Los 80 años del Club Carrasco y la venta de un óleo pintado por Carlos Páez Vilaró en su juventud

El Club de la avenida Arocena aprovecha su aniversario para volver sobre su propia historia, lo cual incluye poner en valor su patrimonio. Una de las consecuencias más visibles de esa revisión será la salida al mercado de una pieza que durante décadas ha estado colgada en uno de sus salones: un valioso óleo del creador de Casapueblo.

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“El Pulpo”. La fachada del Club Carrasco tiene un emblema que recuerda al jockey Irineo Leguisamo. El dueño de la casona era un “burrero” fanático.

Frente al Hotel Carrasco, en el corazón del barrio que le dio su nombre, una casona guarda muchas décadas de encuentros, fiestas, deporte y vida social. El Club Carrasco está cumpliendo 80 años y decidió aprovechar la fecha para volver sobre su propia historia, lo cual incluye poner en valor un patrimonio que durante décadas permaneció integrado a la vida cotidiana de la institución. Todo esto sin apartarse de la idea que le dio origen: seguir siendo, antes que nada, un lugar de encuentro.

Una de las consecuencias más visibles de esa revisión será la salida al mercado de una pieza que forman parte de la historia del club: un óleo de Carlos Páez Vilaró que durante décadas ha estado colgado en uno de sus principales salones. La casa de remates Zorrilla lo sacará a la venta el próximo jueves 8 de octubre. Se trata de Candombe en el conventillo, una obra realizada durante la juventud del artista y vinculada a un universo que lo fascinó desde fines de la década de 1940, cuando, recién regresado de Buenos Aires, descubrió las comparsas de Barrio Sur y Palermo y, especialmente, el mundo del Mediomundo, aquel humilde complejo de viviendas cuya dirección era Cuareim 1080.

“El cuadro es una obra de 1957 que habría llegado alrededor de 1960 y que permaneció durante más de seis décadas en el salón principal. Fue testigo de miles de fiestas, de eventos, de celebraciones que se realizaron acá”, cometa a Domingo Jean Paul Bragard, integrante de la directiva desde 2014 e hijo de quien fuera presidente del club durante 16 años, entre 2002 y 2019.

La decisión de revisar ese patrimonio no responde a una necesidad económica. El propósito, explica, es devolverle visibilidad a una parte de la historia que permaneció durante años integrada a la vida del club. “Hay piezas que han estado acá durante más de 50, 60 años que son parte de la historia, pero también su circulación es interesante para la cultura uruguaya”, señala.

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Jean Paul Bragard, directivo del Club Carrasco.

La juventud del pintor

El padre de la primera esposa de Carlos Páez Vilaró, Madelón Rodríguez, con quien el pintor tuvo tres hijos, fue directivo del Club Carrasco. Uno de esos hijos es Carlos Páez, quien comentó a Domingo que el cuadro es “muy importante” por tratarse de una obra que su padre hizo en su juventud, proyectando ya entonces el estilo que lo haría mundialmente famoso.

“Se trata de una obra clave en los primeros años de su carrera artística, cuando el lenguaje comenzaba a afirmarse y todavía podían sentirse, en su pintura, algunos ecos de la mirada de Pedro Figari. Es una pieza de enorme valor histórico, no solo por lo que representa dentro de su trayectoria, sino también por la historia que la acompañó durante más de setenta años”, señala. Y agrega: “Durante todo ese tiempo ocupó la pared principal del Club Carrasco, formando parte, casi sin proponérselo, de la vida cotidiana de varias generaciones de uruguayos. Para mí, que crecí rodeado de la obra y de la historia de mi padre, tiene además ese valor íntimo que tienen las cosas que sobreviven al tiempo: nos permiten imaginar a quienes estuvieron antes y reconstruir otras épocas, aunque sea por un instante”.

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Candombe en el conventillo. Una obra de Páez Vilaró del año 1957. Su suegro fue directivo del club.

El club en un “balneario”

A principios de los años cuarenta, cuando Carrasco todavía tenía características de balneario y la vida permanente en la zona era muy distinta a la actual, un grupo de amigos que concurría allí durante las temporadas y los fines de semana comenzó a reunirse en el Hotel Carrasco. “El club nace como un espacio de amigos que se juntaban a bailar, iban a fiestas y jugaban a las cartas en lo que hoy es el Sofitel”, recuerda Bragard.

Con el tiempo surgió la necesidad de contar con un lugar propio. En 1943 el grupo alquiló una casa en la esquina de Costa Rica y Carlos Sáez, donde comenzó a funcionar de hecho la institución. En 1945 apareció la oportunidad de adquirir la propiedad de avenida Alfredo Arocena 1539, y sus integrantes decidieron comprarla. La fundación formal se concretó el 22 de febrero de 1946 y el 10 de julio de ese año el Poder Ejecutivo otorgó la personería jurídica.

La sede, sin embargo, tiene una historia todavía más antigua. El chalet comenzó a construirse en 1928 por iniciativa de Julio Amadeo Menditeguy, vinculado al turf rioplatense. Uno de sus caballos, Monserga, ganó en 1929 el Premio Ramírez, conducido por el célebre jockey Irineo Leguisamo, “El Pulpo”. Por ello, se decidió colocar en la fachada un escudo con este molusco, que representa a Leguisamo. El emblema continúa allí, como una huella de la época dorada del turf.

En 1950 la casa fue reformada para adaptarla a las necesidades del club. Se incorporaron salones, bar y comedor, se acondicionó la terraza y se construyó en el jardín una cancha de paleta. Durante sus primeras décadas, la institución fue principalmente social y cultural. Hubo bailes, cenas, partidas de bridge y pelota, torneos nacionales e internacionales de cartas, conciertos y exposiciones. En sus primeros años, además, el club tenía una particular relación con los diplomáticos destinados a Uruguay. “Estaba abierto a los embajadores”, explica Bragard: era un lugar donde quienes llegaban al país podían comenzar a establecer vínculos sociales y conocer a personas.

Las canchas de squash

El gran cambio deportivo llegó en 1975, cuando el viejo frontón dio paso a dos canchas de squash que se concretaron un año más tarde. Desde entonces, este deporte pasó a ocupar un lugar central en la identidad del club, que se convirtió en escenario de campeonatos nacionales, torneos rioplatenses y del primer campeonato sudamericano.

Hoy son alrededor de 120 socios. “Tampoco tenemos el espacio físico como para crecer mucho más”, explica el directivo del club. La renovación, por eso, no pasa por multiplicar la cantidad de integrantes sino por preservar las condiciones que permiten que la institución funcione. “No estamos en la búsqueda de socios”, aclara. Los ingresos provienen de los aportes de los asociados y de actividades como alquileres de salones, fiestas y eventos.

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Cancha de squash del Club Carrasco.

La incorporación de nuevos integrantes suele producirse por vínculos personales: amigos, familiares e hijos de socios que se acercan y encuentran su lugar dentro de la institución. Es una lógica deliberadamente diferente a la de los grandes clubes deportivos. El propio Bragard observa que hoy los jóvenes suelen acercarse a deportes colectivos, mientras que el squash conserva una naturaleza individual: “Es un deporte que se juega uno contra uno”, anota.

Frente al que fue durante décadas uno de los hoteles más emblemáticos de Montevideo, la antigua casona continúa así ligada a la historia de Carrasco. Cambiaron el balneario, el barrio y las costumbres; cambiaron también los deportes y las generaciones. Pero aquella idea inicial de un grupo que buscaba un lugar para encontrarse todavía permanece. “El mismo espíritu fundacional es lo que intentamos mantener”, concluye Bragard.

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