Estamos en el año 2035. Tú, como la mayoría de las personas que conoces, tienes un pequeño dispositivo del tamaño de un botón implantado en el antebrazo. Por una cuota recurrente, este dispositivo monitorea continuamente tu presión arterial, temperatura corporal, actividad cardiovascular y otros parámetros de salud importantes. Cualquier anomalía se alerta de inmediato a tu médico mediante un sistema de inteligencia artificial (IA) personalizado. De esta forma, las enfermedades se detectan y se tratan lo antes posible.
Este es el futuro de optimización de la salud que la industria mundial de wearables (dispositivos vestibles), valorada en US$ 44.000 millones, está materializando rápidamente, a medida que una amplia gama de relojes, anillos y pulseras inteligentes ofrecen nuevas formas de hacer seguimiento de los datos de salud y estado físico.
Desde el lanzamiento del innovador Fitbit Tracker en 2009, el interés de los consumidores ha impulsado el sector. Pero lo que ha captado la atención de las firmas de capital riesgo y algunas de las empresas más grandes del mundo, incluidas Apple, Samsung y Google (que pagó US$ 2.100 millones por Fitbit en 2021), es una visión que podría ser aún más rentable.
«El objetivo final es formar parte del ecosistema médico», aseguró Jitesh Ubrani, analista del sector en IDC, una empresa de investigación tecnológica. «Es un mercado muy lucrativo si todos los hospitales y médicos recomiendan uno de estos dispositivos».
Ese plan a largo plazo también explica en parte la tensa situación: Oura, el fabricante de anillos inteligentes que recientemente solicitó de forma confidencial su salida a bolsa, ha demandado a siete competidores por infracción de patentes. Ganó tres casos ellos y tiene cuatro pendientes. El Apple Watch, que vende más dispositivos en un trimestre (unos 8 millones) que los que Oura ha vendido jamás, también está involucrado en al menos dos demandas por la misma causa.
En medio de la feroz competencia, las empresas han dado pasos hacia la integración con hospitales y prestadores de salud. Apple se ha asociado con el gigante de datos sanitarios Epic Systems. Oura se alió con Dexcom, fabricante de monitores continuos de glucosa, que invirtió US$ 75 millones en el fabricante de anillos finlandés-estadounidense en 2024. (En lugar de «dispositivo vestible de fitness», el CEO de Oura, Tom Hale, prefiere describir su producto como «una plataforma de inteligencia sanitaria»).
En mayo, Google presentó Google Health, una app que combina datos de Fitbit, de aplicaciones de terceros y el historial médico del usuario, con el objetivo de «ser la única plataforma para gestionar todos tus datos de salud», afirmó el jefe de producto de Fitbit, Andy Abramson.
El año pasado, Samsung, fabricante de anillos y relojes inteligentes, adquirió Xealth, una plataforma que conecta los datos de salud de los consumidores con los sistemas hospitalarios.
La transacción ayudaría a transformar a Samsung «en una plataforma de atención médica conectada», según declaró la compañía en un comunicado.
La visión
A medida que los wearables se integran cada vez más en el sistema sanitario, el análisis de todos esos datos requerirá una sofisticada asistencia de IA, según los expertos. Este avance conlleva también importantes preocupaciones sobre la privacidad de los datos que deben abordarse.
Pero las ventajas son innegables. Además de detectar enfermedades mucho antes de lo que es posible actualmente, un sistema de salud mejorado con dispositivos vestibles podría potenciar enormemente la telemedicina. Las pruebas de diagnóstico que antes requerían una visita al hospital serían innecesarias: los datos necesarios -que son muchísimos- ya se habrían transmitido al médico a través del wearable.
«Se podría atender a cualquier paciente en cualquier momento y en cualquier lugar del mundo», afirmó el Dr. Andrew Jagim, director de investigación en medicina deportiva del Mayo Clinic Health System, quien estudia la precisión de los dispositivos vestibles.
Muchos caminos
A medida que las marcas se integran con el sector sanitario, construyen su base de clientes de diversas maneras. Whoop, una pulsera de suscripción que cuesta hasta US$ 359 al año, atrae a un consumidor más adinerado interesado en el fitness (sus pulseras suelen usarse junto con relojes caros o carteras de lujo, señala Ubrani). Pero la marca también se ha ganado la fidelidad de muchos atletas que valoran sus puntuaciones de recuperación y esfuerzo, que traducen la variabilidad de la frecuencia cardíaca y los datos de sueño en un indicador diario de preparación física.
Según explicó Jagim, Apple Watch y Fitbit, que ofrecen a los usuarios métricas de salud menos detalladas, suelen atraer a un público más generalista interesado en el bienestar. En cambio, los relojes inteligentes Garmin, con funciones GPS avanzadas e incluso altímetros en algunos modelos, son atractivos para los atletas de élite (la compañía lanzó recientemente una pulsera inteligente sin pantalla). Oura, cuya última versión es tan delgada como un anillo normal, ha aprovechado su popularidad entre las mujeres promocionando funciones que predicen los ciclos menstruales y los períodos de ovulación.
Los dispositivos vestibles también se están volviendo más proactivos. En lugar de limitarse a registrar datos de salud y actividad física, ahora ofrecen recomendaciones sobre cómo utilizarlos: cuándo y cómo hacer ejercicio; cuándo dormir y cuánto comer. Aquí es donde marcas consolidadas como Apple y Google, que pueden obtener información de otros productos de su ecosistema, podrían tener ventaja, evaluó Ben Arnold, analista del sector en Circana, empresa de investigación de mercado que analiza el comportamiento de compra de los consumidores.
El juego a largo plazo
La plena integración del sistema sanitario aún está en fase inicial.
«El sector médico avanza muy despacio y es muy burocrático», señaló Ubrani. «Hay obstáculos importantes que superar».
El año pasado, Whoop se topó con un obstáculo de este tipo. Tras lanzar una función que estimaba la presión arterial diaria de los usuarios, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) declaró al dispositivo médico como no aprobado. Whoop se negó públicamente a retirar la polémica función, argumentando que la pulsera inteligente no constituía un dispositivo médico.
«Está diseñada para ayudarte a comprender cómo responde tu cuerpo a la vida diaria, no para diagnosticar ni tratar ninguna afección», declaró la compañía.
En junio, la FDA dio marcha atrás tras emitir una nueva guía que eximía las mediciones de presión arterial para el bienestar de la regulación de dispositivos médicos, una victoria para Whoop así como para el sector de dispositivos vestibles en general.
En una publicación de LinkedIn, el CEO de Whoop, Will Ahmed, celebró el logro con una mirada hacia el futuro. «Sentimos un profundo respeto por el papel de la agencia a la hora de garantizar que los dispositivos médicos sean seguros y eficaces», escribió el empresario. «Esperamos seguir colaborando con la FDA a medida que Whoop lance al mercado más tecnologías médicas reguladas».
Sistemas cada vez más fiables
Más allá de la salud, los dispositivos vestibles incorporan cada vez más funciones que los convierten en llaves. El Apple Watch, por ejemplo, permite desbloquear la laptop Mac automáticamente al estar cerca. En el futuro, los wearables podrían usar la forma de caminar, la frecuencia cardíaca u otros datos biométricos para iniciar sesión en sistemas, otorgar acceso a edificios o autorizar compras en línea.
Pero es en el sector sanitario donde está el verdadero negocio.
Según los expertos, esta tecnología ya es lo suficientemente fiable para su uso en algunos contextos médicos. Sin importar su forma, los dispositivos dependen de un pequeño conjunto de sensores (detectores ópticos, acelerómetros, termistores) que registran el flujo sanguíneo, el movimiento y la temperatura de la piel. En base a los datos generados, los algoritmos integrados deducen señales fisiológicas como la frecuencia cardíaca, las fases del sueño y la saturación de oxígeno en sangre.
Con el tiempo, su precisión ha mejorado notablemente, dijo Jagim, especialmente en el monitoreo del tiempo dedicado al sueño profundo (o REM) en comparación con el sueño ligero. Hace una década, Jagim habría descartado por completo esos datos. Ahora ya no.
Brent Crane
The New York Times