OPINIÓN

El “día después” ya se acerca

Problemas importantes para la recuperación económica.

Foto: Pixabay
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Como no soy afecto a los eufemismos ni a los conceptos políticamente correctos, que parecen haberse puesto de moda (ojalá pasajera, atributo inherente a las modas), no me voy a referir a los “desafíos” del día después de la crisis del virus, que está a la vuelta de la esquina, sino a sus “problemas”. Y, al menos, identifico cuatro importantes, aquí y ahora.

Uno, la recuperación del empleo correrá detrás de la del PIB, y el dibujo gráfico de aquel, no será una “V” sino que tendrá la forma del logo de Nike. Es más, una vez que se conozcan esta primavera, las estimaciones del PIB según su nueva base, también éste mostrará dicha trayectoria, de todos modos, más empinada que la del empleo. Hay casos en que la crisis ha develado que se puede hacer lo mismo, o mejor, con menos trabajadores, o de otro modo, incluso a distancia, de un modo más eficiente en el uso de recursos humanos y materiales.

Dos, habrá mayor demanda por protección social, no solo por lo anterior. La crisis ha dejado en evidencia lo que era conocido: la informalidad rondaba un cuarto del empleo y, cerca de la línea de pobreza, medida según el ingreso, se amontonaban muchos hogares.

Tres, por los puntos anteriores, pero también porque la recaudación se recuperará con el freno de mano puesto, el déficit fiscal tampoco será, ceteris paribus, una “V” invertida. Sectores intensivos en impuestos, como los que dependen del turismo, serán de los últimos en encender motores. Mientras tanto, la deuda pública, que ya venía en un camino insustentable, lo transitará aún a mayor velocidad.

Cuatro, si bien en los últimos dos años se recuperó la mayor parte del “atraso cambiario”, aún falta un trecho no menor por recorrer. Y, a diferencia de otras crisis, gracias a una mejor institucionalidad en el sector financiero, esta vez este no la habrá de exacerbar, lo que otrora potenciaba sobrerreacciones cambiarias que facilitaban la recuperación posterior vía exportación. Esta vez se deberá propiciar un tipo de cambio que deje al “malla oro” del presidente en buenas condiciones para la largada. Y para ello, la “mezcla” de políticas económicas no debe ser la de los últimos años.

Como se ve, los cuatro problemas, de un modo u otro, ya venían de antes y, en todo caso, ahora se agravaron o se hicieron evidentes. Frente a ellos, la estrategia del gobierno no debe implicar cambiar la medicina, sino aumentar su dosis: si antes de la pandemia se debían promover políticas pro crecimiento y empleo, ahora debe hacérselo mucho más, y si antes era necesario un ajuste fiscal (incluidas reformas estructurales con impacto a mediano plazo), ahora es más necesario todavía, y de mayor magnitud.

El gobierno se había planteado algunos hitos (instancias, instrumentos) y ahora debe usarlos con precisión quirúrgica: la LUC (ya aprobada, con algunas prendas del apero más simbólicas que reales que quedaron por el camino); la política salarial (ya aprobada para el sector privado, estando pendiente la desindexación en el sector público); el presupuesto (que se presentará el 31 de agosto); y la reforma de la seguridad social (cuyos plazos se acortaron en la LUC). Agregaría otro: el aumento de las tarifas públicas del próximo enero, que deberá contribuir a mejorar los números en Ancap, todavía pésimos, y cuyo ajuste quedó pendiente este año.

La instancia que tenemos por delante es clave: la presentación del presupuesto y la divulgación del escenario macro económico para el quinquenio. Desde el gobierno se apunta, a diferencia de lo que venía siendo normal, a fortalecer (léase, a hacer más contractivas) a las políticas fiscal y de ingresos (salarios y otros precios) de modo de alivianar el peso sobre la monetaria cambiaria. Y así debería ser si se busca seguir corrigiendo el tipo de cambio real.

También se ha dicho que se buscará, correctamente, ir a una inflación más baja, presumiblemente con un objetivo central menor al actual (5% en teoría, 7-8% en la realidad). Todo ello requerirá ir a un déficit fiscal menor al objetivo siempre soñado y nunca alcanzado en el quinquenio anterior, de 2,5%. Entre otras cosas, porque una inflación más baja quitará financiamiento.

Ante esa situación, es sabido el compromiso presidencial de no subir impuestos, ahora más relevante que antes de la crisis, por aquello del “malla oro”. Esto obligará al gobierno a una austeridad extrema con el presupuesto, la que chocará con la endogeneidad de gran parte de él: pasividades, intereses, capitas del Fonasa, entre otros rubros. Con cifras de 2019, el 72% del presupuesto estaba afectado por reglas de indexación y el 55% de esa cifra, por reglas rígidas.

Dicho sea de paso, ahora habrá una “regla fiscal”, pero ella sólo será indicativa y no coercitiva, por lo que no tendrá mayor relevancia en los hechos. Y también chocará, evidentemente, con los intereses políticos de los diferentes y numerosos partidos y sectores representados en el gabinete, porque los políticos suelen asociar desempeño con presupuesto (cantidad más que calidad). Por esto mismo es que a la larga, el presupuesto siempre sube y cuando se lo reduce, se lo reprime solo de manera transitoria.

Como se ve, una vez más lo fiscal es central, tanto per se, porque hay que devolverle de manera contundente la sostenibilidad perdida a las finanzas y la deuda públicas, como para coadyuvar a otros objetivos necesarios, como bajar la inflación y mejorar el tipo de cambio real.

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