-¿Cómo ve el debate sobre la salud mental a nivel institucional y cultural?
-Es uno de los temas netamente centrales del siglo XXI. No quiere decir que antes no estuviera presente. La salud mental es un tema que incluye muchas cosas muy distintas. Si bien no soy experto, sino más bien un promotor de derechos humanos, uno se va a veces especializando a medida que trabaja mucho con algún tema. En salud mental, creo que ha habido una gran revolución en los últimos años. Cuando Uruguay se preparó para construir el Hospital Vilardebó, la idea fue hacer un hospital que fuera de referencia en América Latina. Hoy sabemos que no es adecuado para este tiempo. La idea de la institución total tiene problemas: la frialdad, la falta de relaciones interpersonales, la masividad y la anomia. Así como la dificultad de que la persona sienta que el lugar es suyo, de tener artículos propios y de no sentirse observado. Hoy en día la ley de salud mental plantea una enorme transformación que es difícil para el país: pasar de este tipo de estructuras a una dirección que apunte a la comunidad, además de la meta de cerrar las instituciones asilares.
-Esos problemas motivan esta transformación.
-Estas instituciones eran mecanismos ortopédicos que en su momento se concibieron como la solución. Primero, de salud mental se habla mucho más, con naturalidad, con mucha menos vergüenza de tener una depresión, de estar mal o de tener una adicción. Resolver un problema requiere verlo, y para verlo muchas veces hay que hablarlo, y hablarlo a veces es parte de la solución. Probablemente lo que está faltando es un organismo rector de la transformación porque esto va a requerir una transferencia de recursos muy grande a otro tipo de instituciones. Ya no alcanza con instituciones asilares y tampoco con tener un modelo. Hay que pensar en instituciones a medida. Cuando falla la crianza en el medio natural de la persona, en el medio familiar y, cuando ocurre alguna de esas fisuras en los derechos de la persona, en su dignidad, aparecen las instituciones que van a sostener a esa persona. Ahora lo que se trata es que esos mecanismos sean integrados a la comunidad, atendiendo a que lo que te salva, cura y te hace humano son los demás. Un niño que al nacer no tiene cariño, no va a desarrollar realmente el cerebro como debe. Las instituciones totales son muy malas para eso.
-¿Y el Estado uruguayo qué postura debe tomar?
-Al Estado le cuesta mucho, por eso la transformación en salud mental requiere una constelación, como dice la ley, de instituciones diferentes ancladas en la comunidad. Y requiere que el Estado se niegue a sí mismo y diga “no lo puedo hacer todo con mis instituciones”. Tengo que abrir el juego, llamar a concurso, convocar, formar gente e instituciones, derivar personas, definir indicadores, hacer evaluaciones, ver qué es lo que funciona y qué es lo que no funciona, aplicar controles e inspecciones, premiar e impulsar a lo que funciona mejor. Todo eso requiere una nueva institucionalidad, que creo que es lo que está todavía faltando.
-¿El sistema político está preparado para asumir este límite?
-El sistema político en Uruguay, por suerte, es muy permeable y muy accesible. No es una casta cerrada. Tienen mucho diálogo con la academia, la sociedad civil, las instituciones, las empresas, los sindicatos y las organizaciones. Entonces, a la hora de pensar estas cosas, es un sistema que creo que se va a ir adaptando a estas novedades. El tema son los tiempos y que cada uno juegue su rol.
-La salud mental como tema se amplió, pasando de solo problemas psicológicos y trastornos mentales a cuestiones más difíciles de encarar como la depresión y cuestiones emocionales. ¿Significa un techo desde la gestión pública?
-Siempre hay cosas que son muy difíciles de resolver y las demandas humanas no tienen fin. La declaración universal de derechos humanos probablemente se va a quedar chica dentro de 50 años, pero tampoco tiene fin el avance institucional en las respuestas. El avance viene por el lado de crear institucionalidad y redes de protección. Ni los problemas ni las soluciones tienen techo. En muchas de estas cosas hay algunos pilares que siguen siendo los básicos: la crianza en los primeros años de vida, un marco afectivo seguro, crianza con apego, sin estrés, sin violencia, sin rupturas, sin adversidades.
-Muchas veces la discusión suele partir de la tasa de suicidios en el país. ¿Eso reduce un poco el problema o el debate que se debería tener?
-Es una expresión, pero el tema segmental es mucho más amplio. Lo hemos incorporado de a poco a la salud general e integral, y creo que hoy en día nadie puede sentirse ajeno al tema. Nadie puede decir que esto es un tema de otros, algo que le pasa a otros. Todos tenemos distintos tipos de afectación en nuestros estados anímicos, percepciones, afectividad, en los picos de violencia que podemos tener y en cómo resolvemos nuestras frustraciones. Creo que estamos en un proceso de sanación que nos va a llevar mucho tiempo. También los derechos humanos son justamente atender el dolor humano, la agonía de lo que falta, el horror, lo que no está y llenarlo con otro tipo de cosas. El camino es ese: la construcción colectiva en el marco de la democracia. Lo que cuesta a veces tener presente es que estamos todos participando en una obra colectiva, todos construyendo el mismo edificio. No es que hay uno que construye un edificio y otros que lo miramos de afuera.
-El intento de femicidio en la Facultad de Medicina de la Udelar puso de nuevo en debate la tensión entre el fenómeno sociocultural y las circunstancias personales del agresor. ¿Cómo debe entenderse este tipo de hechos violentos?
-La naturaleza humana es agotadora porque las distintas formas de dolor humano sacuden y la respuesta del enfoque es: cómo hacer para atenuar el dolor de los que sufren de algo que les impide desarrollarse plenamente. Por eso, vienen a cuento los derechos humanos, pues tienen que ver con el bienestar. La pregunta es qué hacer frente a esas situaciones. Yo apuntaría a que el desafío es enriquecer la convivencia y las relaciones entre las personas, con la mayor cantidad de elementos posibles. Y me refiero a hacerlo en el patio de un liceo, en la universidad, en un barrio, en una institución, en la calle, en el estadio. La naturaleza humana está llena de sorpresas y de oscuridades, y lamentablemente no las podemos prevenir todas de manera lineal y matemática. Pero cuanto más rica es la convivencia, cuanto más fuertes son las redes de protección y más rico es el relacionamiento entre las personas, más vamos a hacer por evitar y prevenir la violencia, o que los conflictos o las desavenencias se canalicen de otra manera, no a través de la agresión a otro ser humano. Hablar de derechos humanos incluye a los deberes humanos. La propia declaración universal establece dos veces la obligación de comportarse fraternalmente con los demás en la comunidad, porque las personas tienen una responsabilidad con la comunidad. No es solamente el Estado el que tiene que resolverlo todo. Aun así, por supuesto que el Estado es el principal obligado y se compromete ante la comunidad de sus congéneres, los demás estados, a llevar adelante una política de respeto a los derechos humanos.
-No vale decir que uno no tiene nada que ver.
-Decir que uno no tiene que ver y que esto es de otros está en las antípodas de la cultura de derechos humanos, por eso son universales. A mí me afecta que haya presos políticos en un país, que no haya elecciones en otro, que haya pobreza o desigualdad extrema en un país. El marco de los derechos humanos es el ideal común. Esa es la visión de cómo podemos entre todos construir ese edificio colectivo. El que está mirando de alguna manera está haciendo desde la omisión.
-¿Es necesario un comisionado parlamentario para la infancia?
-De la propuesta que hay en el Parlamento, creemos que puede haber un camino del medio, en el sentido de que se cree un comisionado para la infancia, pero en un ámbito vinculado a la Inddhh. Se puede fortalecer el área de infancia. Una forma es crear un comisionado. También puede ser fortalecer el presupuesto de los equipos de infancia dentro de la institución. Además, si hay dos organismos parlamentarios con la misma competencia, vamos a correr el riesgo de tener pronunciamientos contradictorios porque esto no es matemática. Debe haber una misma voz y para eso precisás algo articulado, si no, va a ser caótico.