OPINIÓN

La incerteza política domina a la economía

La recuperación de la economía brasileña parece haber perdido un poco del aliento que caracterizó su trayectoria a lo largo de 2017. 

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Foto: Archivo

Los datos más recientes, incluyendo el crecimiento del PIB de apenas 0,1% en el último trimestre de 2017, revelan una economía mucho menos dinámica que la que se esperaría, tras una recesión tan profunda y prolongada como la de 2014-2016, cuando el PIB cayó un 8,3%.

Vale notar que este parece ser un fenómeno más amplio, que ha afectado a las principales economías del mundo. No obstante, ya sea en términos globales o en el caso brasileño, no hay dudas en cuanto al crecimiento en sí, sólo en cuanto a su intensidad.

Tanto la economía global como la brasileña han mostrado bajas tasas de inflación. En términos anuales, el índice de precios al consumidor en Brasil registró variación del 2,7% en marzo, una caída no esperada en relación al 3% del final de 2017. Esa sorpresa inflacionaria abrió espacio para que el Banco Central siguiera reduciendo los intereses en las dos reuniones del Comité de Política Monetaria ya realizadas este año, llevando la tasa básica al 6,5% anual, con la perspectiva de una nueva reducción en la reunión de mayo, al 6,25% anual. Estos niveles de interés son inéditos en la economía brasileña, y buena parte de la expectativa positiva para el resto de este año y el próximo transcurre con la percepción de que la política monetaria seguirá expansiva aún por mucho tiempo, dados los niveles de ociosidad todavía presentes.

Un aspecto común a las economías brasileña y mundial, pero que refleja factores distintos, es el aumento de la incertidumbre. En términos globales, esta incertidumbre deriva de factores geopolíticos y de los riesgos de una guerra comercial, tras la implementación de medidas proteccionistas por parte de Estados Unidos. Es importante señalar que el último año registró la recuperación del crecimiento del comercio internacional: tras varios años de semi-estancamiento, el comercio internacional en volumen volvió a crecer a tasas cercanas al 5% anual, habiéndose constituido en un factor importante para la expansión global. El aumento del proteccionismo en Estados Unidos y la posible adopción represalias por parte de otros países, puede amortiguar el efecto positivo que tuvo el comercio internacional en 2017.

En Brasil, las incertidumbres están estrechamente relacionadas con la política. Como consecuencia de las investigaciones relacionadas con casos de corrupción, en el contexto de la operación Lava Jato y otras, el escenario político está extremadamente confuso a sólo seis meses de las elecciones generales. La reciente prisión del ex presidente Lula agregó un elemento a ese cuadro ya complejo, en la medida en que sigue liderando las encuestas de intención de voto. En la imposibilidad de ser candidato, la indefinición en relación a las posibilidades de los demás candidatos queda clara cuando se constata una gran pulverización de las preferencias entre ellos y, más importante, sin que ningún candidato de centro se haya consolidado.

Parece claro que la política, en este momento, domina la economía. La razón para ello es la necesidad de avanzar con las reformas estructurales, sin las cuales la actual recuperación tendrá un aliento corto. La inestabilidad política ya impidió que se votara la reforma de la Seguridad Social: como hemos destacado en otras oportunidades en este espacio, las transferencias relacionadas con la Seguridad Social han crecido a tasas elevadas por el efecto demográfico asociado al envejecimiento de la población. Como el déficit fiscal ya es superior al 8% del PIB, la tendencia de crecimiento de la deuda pública se vuelve cada vez más fuerte. El FMI, en su Monitor Fiscal de abril de este año, proyecta un aumento de diez puntos porcentuales del PIB para la deuda pública en los próximos cinco años. Sin la aprobación de reglas que reduzcan el crecimiento del gasto previsional, la regla que limita el crecimiento del gasto público federal a la inflación del año anterior no será cumplida, y el déficit se mantendrá elevado.

La reacción del mercado financiero a la interrupción de la tramitación de la reforma de la Seguridad Social en el Congreso fue relativamente tranquila. Tal vez ella ya había sido anticipada ante el cuadro político complejo y la pérdida de fuerza del gobierno —también afectado por denuncias de corrupción— para avanzar en su agenda. O, con mayor probabilidad, el mercado parece esperar que la reforma será conducida por el nuevo gobierno a ser elegido en octubre próximo, independientemente de quién gane la elección. Sin embargo, no hay ninguna garantía, de que el ganador de las elecciones estará comprometido con la agenda de reformas, que incluye una reforma tributaria y del presupuesto (reduciendo su rigidez) y una mayor apertura de la economía al comercio internacional.

Brasil vive un momento inédito de baja inflación, bajas tasas de interés, situación externa cómoda y un crecimiento que viene revelándose un poco más lento de lo esperado, pero que aún es robusto. Se trata, sin embargo, de una situación con alto potencial de inestabilidad ante el desequilibrio fiscal.

Las próximas elecciones serán decisivas para definir el rumbo futuro, dependiendo de que el ganador esté asociado a aquellos que han aprendido las lecciones del pasado reciente y que están comprometidos con un proceso integral de reformas para reequilibrar financieramente el sector público y aumentar la productividad de la economía, o de si traerá de vuelta las viejas propuestas populistas del pasado. Hasta entonces, las incertidumbres impedirán avances más significativos en la economía.

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