Para muchas pymes, el desafío no es «ser disruptivas», sino distinguir si el mercado les está pidiendo novedad o mejor ejecución sobre algo que ya funciona. Ahí empieza una discusión más seria.
En negocios, innovar se volvió un verbo necesario. Y por eso muchas empresas arrancan por donde no corresponde: discuten cómo innovar antes de definir si les conviene hacerlo. La pregunta importante no es cómo crear algo nuevo. Es otra: ¿hoy a esta empresa le sirve más abrir camino o avanzar más rápido imitando bien lo que ya funciona?
Los profesores de estrategia Felipe Csaszar, Rebecca Karp y Maria Roche lo plantean en un artículo publicado en Harvard Business Review en 2025. Antes de elegir entre innovación e imitación, una empresa tiene que ubicarse con honestidad en dos ejes: la etapa en la que está su sector y su posición relativa frente a los competidores. Según esa combinación, innovar puede ser una gran decisión o una distracción cara. En sectores nacientes, donde todavía hay mucho terreno sin recorrer, innovar suele abrir ventaja. En mercados maduros, en cambio, plantean que el salto no está en inventar algo radicalmente nuevo, sino en adaptar con criterio prácticas o formas de competir que otros ya validaron.
El matiz más útil del artículo está en la idea de «radio de imitación». En industrias maduras, no conviene copiar al líder lejano sino a competidores cercanos y mejores. La razón es concreta: cuando la distancia en capacidades, recursos, marca o modelo de negocios es grande, lo que se copia suele ser apenas la parte visible. Se replica la forma, pero no el sistema que la sostiene -la combinación de sus recursos para formar capacidades-. Por eso la imitación inteligente no consiste en mirar al más famoso, sino al más alcanzable. El artículo muestra que las automotrices coreanas lograron acercarse a las japonesas, mientras Lada intentó imitar a fabricantes estadounidenses y alemanes demasiado lejanos para su punto de partida y no obtuvo el mismo resultado.
Esa lógica tiene una bajada clara para Uruguay. A muchas pymes las seduce la idea de «hacer algo disruptivo» cuando todavía no resolvieron del todo lo básico: una propuesta de valor clara, procesos consistentes, rentabilidad sana y una experiencia del cliente que no dependa del dueño. En ese contexto, innovar puede sonar ambicioso, pero agrega complejidad antes que ventaja. La alternativa más sensata suele ser menos vistosa y más rentable: mirar quién está jugando mejor un partido parecido, entender por qué le funciona y adaptar esa lógica sin copiar a ciegas.
Y además hay una realidad local que no conviene esquivar: innovar no es solo querer, es poder sostenerlo. En Uruguay, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) informó que la inversión en investigación y desarrollo (I+D) en 2023 fue de 0,71% del Producto Interno Bruto (PIB) y que el sector privado no estuvo al frente de ese impulso, un dato que muestra que, sin recursos suficientes, la innovación puede sonar bien, pero cuesta mucho que se transforme en capacidad real.
La evidencia acompaña esa idea. Un meta-análisis publicado en el Journal of Business Research en 2021, que reunió 34 estudios con 5.488 observaciones de pymes, comparó tres caminos: explorar oportunidades nuevas, explotar mejor lo que la empresa ya sabe hacer y tratar de hacer ambas cosas a la vez. El hallazgo es incómodo: las tres rutas pueden asociarse a mejor desempeño, pero en pymes fue más efectivo explotar mejor lo que la empresa ya sabía hacer que intentar las dos al mismo tiempo. Dicho sin vueltas: cuando la caja y el tiempo no sobran, suele rendir más hacer muy bien una capacidad probada que dispersarse queriendo inventar en todo.
Antes de repetir que toda empresa tiene que innovar, conviene hacerse una pregunta más útil: ¿mi mercado me está pidiendo algo nuevo o me está pidiendo que haga mejor algo que otros ya demostraron que funciona?
Mentor de pymes