Rimas de la historia económica: ¿qué puede salir mal en EE.UU.?

El desafío regional es atenuar desequilibrios macro, estabilizar deudas y promover políticas de oferta para subir el crecimiento potencial del PIB.

US President Donald Trump and EPA Administrator Lee Zeldin make an announcement
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca.
Foto: AFP

Obviamente que las perspectivas económicas están llenas de incertidumbre: lo desconocido de lo desconocido es casi imposible de anticipar. También están llenas de riesgos: lo conocido de lo desconocido también resulta difícil de proyectar, pero al menos los eventos históricos ofrecen algunas orientaciones.

Durante los últimos años, la economía estadounidense ha destacado por su resiliencia. Ha crecido con vigor, cerca del pleno empleo y en medio de un auge bursátil. Su empuje contrasta con el pobre desempeño de otros países desarrollados, mientras la innovación asociada a la Inteligencia Artificial alimenta la idea de otro gran salto en productividad. Sin embargo, la historia enseña que los períodos de expansión suelen incubar los desequilibrios que más tarde desembocan en correcciones. Hoy, la combinación de déficits fiscales crónicos, “relajo” monetario y valoraciones financieras exuberantes reactiva la pregunta clásica: ¿qué puede salir mal?

Hace un siglo, durante “los locos años veinte”, EE.UU. vivió un ciclo de modernización acelerada y crédito abundante en medio de La Segunda Revolución Industrial. Esto impulsó la inversión y la productividad con su correlato en la oferta, la demanda interna y el ciclo de los negocios. Pero bajo esa prosperidad se incubaban vulnerabilidades: endeudamiento privado, apalancamiento y políticas públicas procíclicas. La Gran Depresión no sólo desnudó esas vulnerabilidades previas, sino sobre todo la deficiente gestión macrofinanciera para prevenirla y amortiguar sus efectos.

Un siglo después, algunos paralelismos resultan inquietantes. Las valoraciones en Wall Street y en el sector inmobiliario son elevadas, la deuda corporativa continúa creciendo y el déficit fiscal se amplía, incluso en tiempos de bonanza. A ello se suma un nuevo factor de riesgo. Tras un año de su regreso a la Casa Blanca, Trump ha reactivado políticas abiertamente proteccionistas, con aumentos de aranceles y una renovada guerra comercial que está tensionando el clima geopolítico. Ese giro, junto con la incertidumbre sobre las reglas de comercio y los flujos de capital, podría amplificar los riesgos financieros y acelerar una corrección global, sin descartar la escalada e irrupción de conflictos bélicos. Lo que suceda con Ucrania, Irán, Pakistán-Afganistán y Taiwán no es para minimizar.

Otras rimas surgen de los años setenta, cuando los estímulos fiscales y monetarios chocaron con restricciones de oferta y shocks energéticos, generando pérdida de credibilidad institucional y estanflación. Pese al progreso académico de estas décadas y ciertas diferencias de contexto, la deuda pública de EE.UU. supera el 120% del PIB y el déficit fiscal ronda el 6%. La inflación se ha moderado, pero sigue por encima de la meta. En paralelo, se mantienen las presiones políticas sobre la Reserva Federal. Las críticas del Ejecutivo a su demora en bajar tasas han reavivado el debate sobre su autonomía, un pilar esencial desde los ochenta. Si la Fed cediera a esas demandas, podría reavivar la inflación y erosionar su credibilidad. Como enseñan los ´70, la subordinación de la política monetaria a la coyuntura política-electoral suele agravar los desequilibrios que busca mitigar.

También los noventa ofrecen un espejo útil, cuando el auge tecnológico de La Tercera Revolución Industrial (las puntocom) combinó innovación genuina con exuberancia financiera. Las promesas de una nueva economía sustentaron valoraciones desmedidas que colapsaron en 2000, adelantando una recesión leve, aunque prolongada.

Actualmente, la Inteligencia Artificial reedita esa confianza ilimitada. Las grandes tecnológicas concentran casi la mitad del valor del S&P 500 y cotizan sobre expectativas de rentabilidad extraordinarias. Si esas ganancias no se materializan o las tasas altas persisten, un ajuste bursátil severo podría reducir el consumo, la inversión y la confianza empresarial, derivando en una desaceleración o incluso en recesión. Como en cada burbuja pasada, el “efecto riqueza” se evapora rápido y con él se enfría toda la actividad. Respecto a los ’90, este riesgo se ve agravado hoy por el deterioro fiscal, lo que emparenta la situación con los ‘70.

Obviamente que nada de lo que ocurra en EE.UU. quedaría confinado a sus fronteras. Si bien es verdad que algunos países emergentes seguirían algo beneficiados de cierta rotación de inversiones asociada a las dudas sobre sus políticas actuales, como también ocurrió en los ’70, a la larga los problemas de la economía estadounidense aseguran el contagio. Continúa siendo el epicentro financiero global por su tamaño, peso e importancia de su moneda.

Para América Latina y especialmente las economías del cono sur, un ajuste o una crisis de EE.UU., en algún momento de los próximos años, significaría menor demanda externa, retrocesos en precios de materias primas, turbulencias cambiarias y tensiones fiscales. El desafío regional es atenuar desequilibrios macro, estabilizar deudas y promover políticas de oferta para subir el crecimiento potencial del PIB.

La historia no se repite, pero rima. Y las rimas del presente recuerdan la exageración de expectativas, el exceso en políticas de demanda, el déficit de políticas de oferta y la erosión institucional que suelen anteceder las crisis. Quizás no sea el escenario central de corto plazo, pero son riesgos crecientes a tenerse en cuenta en el sector privado y en los gobiernos de nuestros países.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar