En la obra de Laura Acosta (41 años) hay cuerpos que ocupan el espacio sin pedir permiso. Mujeres y hombres en la playa, disfrutando con libertad y naturalidad. No son cuerpos hegemónicos, y esto representa el corazón de una búsqueda que empezó mucho antes de que la artista coloniense encontrara su lenguaje pictórico.
“El interés por la pintura lo tuve desde chiquita. Siempre me encantó el dibujo”, cuenta en charla con Domingo. A los 10 años ya asistía a talleres, y en la adolescencia ese impulso se desvió hacia la caricatura. “Estuve trabajando seis años haciendo caricaturas por encargo. Tenía una página en Facebook, la gente me enviaba fotos y yo les hacía el dibujo”, sigue.
Era un trabajo sostenido, con demanda y retorno económico. Pero también, con el tiempo, empezó a mostrar sus límites. El cambio llegó en 2015, cuando comenzó a tomar clases con el artista Diego Más. “Me abrió mucho la cabeza, me enseñó todo lo que sé en cuanto a pintura”, reconoce. Ese aprendizaje marcó una transición lenta pero decisiva. Aunque su profesor le insistía en abandonar la caricatura, Laura dudaba, porque era algo que funcionaba, y la pintura era una apuesta incierta. “Yo pensaba: la caricatura me está dando plata, ¿cuándo voy a poder vender un cuadro?”.
La decisión terminó de tomar forma cuando nació su hija. “Ya no me daba el tiempo para todo”, explica.
Fue así que en 2017 resolvió dedicarse exclusivamente a la pintura. Un camino que implicó mucho tiempo de pruebas, descartes e insistencia. En la búsqueda de un estilo propio, el cubismo fue una posibilidad inicial, luego apareció el planismo, que primero le resultó ajeno y después se volvió una herramienta. Sin embargo el verdadero giro llegó através de una escena: un grupo de bañistas.
Cuando pintó el primero, su profesor le sugirió convertirlo en una serie. La idea le generaba cierta resistencia —“me pareció que podía ser aburrido hacer la misma temática”—, pero aceptó probar y el resultado fue inmediato. “Los primeros cuadros que hice los vendí rapidísimo”, recuerda.
Más allá de la venta, había algo más profundo en juego, una forma de expresarse a partir de una raíz personal y, por qué no, de sanar la relación con su propio cuerpo. “Desde chiquita tuve tendencia a engordar, entonces recibía muchos comentarios y eso me repercutió mucho”, rescata. Durante años, la playa fue un espacio incómodo: “No me animaba a sacarme la ropa porque sentía que todos me iban a mirar”.
Las escenas que hoy pinta —mujeres despreocupadas, cuerpos diversos en convivencia— surgen, entonces, en contraste con esa experiencia. “Empecé a observar a mujeres que, sin tener cuerpos hegemónicos, la pasaban bárbaro. Yo le decía a mi esposo: ‘Quiero ser como ellas’”.
Así nació la serie Los Bañistas, que funciona, en sus palabras, como una catarsis. “Me gusta que sean cuerpos gorditos, mujeres liberadas. Y, sin querer, eso me llevó a conectar con un montón de mujeres que se sienten identificadas”.
Los mensajes que recibe lo confirman: “Es la primera vez que me siento identificada” o “gracias por pintar cuerpos reales”.
También llegan comentarios de personas mayores que se ven reflejadas de forma positiva. “Muchos me dicen: ‘La gente joven piensa que los grandes ya no nos podemos divertir o ya no podemos pasarla bien’. Y eso me gusta: mostrar que gente mayor, que ya está en otra etapa, está disfrutando”.
La obra de Laura deja de ser, entonces, solo representación para convertirse en espejo.
En términos técnicos, su proceso evolucionó en este tiempo. Trabaja con óleo sobre lienzo, combinando espátula y pincel. “Me gusta mucho la carga de pintura”, señala y suma que, si al principio predominaba el trabajo por planos, hoy incorpora más mezcla y detalle.
Las imágenes también nacen de un procedimiento híbrido: un collage de fotos que saca en la playa e imágenes de internet. “Me gusta que queden graciosas para que la gente se divierta cuando vea los cuadros”, comenta sobre escenas como selfies grupales, juegos de cartas y charlas entre amigas a la orilla del agua.
Además, conserva algo de la inmediatez de la caricatura: “No hago bosquejo, voy directo al lienzo a dibujar con carbonilla y, una vez fijo el dibujo, empiezo a pintar”.
De Colonia al mundo
La circulación de su obra encontró en las redes sociales un aliado decisivo. “Instagram fue clave. Fue la apertura a todo lo que logré”, afirma sobre haber creado la cuenta (@lauacostadibujosypinturas) en 2020. A través de esa plataforma llegaron ventas, contactos y oportunidades de exposición. También forma parte del colectivo Uy Artistas, una red que impulsa la visibilidad y la circulación de artistas locales. Esa dimensión más colectiva quedó plasmada en experiencias como la pintura de un mural en Colonia, en un paseo del arte que reunió a una veintena de artistas en 2023.
Su recorrido de crecimiento y reconocimiento también incluye muestras en Uruguay, como Frui, su primera exposición individual, realizada en mayo de 2025 en Fundación Verde; y participaciones internacionales que llevaron su arte al otro lado del océano: en 2024 envió una obra a la Qatar International Art Festival, en Qatar, y proyecta otra para la feria internacional de arte contemporáneo Art Shopping París, en octubre.
Además, esta semana su obra Se juntó la barra fue la más votada por el público en la 2ª Muestra Internacional uyArt!, en Florianópolis, y quedará en exposición y venta durante ese año en una galería de la ciudad brasileña.
Ese alcance fuera de fronteras se construye en intercambios concretos, muchas veces inesperados. Como el que tuvo con el humorista y actor Agustín Aristarán, más conocido como Soy Rada. Todo empezó en una noche cualquiera de espectáculo, cuando Laura fue a verlo a en su Colonia natal. “Salí encantada y subí a Instagram una foto de su saludo final, lo etiqueté sin pensar que la iba a ver”, cuenta. La respuesta fue inmediata: él vio la publicación, recorrió su perfil y le escribió para decirle que su obra le transmitía mucho. A partir de ahí eligió un cuadro que, en ese momento, estaba en una galería en Punta del Este. El detalle no era menor: al día siguiente volvía a Buenos Aires y quería llevárselo. “Le dije que esperara, que tenía que traerlo de allá”, recuerda. “Quedamos en contacto y me pidió que por favor no se la vendiera a otro”.
Para ella, la situación tenía otra dimensión. Admiradora de su trabajo, no quería que la operación terminara en un envío. “Me parecía una picardía mandar el cuadro sin verlo en persona. Yo lo admiro mucho, así que pensé que era una oportunidad para conocerlo. Con un poco de pudor le propuse llevárselo yo misma. Le encantó la idea y me lo agradeció”, dice. El encuentro finalmente se dio en Buenos Aires, donde le entregó la obra en mano. “Él fue súper generoso, muy atento”, resume.
Detrás de esa escena hay también un aprendizaje sobre el valor del propio trabajo. “Cuando empecé vendía mucho porque vendía barato. Después me dijeron que estaba regalando mi trabajo”.
Con los años, Laura entendió que muchos de sus compradores más decididos son extranjeros, sobre todo cuando empezó a ajustar los precios. “Acá a veces comparan con una lámina y les parece caro un óleo”, explica.
Subir los precios implicó vender menos, pero también revalorizar la obra. “Con el tiempo aprendí que es mejor no vender que devaluar lo que hago”, dice sobre piezas que pueden llevar entre uno y dos meses de trabajo y se ubican entre US$ 300 y US$ 1.100.
Asociación con Botero y su real inspiración
La referencia a Fernando Botero aparece de forma recurrente en la lectura externa de su trabajo, pero Laura la matiza. “Muchos lo remarcan, pero no es una referencia directa”. El artista colombiano (1932-2023), uno de los nombres más reconocidos del arte latinoamericano, construyó un lenguaje propio a partir del volumen, que se volvió su marca distintiva. En el caso de Laura, en cambio, el punto de partida es otro. “Si pintaba un objeto, Botero también lo hacía con volumen, no solo las personas”, anota quien al estudiar la figura humana, encontró mayor comodidad en los cuerpos curvilíneos y voluptuosos. Una elección que, explica, responde más a una búsqueda íntima.
Otras propuestas
Aunque Los Bañistas es su trabajo más visible, Laura también desarrolla otras series, como Arruinando obras de arte pero con el mayor de los respetos, donde interviene clásicos con humor. Lo hace, por ejemplo, con La dama del armiño, de Leonardo da Vinci, donde reemplaza el armiño por su perro salchicha.
Para su próxima exposición, que será en octubre, en Francia, prepara una obra más autobiográfica, que se aleja de la playa para mirar hacia adentro. “Es la figura de una mujer, como me imagino una parisina en otra época. La figura va a ir a color, pero todo el fondo va a ser monocromático, en blanco y negro”.
En paralelo, desde hace dos años dicta talleres para adultos en Paso Antolín, donde amplía su práctica hacia la enseñanza. En estos movimientos se sostiene hoy su trabajo. Uno que va más allá de producir imágenes: significa también reescribir una relación con el cuerpo, con la mirada y con el espacio público. Y, al mismo tiempo, habilitar que otras personas se reconozcan en ese gesto.
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