Antes de agotar las entradas del MEO Arena, el mayor recinto de espectáculos de Portugal, Sara Correia cantaba en las casas de fado de Lisboa. Creció en Chelas, un barrio popular que, según cuenta, le enseñó mucho más que a cantar. Allí aprendió a enfrentar situaciones difíciles y a desarrollar una fortaleza que años después le resultaría fundamental para abrirse camino en la música.
“Vivir allí significó crecer rápidamente, aprender a mirar la vida de otra manera, sin tantas rosas”, cuenta a Domingo. “Siento que eso me dio una mayor capacidad para soportar las dificultades, una fortaleza emocional más grande y una preparación para enfrentar las presiones”, agrega.
Aquella niña de Chelas, que empezó a cantar fado a los 9 años, es hoy una de las voces más reconocidas de la música portuguesa contemporánea. Ha recorrido escenarios de distintos continentes, recibido premios y nominaciones internacionales. Sin embargo, cuando habla de sí misma, prefiere empezar por el principio: su barrio, su familia y las casas de fado donde descubrió una vocación que nunca puso en duda.
“Soy profundamente de barrio. Lo llevo siempre conmigo y me importa mucho cantar sobre él en cualquier lugar del mundo al que vaya”, afirma.
Ese vínculo con sus orígenes también atraviesa su llegada a Montevideo. El jueves 12 de noviembre, a las 20.30, se presentará por primera vez en Uruguay, en la Sala Zitarrosa, como parte del Festival de Fado, que se desarrollará los días 11 y 12. La propuesta de esta edición gira alrededor de los barrios, esos territorios donde el género encontró parte de su identidad y donde todavía conserva una relación estrecha con la vida cotidiana.
Entre guitarras y canciones
Correia nació en Lisboa, en 1993, dentro de una familia de fadistas. Su tía cantaba y las casas donde se interpretaba esta música eran parte habitual de su infancia. Mientras otros niños descubrían canciones a través de la radio o la televisión, ella crecía escuchando las voces de Amália Rodrigues, Beatriz da Conceição y Fernando Maurício, tres de sus grandes referentes.
“Descubrí mi destino muy temprano. Suelo decir que ya lo había descubierto dentro de la barriga de mi madre, porque voy a las casas de fado desde siempre”, comenta.
Cuando comenzó a cantar en estos espacios, aprendió no solamente los secretos de una tradición musical, sino también a observar a quienes la interpretaban, a escuchar sus historias y a comprender que el fado exige algo más que una buena voz.
“Es un camino que se va construyendo con los años. A medida que maduramos, también madura nuestro fado”, explica.
El primer reconocimiento importante llegó en 2007, cuando ganó las Grandes Noites do Fado, un concurso de referencia para los intérpretes portugueses. Aquella victoria terminó de confirmar lo que intuía desde niña: quería dedicar su vida a cantar.
“Fue entonces cuando comprendí que quería vivir de la música, que quería vivir del fado y que ese era mi camino. Nunca más paré”, rescata.
En 2018 publicó su primer disco, Sara Correia, que recibió una buena recepción de la crítica y le abrió las puertas a nuevos escenarios. Su segundo trabajo, Do Coração, le valió una nominación al Grammy Latino en 2021 y consolidó una trayectoria que seguiría creciendo con Liberdade y, más recientemente, Tempestade. Este último es el álbum que presentará en Montevideo y reúne canciones escritas unicamente por mujeres. La decisión no fue casual. En un género cuya historia está marcada por grandes voces femeninas, empezando por la de Amália Rodrigues, Correia quiso poner el foco también en las mujeres que escriben las canciones.
“Creo que no hay nadie como las mujeres para hablar del amor. Y tampoco hay nadie como las mujeres para superar el dolor”, dice.
El género que eligió cantar suele asociarse con la tristeza, la nostalgia y la “saudade”, esa palabra portuguesa que parece resistirse a cualquier traducción completa. Pero Correia considera que reducirlo a esos sentimientos significa desconocer buena parte de su riqueza.
“El fado es mucho más que nostalgia, melancolía o tristeza. Es una manera de estar en la vida, de cantar todas las emociones, incluso aquellas que a veces ni siquiera sabíamos que teníamos”, sostiene.
Para ella, cantar es también una manera de procesar lo que le sucede. “Siempre digo que hago terapia cantando. Cuando canto es, de alguna manera, un desahogo. El fado me da la capacidad de expresar lo que estoy sintiendo en ese momento”, dice.
La voz y la incertidumbre
En 2022 tuvo que enfrentarse a la posibilidad de perder aquello que había organizado toda su existencia. Una cirugía en las cuerdas vocales la obligó a permanecer durante meses sin cantar y, durante parte de ese proceso, tampoco podía hablar.
Para alguien que había descubierto su vocación a los 9 años, el silencio adquirió una dimensión desconocida. “Fue el momento más difícil de mi vida. Yo nací con la misión de cantar y, en aquel momento, no sabía si alguna vez iba a poder volver a hacerlo”, recuerda.
La recuperación exigió paciencia, confianza en los médicos y apoyo de sus seres queridos. Pero también transformó su relación con la voz. “Descubrí algo muy importante. La voz no es mía, yo soy solamente un vehículo. Tengo que conservarla y agradecerle a Dios por tener esta bendición de poder seguir cantando. Y siento que hoy canto mejor que nunca”, sostiene.
A lo largo de sus giras descubrió que el fado puede establecer conexiones que no dependen necesariamente de comprender las palabras. Recuerda especialmente dos conciertos en Corea del Sur. Antes de llegar, no sabía cómo sería recibida una música tan vinculada a las experiencias y la sensibilidad portuguesas. La respuesta la sorprendió, según cuenta; sus presentaciones y discos tuvieron un éxito inesperado.
“El fado tiene una magia que hace que, aunque no entiendas lo que estoy diciendo, puedas sentirlo”, confiesa.
Esa capacidad de atravesar fronteras es una de las razones por las que el género continúa encontrando nuevos públicos, sin perder el vínculo con los barrios lisboetas donde se desarrolló.
En Montevideo, el Festival de Fado propondrá precisamente un recorrido por esa relación entre la música y sus territorios. El 11 de noviembre, el Auditorio Nelly Goitiño recibirá a las 17.30 la proyección de Do Bairro, película de Diogo Varela Silva, y a las 19.00 la conferencia La Calle y el Fado, a cargo de Diogo Clemente.
El jueves, cuando suba por primera vez al escenario de la Sala Zitarrosa, Correia volverá a comprobar hasta dónde puede viajar una música nacida del otro lado del océano. No sabe qué encontrará frente a ella, pero la experiencia le enseñó que el idioma rara vez representa un obstáculo.
“He visto a personas llorar durante mis conciertos sin entender una sola palabra de lo que estoy cantando”, cuenta. Y admite que, después de tantos años, todavía no sabe explicar del todo por qué sucede, aunque tampoco cree que sea necesario entenderlo. Para ella, parte de la magia de la música consiste, justamente, en su capacidad de hacernos sentir algo que no siempre sabemos poner en palabras.