Una posada en Punta del Diablo donde el alojamiento se transforma en experiencia artística y cerámica habitable

En el balneario rochense, la ceramista Cecilia D’Elía Dávila creó una posada atípica donde los huéspedes conviven con esculturas monumentales, jardines y arquitectura orgánica, en un proyecto que fusiona arte, vida cotidiana y hospitalidad.

Planeta Cuchitril
Planeta Cuchitril, en Punta del Diablo.
Foto: gentileza

En Punta del Diablo, a pocos pasos del mar y lejos de cualquier idea de alojamiento convencional, existe un lugar donde dormir implica habitar una obra de arte. Planeta Cuchitril es una posada, pero es también un territorio creativo en el que los huéspedes conviven con esculturas cerámicas de todos los tamaños —algunas monumentales—, jardines intervenidos y una arquitectura que se aleja de lo recto y previsible. Todo lleva la huella de Cecilia D’Elía Dávila, artista ceramista y anfitriona, para quien el barro es lenguaje, refugio y forma de estar en el mundo.

Su diálogo con la cerámica comenzó a principios de los años 90, en Castillos. La atrajo la ductilidad del material, la sensación de que todo lo imaginado podía tomar forma. Pronto entendió que el barro también exige conocimiento, tiempo y ensayo. Con el acompañamiento de dos ceramistas locales, libros prestados y uno fundamental sobre hornos cerámicos, construyó el primero de varios. A fines de esa década integró el grupo Bar-Cas (barro castillense) y empezó a exponer en ferias y muestras.

Cecilia Davila
A artista Cecilia Davila.
Foto: gentileza

En 1998 llegó por primera vez a Punta del Diablo junto a otros artistas y artesanos. El antiguo pueblo de pescadores la marcó de inmediato. Allí empezó a gestar la idea de vivir, crear y sostener un espacio dedicado al arte, con un enfoque permacultural y sustentable. En 2005 encontró el lugar: dos terrenos con un galpón precario, piso de tierra, agua de pozo y luz. “Planté bandera visualizando lo que podía construir”, recuerda. Su idea inicial no era una posada, sino un espacio artístico. La necesidad de generar ingresos y una pulsión creativa constante derivaron en lo que ella llama “esculturas para vivir”, y con ellas, en la llegada de los primeros huéspedes.

Posada Planeta Cuchitril
Posada Planeta Cuchitril.
Foto: Gentileza

Con el tiempo, recibir personas se volvió parte central del proyecto. Fue de las primeras en publicar su espacio en Airbnb, hace más de una década, mientras transformaba el entorno. En 2009 conoció a quien se convertiría en su esposo y compañero de esta aventura. Por esos años construyó también el portal de ingreso: un rostro rectangular que funciona como umbral simbólico. El nombre del lugar resume su filosofía. “Planeta”, inspirado en El Principito. “Cuchitril”, porque así era cuando llegó. Aunque lo cataloga como posada por una cuestión práctica, Dávila lo define como su refugio. Quizás por eso quienes llegan sienten que entran, por un rato, en el universo íntimo de una artista para quien vida y obra son una sola cosa.

Planeta Cuchitril
Obra en la posada Planeta Cuchitril.
Foto: @planeta_cuchitril_p.deldiablo

En Planeta Cuchitril los límites entre arquitectura, paisaje y piezas artísticas son deliberadamente difusos. El lugar funciona como un organismo vivo que evoluciona junto a su creadora. Una de las cabañas, por ejemplo, es una obra hecha a mano por Dávila, también la piscina del local está hecha por sus manos y hay una infinidad de esculturas esparcidas por el lugar.

Su producción artística atravesó diversas etapas. Hubo períodos dedicados casi por completo a la construcción de esculturas de gran escala, donde la forma era central, y otros en los que la textura tomó protagonismo. Vivir entre el campo y el mar es una fuente constante de inspiración y, por eso, la geografía de la zona, rica y cambiante, atraviesa su obra.

“Me conmueven las texturas de la naturaleza -dice-, las observo, las introyecto y luego intento replicarlas, aunque sé que a la naturaleza nada la compara”.

Planeta Cuchitril
Entrada de la posada Planeta Cuchitril.
Foto: @planeta_cuchitril_p.deldiablo

El ritmo del local también responde a las estaciones. En invierno, la actividad se repliega; en primavera comienzan a llegar los mensajes de los huéspedes reincidentes, quienes reservan con anticipación y acompañan cada transformación del espacio. Para la artista, no son clientes sino parte de una familia ampliada. A los nuevos visitantes les comparte procesos, ideas y relatos: cada obra tiene una historia y cada una la representa de algún modo. Una glorieta en forma de manzana gigante, por ejemplo, se inspira en La metamorfosis de Kafka y propone un final alternativo.

En marzo, el proyecto cumplió 20 años de construcción continua. Un proceso sin cierre. Como la propia creadora insiste: Planeta Cuchitril no está terminado, porque sigue vivo.

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