La presión arterial es uno de esos parámetros que pueden cambiar a lo largo del día sin que la persona lo advierta. Una situación de estrés, el ejercicio, el dolor, la falta de descanso o incluso haber tomado café pueden modificarla de manera transitoria. Sin embargo, cuando los valores permanecen elevados, dejan de ser una variación aislada y pueden convertirse en un factor de riesgo para la salud cardiovascular.
La hipertensión arterial suele avanzar sin síntomas y, por eso, la única manera de detectarla es medir la presión con regularidad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera hipertensión en adultos a una presión sistólica de 140 mmHg o más y/o una diastólica de 90 mmHg o más, confirmada en mediciones realizadas en dos días diferentes.
Pero no todos los valores por debajo de 140/90 son necesariamente ideales. Las recomendaciones internacionales más recientes ponen el foco también en cifras que, aunque todavía no constituyan hipertensión, ya se asocian con un mayor riesgo cardiovascular.
Los valores que conviene conocer
La presión arterial se expresa con dos números. El primero corresponde a la presión sistólica, es decir, la que se produce cuando el corazón se contrae; el segundo es la presión diastólica, registrada cuando el corazón se relaja entre latidos.
Según la guía 2025 de la American Heart Association (AHA) y el American College of Cardiology (ACC), la clasificación para adultos es:
- Normal: menos de 120/80 mmHg.
- Presión elevada: sistólica entre 120 y 129 mmHg y diastólica menor de 80.
- Hipertensión etapa 1: sistólica de 130 a 139 mmHg o diastólica de 80 a 89.
- Hipertensión etapa 2: sistólica de 140 mmHg o más o diastólica de 90 mmHg o más.
Las guías europeas de 2024 utilizan una clasificación diferente: mantienen el diagnóstico de hipertensión a partir de 140/90, pero incorporan la categoría de presión arterial elevada, que comprende valores de 120-139 mmHg de sistólica o 70-89 mmHg de diastólica.
La diferencia entre ambas recomendaciones no significa que una cifra sea segura según una guía y peligrosa según la otra. Refleja que el riesgo cardiovascular aumenta progresivamente a medida que sube la presión, sin que exista una frontera absoluta entre valores saludables y perjudiciales.
¿Desde cuándo hay que consultar?
Una medición aislada por encima de lo habitual no alcanza para diagnosticar hipertensión. La AHA señala que una lectura elevada debe repetirse y registrarse, porque una sola medición representa apenas una fotografía de lo que está ocurriendo en ese momento. El diagnóstico y la decisión de tratar dependen del promedio de varias mediciones y del riesgo cardiovascular general.
Por eso, una persona que obtiene repetidamente 130/80 o más debería comentarlo con su médico, aunque todavía no llegue a 140/90. La necesidad de tratamiento dependerá de factores como antecedentes cardiovasculares, diabetes, enfermedad renal y riesgo cardiovascular global. La guía estadounidense de 2025 recomienda tratamiento farmacológico a partir de 130/80 en determinados grupos de mayor riesgo, mientras que para otros adultos puede indicarse inicialmente un período de cambios de hábitos y seguimiento.
A partir de 140/90 mmHg de manera persistente, la situación requiere una evaluación médica porque se encuentra en el rango de hipertensión según la OMS y las guías europeas.
Y cuando la presión alcanza 160/100 mmHg o más, la preocupación es mayor y no conviene postergar la consulta. La OMS señala que, cuando esos valores se confirman, puede ser necesario iniciar tratamiento farmacológico sin esperar a períodos prolongados de cambios de hábitos.
El límite que requiere atención inmediata
Existe una diferencia importante entre tener hipertensión y atravesar una situación de presión arterial extremadamente elevada.
Cuando la presión alcanza o supera 180/120 mmHg, se considera una elevación severa. Si al repetir la medición continúa en ese nivel, se necesita atención médica inmediata.
La urgencia es todavía mayor si aparecen síntomas como dolor o presión en el pecho, dificultad para respirar, debilidad o adormecimiento, alteraciones de la visión, dificultad para hablar, confusión o dolor de cabeza intenso. En ese contexto puede existir daño agudo de órganos y se trata de una emergencia médica.
La clave es no esperar a que aparezcan síntomas para controlar la presión: muchas personas con hipertensión se sienten perfectamente bien.
Cómo medirla correctamente
Para que una medición sea útil, es importante evitar errores que pueden elevar artificialmente el resultado. La AHA recomienda descansar en silencio durante al menos cinco minutos antes de tomarla, permanecer sentado y realizar dos mediciones separadas por aproximadamente un minuto. También aconseja registrar los resultados.
El objetivo tampoco debe ser bajar la presión a cualquier precio. La guía estadounidense de 2025 establece como objetivo general de tratamiento menos de 130/80 mmHg, aunque la intensidad debe individualizarse según la edad, las enfermedades asociadas, el riesgo cardiovascular y la tolerancia al tratamiento.
En Europa, las recomendaciones de 2024 proponen para la mayoría de los adultos tratados un objetivo de presión sistólica de 120 a 129 mmHg, siempre que sea bien tolerado.
Daniel W. Jones, médico y presidente del comité que elaboró la guía estadounidense de 2025, junto con los demás integrantes del panel, destaca que la presión arterial elevada es uno de los factores de riesgo modificables más importantes para enfermedades cardiovasculares. El nuevo enfoque busca detectar y tratar antes la elevación de la presión para reducir el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal y otros problemas asociados.
En definitiva, 120/80 no debería entenderse como una frontera entre estar sano y estar enfermo. La presión arterial se mueve en un continuo: cuanto más tiempo permanece elevada, mayor es el riesgo. Medirla correctamente, conocer los propios valores y consultar cuando se repiten cifras elevadas permite intervenir antes de que aparezcan complicaciones.