuvieron asociados a los banquetes, la celebración y la abundancia, elementos que contrastan con el espíritu de duelo y recogimiento que exige el recuerdo de la muerte de Jesús.
Originalmente, las restricciones eran mucho más severas y abarcaban otros productos de origen animal, pero las sucesivas reformas eclesiásticas fueron flexibilizando las normas hasta concentrarlas principalmente en el Viernes Santo. La elección del pescado como alternativa responde a que históricamente era considerado un alimento humilde y accesible para las poblaciones costeras, cumpliendo así con el ideal de austeridad que la Iglesia buscaba promover entre sus fieles durante los días a guardar.
Qué dice el Derecho Canónico sobre el Viernes Santo
La normativa eclesiástica actual diferencia claramente entre el ayuno y la abstinencia. La ley de la abstinencia prohíbe el consumo de carne a todos los fieles que hayan cumplido los 14 años, mientras que la ley del ayuno —que implica realizar una sola comida fuerte al día— obliga a todos los mayores de edad hasta que hayan cumplido los 59 años. Ambas prácticas se conjugan de manera obligatoria durante el Viernes Santo.
No obstante, la Iglesia también contempla excepciones notables para aquellos que por razones de salud, trabajo pesado o recursos económicos no puedan cumplir con la norma sin afectar su bienestar. El propósito final, según recuerdan las autoridades eclesiásticas, no es el estricto cumplimiento de un menú específico, sino la actitud de recogimiento, la caridad y la capacidad de prescindir de lo accesorio en una de las fechas más solemnes del calendario cristiano.