"Yo me fui a Berlín sin hablar ni inglés ni alemán. Uno se va con la ilusión de seguir creciendo como artista, pero se olvida de muchas otras cosas, de muchos otros factores”. Esa experiencia fue lo que inspiró a Luis Barbé Espinosa (29 años), cornista uruguayo de destacada carrera internacional, a proponerse hacer algo por los músicos latinoamericanos. Por un lado, ayudarlos en su formación, pero por otro, también darles herramientas para manejar todo lo que a uno no le cuentan o ignora a la hora de lanzarse a la profesión. Fue así que nació Sonarte.
“Lo que uno intenta hacer es tender puentes entre el talento latinoamericano, y la excelencia artística y la educación de primer nivel como la que la hay en Europa”, explica Barbé desde Bogotá, donde hoy estará inaugurando la cuarta residencia artística de Sonarte.
¿De qué se trata? Es una semana de actividades muy intensa, en la que se trabaja desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche. La misma abarca desde las clases típicas en las que se enseña a perfeccionar el conocimiento de un instrumento, pasando por pequeños conciertos, hasta talleres que ayudan en cosas tan distintas como dominar el miedo escénico, saber cómo grabar un video para una audición o qué pedir al momento de firmar un contrato, o conocer qué ejercicios hacer para mejorar la postura al momento de tocar.
“Es una formación integral”, destaca Barbé, actual primer corno de la Orquesta de la Radio de Viena.
La primera convocatoria fue en 2024, en la capital austríaca, en la que hubo experiencias formativas con profesorado europeo. Fue la más pequeña porque no se hicieron audiciones para seleccionar a los participantes, sino que se los eligió por su experiencia. En esa oportunidad viajaron dos músicas uruguayas.
Ya para el año siguiente, que se hizo en Uruguay para instrumentos de viento de madera, en el Sodre y con profesores de Europa, la cosa cambió y sorprendió a su organizador. “Pensé que iba a ser chiquita, que no iba a aplicar nadie. Incluso tenía miedo de traer profesores y que no se anotara nadie. ¡Y tuvimos más de 150 aplicaciones, fueron 50 participantes y dimos cinco becas completas!”, cuenta con orgullo.
La tercera residencia fue en abril de este año, en Buenos Aires, para instrumentos de cuerda en alianza con el Teatro Colón y con presencia de profesores de las principales orquestas europeas. También fue un éxito y dejó con muchas ganas para la que comienza hoy en Colombia. Para esta se recibieron más de 200 postulaciones provenientes de 16 países, y finalmente se seleccionaron 64 estudiantes.
Barbé explica que se trabaja en formato boutique, eso significa que cada profesor tiene a su cargo un máximo de ocho estudiantes. “Buscamos la calidad y no tanto la cantidad”, subraya.
Pasos
Para acceder a las residencias artísticas se siguen los mismos pasos que en los festivales de Europa. Lo primero que se hace es pagar una tasa de aplicación de US$ 20, lo que, según Barbé, asegura que el interesado lea atentamente todos los requisitos y no termine presentando algo que determine que lo descalifiquen. “Ha pasado con muchos músicos muy buenos”, advierte.
Entre lo que se solicita está la carta de motivación, que es minuciosamente analizada por el jurado que integran reconocidos docentes internacionales, que son los que luego dictarán los talleres. Ese elenco es rotativo para que se pueda estar siempre conociendo nuevas miradas y formas de interpretar la música. “Apuntamos siempre a la meritocracia”, remarca Barbé al referirse a los criterios de selección que se utilizan.
Al principio creyó que iba a ser muy difícil que docentes de semejantes trayectorias aceptaran su invitación. Todo lo contrario, terminaron pidiendo estar para las siguientes ediciones.
La residencia artística cuesta US$ 500; el paquete con alojamiento y comidas asciende a US$ 700. Pero lo bueno es que ningún participante termina por abonar más de US$ 200 o US$ 300 porque Sonarte concede becas. En Bogotá, por ejemplo, todos tienen una beca para algo que no puedan costear.
La idea también no es cubrir absolutamente todo para que, de esa manera, el participante valore lo que se le está ofreciendo y no se malacostumbre a algo que generalmente no encontrará en el mundo real. “En Europa, una clase de 45 minutos con un profesor puede costar hasta US$ 300. Es una dimensión de precios que no se tiene desde Latinoamérica”, advierte Barbé.
Para poder hacer frente a todos los gastos, Sonarte recibe el apoyo de varios patrocinadores, entre los que se encuentran marcas de instrumentos (en Uruguay los apoya la marca número uno de cornos). Ha sido más difícil lograr respaldos estatales porque las políticas culturales son complicadas en estos países.
Para que todo funcione de acuerdo a lo esperado, Sonarte cuenta con un equipo de 10 personas trabajando en toda la organización de las actividades.
Laboratorio
Además de Sonarte, existe SonarteLab, que es un programa de seis meses de clases semanales online con docentes internacionales. “Hay talleres integrales, talleres teóricos y una vez al mes se juntan de manera online para hablar de otras cosas también, como recomendaciones de lugares para visitar en cada país”, describe Barbé.
SonarteLab concluye con la semana de residencia artística antes descripta, a la que además se suma una selección de participantes externos. En Bogotá son 27 alumnos de SonarteLab más 37 cupos externos.
Objetivos
Sonarte ya se encuentra trabajando en el calendario 2027, en el que habrá otra vez dos residencias artísticas, para cuerdas y para quinteto de metales.
“Queremos que estos viajes de uruguayos, de chilenos, de paraguayos realmente valgan la pena y que nadie se vaya con la sensación de ‘¡uy!, me gasté tanto dinero para esto’, como me pasó a mí en varios festivales”, señala Barbé.
El músico insiste en que la experiencia debe abarcar no solo la formación artística o profesional, sino también los vínculos de esa comunidad que se forma. “Creemos que es fundamental”, dice y fomenta las cenas y los paseos juntos para que la experiencia sea completa.
El objetivo de Sonarte es también lograr que en un futuro los músicos latinoamericanos no tengan que emigrar para desarrollar sus carreras, que no haya fuga de talentos sino que se puedan quedar en sus países e integrar orquestas que se mejoran con su presencia.
“El mensaje es que se animen también. A mí me pasó de dejar de aplicar a muchas cosas porque pensaba ‘¿cómo van a aceptar a un uruguayo que recién empieza a tocar?’ Y al final me terminaban invitando. No se necesita ser el mejor músico del mundo para aplicar, sino que se necesita tener ganas y tener esa disciplina que es fundamental para poder llevar una carrera artística internacional”, destaca.
Por eso quiere seguir expandiendo Sonarte hacia nuevos países y regiones de Latinoamérica, además de continuar desarrollando las colaboraciones donde ya está.
“Queremos demostrar que un joven músico latinoamericano no tiene que esperar a llegar a Europa para acceder a oportunidades internacionales; podemos construirlas también desde Latinoamérica. Sonarte nació para eso y recién estamos empezando”, anuncia.
Uruguaya que va por su segunda residencia
Florencia Olivera (34 años), clarinetista de la Orquesta Institucional de la UTU, es uno de los tres uruguayos que desde hoy participa en la residencia artística de Bogotá.
Formada en la Escuela de Música Vicente Ascone, integró la Orquesta Juvenil del Sodre y recibió el apoyo del Fonam para estudiar en Argentina. En 2025 hizo la residencia de Uruguay y luego se sumó al SonarteLab. “Sonarte fue una gran ayuda para que yo me pudiera expandir y mirar otros lados, porque en Uruguay son muy poquitas las posibilidades”, señala a Domingo.
Entre otras cosas, tuvo clases con el clarinetista portugués Joel Cardoso y con Alberto Culmone.
Florencia valora que estos encuentros aborden temas como el miedo escénico. “Se ocupan mucho de la salud, además del acercamiento al instrumento”, remarca.
Lo que lamenta de nuestro país es lo mucho que cuesta conseguir recursos para encarar estas actividades. Ella se lo financió vendiendo rifas, dado que el ensamble que organizó para dar conciertos y recibir el apoyo de empresas no dio resultado. Para el costo de la residencia de Bogotá, Sonarte le dio una beca; solo debió costearse el pasaje y el alojamiento.
“Sonarte ha sido un pasito para seguir con mi carrera. Al traer gente de tantos lados y con tanto nivel, me abre el abanico de oportunidades para aprender de docentes y de otros compañeros”, apunta.
La acompañan Álvaro Lasarga (fagot) y Valentina Borgia (flauta).