OPINIÓN

Crecimiento: por qué es optimista

Argumentos para considerar que la evolución de la economía puede estar por debajo de lo proyectado.

Foto: Pixabay
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En el MEF se muestran cómodos con la proyección de crecimiento económico establecida en el escenario del presupuesto: 11,7% en los cinco años, o sea 2,3% anual, que coincide con la tasa de crecimiento tendencial que estimaron a partir del comportamiento de la economía en los últimos años. Sin embargo, aquella proyección no me parece tan “cómoda”: en los últimos cinco años crecimos 6,6%, o sea 1,3% anual. Y eso con la “ayuda” de una incidencia desmedida del sector telecomunicaciones, que explica todo ese crecimiento y que ya no estará cuando se empiecen a considerar las cuentas nacionales con su nueva base. ¿Qué razones habría para asumir semejante aumento en la tasa de crecimiento entre estos dos quinquenios? Máxime cuando el segundo se inició con el impacto de la pandemia que será seguido de un lógico rebote, pero que a fin de cuentas implicará dos años que sumarán alrededor de cero. ¿La nueva planta de celulosa?

Quienes entienden del tema aseguran que tendrá un impacto neto de 2,3 puntos del PIB en el quinquenio. Sólo habrá de jugar a favor (y no es poca cosa) el contexto global, con dólar barato, tasas nulas y commodities apreciadas, que se puede extender por todo el período.

Pero hay, al menos, otras dos razones para considerar optimista al escenario oficial de crecimiento.

Primero, el tipo de cambio real (TCR) que se asume para el quinquenio, estable en los niveles actuales, es insuficiente para los propósitos presidenciales de que ciertos sectores (a los que gráficamente él llamó “malla oro”) cinchen a la economía después de la fuerte recesión reciente. Claro está que para lograr un mejor TCR se requiere de esfuerzos fiscales que no se está dispuesto a realizar: en este presupuesto no hay ajuste fiscal, se confía en que bajará el gasto en proporción al PIB y se vuelve a postergar el objetivo fiscal de -2,5% del PIB recién para el quinto año del gobierno.

Lo anterior conduce a que las empresas del sector privado, que tanto se desea promover, deberán seguir cargando con la misma mochila pesada de los últimos años por todo el resto del quinquenio: dólar barato, carga impositiva inalterada y tarifas públicas sin mayores cambios en términos reales. Combinación que ha llevado a considerables pérdidas de empleo después de 2014.

Volviendo al dólar, desde la economía política resulta claro que a los políticos no les viene bien un dólar competitivo, porque ello es la contracara de menores salarios en dólares y, por lo tanto, de un encarecimiento del consumo de bienes y servicios muy valorados por los ciudadanos/votantes: autos, productos tecnológicos, viajes al exterior. El dólar bueno para los exportadores es malo para los consumidores y éstos son muchos más (votos) que aquellos. ¿O en realidad se piensa que el consumo basado en atraso cambiario será otra vez el que nos impulsará?

Segundo, se asume, al menos implícitamente, que lo relevante en la relación con nuestros vecinos son las cantidades (el PIB) y no los precios (el TCR). Me explico: en el escenario presupuestal, a los efectos de estimar la evolución del PIB en Uruguay, se tomaron como insumos las tasas de crecimiento económico esperadas en nuestros vecinos, pero nada se dice sobre los supuestos sobre los TCR bilaterales. Es decir que, al menos implícitamente, se considera indiferente para el desempeño de nuestro PIB que los vecinos estén más caros o más baratos que nosotros. O, quizá, se supone que para cuando se abran las fronteras, el dólar estará en cuatro reales en Brasil y en Argentina ya no habrá blue, contado con liqui ni otras definiciones del mercado paralelo de cambios.

De este modo, el MEF parece subestimar el canal de turismo y de compras entre Uruguay y Argentina y parece considerar solamente al canal financiero, muy abatido tras la crisis de 2002, y al canal comercial, donde las exportaciones son una proporción menor del total, aunque son muy intensivas en mano de obra y no tienen mercados alternativos.

No se debe soslayar la incidencia enorme que tiene Argentina en el canal de turismo y de compras. Se trata de exportaciones que realizamos dentro de fronteras y que son altamente intensivas en trabajo e impuestos. Y, contrario sensu, cuando la relación cambiaria favorece a Argentina, no sólo no realizamos esas exportaciones, sino que además pasamos a realizar importaciones, cuando paseamos o compramos del otro lado de los ríos que nos separan, pagando impuestos allá en vez de acá y dando trabajo a los argentinos en vez de a los uruguayos.

Subestimar la importancia de Argentina sobre nuestra economía es uno de los errores más serios de política económica que se pueden cometer. Aún cuando el canal financiero que tanto dolor de cabeza nos trajo en el pasado ya no sea relevante, y aun cuando la incidencia de la demanda argentina por exportaciones de bienes uruguayos parezca menor. Sobre todo, porque hemos tropezado con esta misma piedra una y otra vez y cada vez que ello ocurrió, pareció que nos habíamos olvidado de las veces anteriores.

De este modo, acá hay un factor relevante que se ha soslayado en las proyecciones del escenario presupuestal, que las ha sesgado hacia el optimismo y que (de mantenerse en las condiciones actuales el día que se abran las fronteras) tendrá un impacto fuerte sobre actividad, empleo e impuestos.

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