Terminó el Mundial 2026 y ya discutimos si fue el mejor de la historia. Mientras tanto, en Zúrich, alguien cerró los libros de un ciclo que va a durar más que cualquier campeón: cerca de US$ 13.000 millones de ingresos para la FIFA, unos US$ 8.900 millones solamente por el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Una asociación sin fines de lucro que, cada cuatro años, convierte un mes de fútbol en una máquina de facturar.
El modelo es simple de contar y casi imposible de copiar. La FIFA vende derechos de transmisión, patrocinios, licencias y hospitalidad. Los países sede pagan los estadios, la seguridad, la infraestructura. Los contribuyentes financian el partido; la FIFA cobra la emoción.
Ahí está el activo real, y no es la pelota: es la marca, es decidir quién puede usar qué logo, qué palabra, en qué producto. Cuando alguien controla las reglas del juego simbólico, el precio deja de ser una cuenta y pasa a ser una decisión política, desde el paquete de streaming hasta la reventa «oficial» con comisión incluida.
La otra pieza es el riesgo. La FIFA arma una cartera global de derechos y la reparte entre transmisiones, patrocinadores y licencias; los países anfitriones concentran la exposición financiera y reputacional. Si el Mundial sale bien, el mérito se comparte. Si sale mal, la FIFA guarda sus reservas y a esos países les quedan los estadios vacíos.
¿Qué tiene que ver esto con una pyme uruguaya que jamás va a vender un derecho de transmisión? Más de lo que parece, si se mira el mecanismo y no la escala.
Durante el Mundial, una distribuidora de bebidas de Montevideo no gastó un peso en publicidad oficial, ni podía ni quería pelearse con la propiedad intelectual de la FIFA. En cambio, mapeó el trayecto real de sus clientes bareros: el partido no era el negocio, era la previa, el hielo que faltaba a las seis de la tarde, la reposición urgente en el entretiempo. Ganó el partido logístico mientras las marcas grandes competían por el auspicio.
Ahí aparece la primera lección: diseñar el ecosistema completo del cliente, no solo el producto. En el Mundial la plata está en el viaje, la comida, el contenido; en una pyme está en los momentos que nadie más está mirando.
La segunda lección es tratar la marca, la confianza y los datos como el activo real, no como el adorno del producto. La FIFA no fabrica nada: fabrica confianza y la vende envuelta en escasez oficial. Una pyme no necesita esa escala para copiar la lógica. Cada dato bien usado, cada reclamo bien resuelto, construye algo que ninguna multinacional puede replicar de un día para otro: la razón por la que un cliente vuelve sin que se lo pidan. Eso no se factura una vez. Se cobra durante años.
La tercera es negociar la asimetría en lugar de resignarse a ella. Siempre va a haber un jugador más grande. La FIFA demuestra que quien escribe las reglas capta valor aunque no ponga el capital; la pyme que sabe decir que no, repartir el riesgo y elegir bien sus alianzas juega ese partido, no el de espectador.
Mientras muchas empresas uruguayas vivieron el Mundial pegadas a la Celeste y a sus auspiciantes, la FIFA cerró otro ciclo récord. La pregunta que queda no es cómo subirse a la próxima ola. Es qué reglas está dispuesta a escribir la pyme para que la ola le deje algo más que una buena anécdota.
Alan Cohn
Consultor de pymes