En el kilómetro 128 de la ruta 9, en las ondulaciones de las Sierras de la Ballena, hay un predio que no responde a una sola lógica. Ni es únicamente una casa, ni un parque de esculturas, ni un emprendimiento productivo. Es, más bien, una suma de capas que se fueron superponiendo con el tiempo hasta configurar algo difícil de clasificar. Ese lugar es Cerro Timbó, la propiedad del empresario argentino Carlos Abboud, que comenzará a abrirse a recorridos guiados (ver abajo).
La historia no empieza como proyecto, sino como hogar. La casa se inauguró en 2006, en un terreno amplio —35 hectáreas— que, en ese momento, no tenía más pretensión que ser habitado. Sin embargo, el origen de lo que vendría después está, en parte, lejos de Uruguay. Abboud vivió durante décadas en Francia, donde su entorno estuvo marcado por la cercanía con artistas argentinos radicados en París. Ese contacto fue sedimentando su relación con el arte. El punto de inflexión llegó años después, casi de manera casual. Un amigo pintor le propuso producir juntos una escultura. La escala del proyecto —una pieza de tres metros y 800 kilos— implicaba resolver cuestiones que excedían lo estrictamente artístico, como logística, materiales, ejecución. Ese primer ensayo funcionó como una revelación. Ahí apareció una idea clave: para que ciertas obras existan, hace falta alguien que las impulse.
De esa experiencia inicial se desprendió una segunda, más ambiciosa. Abboud convocó a un grupo de amigos —pintores, una fotógrafa y el arquitecto de la casa— a realizar esculturas pensadas específicamente para ese paisaje. El resultado fue una suerte de laboratorio colectivo. Durante varios días, el predio se convirtió en un espacio de producción compartida, donde cada uno desarrollaba su obra, pero en diálogo con los demás. De ese gesto fundacional empezó a tomar forma el espacio que hoy ocupa el predio.
“Hicimos una especie de fiesta de cuatro días, editamos un libro y se hizo una película de unos 25 minutos”, cuenta el idealizador de Cerro Timbó en charla con Domingo.
Con el tiempo, el proyecto fue mutando. A esa primera etapa siguió otra, en la que comenzaron a sumarse artistas ya consolidados, de distintas procedencias: Japón, Holanda, España, Francia y Uruguay. La lógica dejó de ser la experimentación entre pares y pasó a incorporar trayectorias diversas.
Hoy, el parque reúne más de 50 obras, entre piezas de gran escala y otras más pequeñas. No hay un recorrido único ni una disposición rígida; las esculturas aparecen en diálogo con el entorno, entre árboles, lomas y caminos. Esa relación con el paisaje no fue del todo planificada. Hay decisiones —ubicación, dimensiones—, pero también una cierta deriva, un dejar que las cosas encuentren su lugar.
A esa dimensión se le sumó la de las réplicas. Interesado desde hace años por el arte antiguo, Abboud comenzó a incorporar reproducciones de piezas que, en sus versiones originales, pertenecen a museos o colecciones inaccesibles.
“Ahí entra otra cuestión: la mirada que Oriente tiene sobre la copia es distinta a la nuestra. Y eso terminó en una colección de réplicas de piezas del Museo del Louvre, del Museo de Arte Cicládico de Atenas y del Museo Bulgari”, cuenta.
En paralelo, el predio fue incorporando una dimensión productiva con la elaboración de dulces, mermeladas y jaleas (ver abajo).
Ese cruce entre arte y producción introduce una pregunta sobre la sostenibilidad del conjunto. Si bien el propio empresario reconoce que esa línea no alcanza para financiar el proyecto en su totalidad, sí aporta una dinámica económica que permite pensar el lugar en el largo plazo. La apertura a visitas se inscribe en ese mismo movimiento, porque más que un proyecto cerrado, Cerro Timbó funciona como un proceso en curso. En esa no rigidez aparece, también, su sentido.
“Hay obras que trabajan con el viento, otras con formas de vida, otras con referencias culturales. En total, hay muchos motivos para que este lugar despierte curiosidad. Ese es, en definitiva, mi objetivo”, afirma Abboud.
La aspiración es difusa, pero también ambiciosa: que alguien, en el futuro, encuentre ahí un punto de partida o hasta una vocación. En ese gesto de abrir y de invitar a mirar se juega, quizás, la próxima etapa.
Un lugar donde las frutas se cultivan sin apuro
Además del parque de esculturas, Cerro Timbó despliega una dimensión productiva propia. La elaboración de dulces, mermeladas y jaleas —comercializadas bajo la marca del propio predio— se apoya en un parque frutal que funciona con una lógica poco convencional.
Lejos del modelo intensivo, basado en grandes superficies de una sola especie, aquí la apuesta es por la diversidad. En el terreno conviven cítricos como naranja, pomelo, mandarina, lima y limón. Variedades mediterráneas como durazno, damasco, higo y ciruela. Frutos rojos como frutilla, frambuesa, arándano y mora. También se cultivan tomates y algunos frutos tropicales como el guayabo y el arazá; todo en escalas reducidas.
No es el camino más eficiente desde el punto de vista productivo, reconoce el empresario, pero sí es uno que prioriza la experimentación y el vínculo directo con la materia prima.
“La fruta viene de un espacio que funciona como un parque botánico frutal. En lugar de plantar grandes cantidades de una sola especie, plantamos mil plantas de 20 frutas distintas; requiere más trabajo, pero tiene otro valor”, dice Abboud sobre un proceso que comenzó hace dos años con fábrica propia y hoy vende unas 10.000 unidades al año.
Esa elección implica, también, otra relación con el tiempo. No hay una lógica de maximización del rendimiento, sino una atención puesta en los procesos: qué crece, cómo se adapta, qué combinaciones son posibles. No se trata de competir en volumen, sino de sostener una escala que permita cuidar cada etapa. Desde la cosecha hasta la elaboración, el foco está en mantener cierta coherencia con el espíritu general del lugar.
Paseo por esculturas, paisaje y producción
La apertura de Cerro Timbó al público no responde a un plan cerrado, sino a un proceso en construcción. Después de años funcionando como un espacio privado, el predio comienza a ensayar una etapa de visitas guiadas. No hay, por ahora, un calendario fijo ni una frecuencia establecida. “Estamos recién abriendo nuestras puertas y explorando en qué modalidad lo queremos hacelo”, explica Francisca Estenssoro, responsable de los recorridos. La lógica es más directa: quienes quieran visitarlo deben contactarse previamente al +598 96 427 067 o a la página de Instagram @cerrotimbo. En función de la demanda, se organizan los grupos.
La apertura, será una transición gradual. “No es tan fácil, porque es mi casa”, admite Abboud. Pero, al mismo tiempo, hay una voluntad de compartir lo construido, de volverlo accesible sin perder su carácter.
La experiencia propone algo más que un paseo. Durante casi tres horas el recorrido invita a caminar el terreno, detenerse frente a las obras y conocer las historias que las atraviesan. No se trata solo de ver esculturas, sino de entender cómo ese paisaje fue tomando forma con el tiempo, a partir de vínculos, decisiones y encuentros.
El trayecto se realiza a pie, por caminos de tierra que atraviesan lomas suaves y sectores arbolados. No hay grandes exigencias físicas, pero sí la recomendación de llevar calzado cómodo y protección para el sol en los días despejados. Al final, la experiencia se desplaza hacia otro registro. La caminata se cierra con una degustación de frutas y mermeladas producidas en el propio predio, prolongando el recorrido en el plano sensorial. Es, de algún modo, una síntesis de lo que propone el lugar: un cruce entre arte, paisaje y materia, donde lo que se ve y lo que se prueba forman parte de un mismo sistema.
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