DURANTE LA PANDEMIA

Estudio de Facultad de Psicología muestra “niveles altos y preocupantes” de depresión

El 37,78% de quienes participaron del estudio de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República han manifestado depresión.

Profesional de la salud, médico, enfermero. Foto: EFE
“La salud mental es un agujero negro y no se le da el énfasis que merece”, dice psicólogo. Foto: EFE

"Sí, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo. Por eso hoy todo el mundo parece cansado, porque todos se encuentran un poco pestíferos”. La pandemia de COVID-19 hizo de la novela La Peste, de Albert Camus, un fenómeno editorial -o un espejo en forma de libro- más de 70 años después de su primera publicación. Pero, sobre todo, demostró que, a veces, ficción y realidad se asemejan demasiado.

Camus relataba cómo la epidemia, la peste, dejaba al descubierto la psicología humana… los miedos, las ansiedades y las angustias. Y un estudio de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República acaba de evidenciar que, en la pandemia en curso, la salud mental, en este caso de los uruguayos, “se ha deteriorado”: afloró la depresión y la ideación suicida.

El 37,78% de quienes participaron del estudio han manifestado depresión. De hecho, el 7,1% ha padecido depresión grave. Y si bien a la cifra “hay que tomarla con pinzas” porque la muestra no fue estadísticamente representativa -se trató de una investigación de correlación entre COVID-19 y el estado de salud mental de más de 1.000 uruguayos que quisieron completar el formulario online-, es “una pista de que ese malestar es muy alto”.

Así lo entiende Hugo Selma, profesor adjunto de Psicología Clínica y uno de los líderes del proyecto de investigación. La Organización Mundial de la Salud estima que el 4,4% de la población padece depresión. De ahí que, según el autor, “en Uruguay estamos ante un problema grave”.

Tan grave que los propios investigadores se vieron sorprendidos. Sucede que ellos ya manejaban la hipótesis de que el problema podría ser serio “en un país de alto consumo de psicofármacos y con más de 700 muertes al año por suicidio”. Pero los resultados demostraron que “hay una población que ya estaba vulnerable y que, en el contexto del COVID-19, se agravó y se hizo más evidente”.

No se trata de un bajón pasajero, del cansancio de un día por haber dormido mal o un simple sentimiento de tristeza. “Eso no significa, técnicamente una depresión y, por tanto, no es un asunto clínico”, explica Selma. Consta de “síntomas que hacen perder la calidad de vida, que a veces son predictores del suicidio y que se han visto agravados en aquellos que siguieron un aislamiento más severo”.

Un ejemplo: a las más de 1.056 personas que participaron del estudio se les preguntaba, en un momento, sobre los pensamientos o deseos de suicidio. Hubo un 13,57% que admitió tener pensamientos suicidas, pero no los llevaría a cabo (eso que los psicólogos calificaron como “riesgo moderado”). Pero hubo casi 1% que reconoció que le “gustaría suicidarse” o que lo haría “si tuviese la oportunidad”.

Indicadores de depresión y suicidio

Más allá de que ese 1% les implicó a los investigadores el desarrollo de estrategias de contención y derivación a consultas con psiquiatras y otros psicólogos (como indica el protocolo ético en este tipo de pesquisas), “que haya un 1% con riesgo alto de suicidio es una cifra que nos debería interpelar”.

En la balanza.

En las tres perillas con las que el presidente Luis Lacalle Pou manejaba la marcha de COVID-19 en Uruguay, la salud mental podría ser parte del factor social. De hecho, el psiquiatra Ricardo Bernardi es uno de los integrantes del grupo de científicos que asesora a Presidencia.

Pero Selma admite que “la salud mental, en general, es un agujero negro y no se le da el énfasis que merece”. Según el psicólogo, “se ha paralizado un país por 33 muertes (y probablemente muchas más que se evitaron), pero por año mueren más de 700 por suicidio y el dato nos pasa desapercibido”.

El psiquiatra Bernardi ha insistido en el concepto de sindemia, un neologismo entre las palabras sinergia y epidemia. Según el integrante de la Academia Nacional de Medicina, hay investigadores que explican cómo los impactos de COVID-19 se va dando en olas. El virus en sí, las muertes y la pérdida de un familiar es una primera ola de afectación. Le sigue una segunda del miedo a la recesión y el impacto económico. Una tercera ola que involucra a la postergación de proyectos o incluso de consultas médicas que no fueran de urgencia. Y todo esto, dice Bernardi, va sedimentando para una cuarta ola que es la repercusión mental.

Tras cuarentenas estrictas (en otros países y por otras motivaciones que no eran COVID-19) “se ha visto que algunos síntomas de afectación a la salud mental se evidencian habiendo pasado hasta tres años”, explica el psicólogo Selma. Por eso insiste en el “justo equilibrio entre el costo y el beneficio”.

¿Qué significa? “Las medidas de aislamiento han permitido la baja de contagios y muertes. Eso es bueno. Pero ese aislamiento, a la vez, tiene un precio. ¿Cuánto cuestan las vidas perdidas por suicidios o el agravamiento de la violencia doméstica? Todos los aspectos deberían entrar en la balanza”.

En este sentido, los técnicos han destacado la apertura y refuerzo de atención de líneas de apoyo emocional (como el 0800-1920). Pero, pide Selma, que “ni la población ni los profesionales de la salud dejen de considerar el fenómeno… la mayoría de la gente empeoró con COVID-19”.

Eso no significa, concluye, que la gente “tenga que dejar de informarse de lo que sucede o que todo está mal, sino que es saber balancear, saber escuchar, saber pedir ayuda y, sobre todo, saber visibilizar”.

Por ayuda: llame a la línea gratuita de apoyo emocional frente a la pandemia: 0800-1920.

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