El taller que fue creado por tres referentes del arte uruguayo celebra 40 años y hoy respira frente al mar

Fundado en 1986, el Taller de la Buena Memoria se convirtió en una referencia del arte gráfico nacional. Entre tertulias, experiment,ación y una dimensión comunitaria, forjó un modelo de aprendizaje que trascendió la enseñanza formal del arte.

Taller de la buena memoria
Taller de la buena memoria.
Foto: gentileza

En 1985, en una sala del Museo Nacional, seis jóvenes de poco más de 20 años se animaron a inscribirse en un curso en carácter de posgrado cuando todavía no tenían ni grado. “Nos presentamos bien a lo uruguayo, como atrevidos”, recuerda Pedro Peralta en charla con Domingo. El docente era el norteamericano David Finkbeiner, profesor de la Universidad de Nueva York, y su consigna desarmó cualquier protocolo: no quería títulos ni currículum, quería obra.

Aquellos tres meses fueron una experiencia fundacional. Entre artistas consagrados y aprendices desbordados de energía, el grabado dejó de ser una técnica para convertirse en un destino. Peralta entraba al taller a las siete de la mañana y salía a las diez de la noche. “Casi me divorcio”, rememora entre risas. Pero en ese fanatismo nació algo más que una vocación, nació también una comunidad.

“El curso era de la técnica de grabado fotográfico, pero nos dio la posibilidad de conocer varias técnicas. Fue muy loco porque de los artistas mayores, algunos hicieron tres grabados en ese tiempo y nosotros, que éramos pibes de 20 años, hicimos 11, 15. Y se hizo una exposición final en la que tuvimos terrible crítica nosotros, los más chiquitos; fue alucinante”, rescata.

Al terminar el curso, el problema era práctico y urgente, no había prensa para seguir trabajando. Mandaron a fabricar una en 1986. Y junto a su madre, Lacy Duarte, y el artista Edgardo Flores, fundaron el Taller de la Buena Memoria.

“El Piki (Edgardo) es un tipo que es grabador de alma. Yo soy un artista que hace grabado, son dos cosas distintas. Grabador es un tipo que es técnico y organizado y que no rompe una regla ni a cañón. Ya el artista, si una técnica mal hecha le da el resultado que quiere, la usa”, comenta Peralta.

La idea era simple y radical: cualquier artista que quisiera imprimir podía hacerlo. No importaban credenciales, sino necesidad y deseo.

La prensa, bautizada Yolanda, mide ochenta por noventa y es una de las más grandes de Uruguay. Tiene nombre propio y biografía. Donde va Yolanda, va el taller. Empezó en el Parque Rodó, tuvo su feudo en Ciudad Vieja durante años y hoy respira frente al mar, en el Balneario Buenos Aires, en Maldonado. El traslado no fue solo geográfico, también fue una forma de insistir en que el arte puede florecer lejos de los centros.

Durante cuatro décadas, funcionó como laboratorio. Las clases eran excusas para discutir, compartir, equivocarse menos. “Un taller no enseña arte; el arte se lleva dentro y cada uno debe descubrirlo por sí mismo”, sostiene Peralta. Más que cátedra, dice, desde sus comienzos el espacio recuperó la tradición de la tertulia, de disentir, pensar en voz alta. La teoría no como materia abstracta, sino como experiencia compartida. “Siempre fui uno más en el taller. Alguien que ya hizo, se equivocó y entonces ayuda a que otros no pierdan tiempo repitiendo errores”, señala el artista.

Cada año empezaban quince alumnos y, al mes, ya eran quince becados: el taller nunca llegó a sostenerse con aranceles: “Al principio nunca le pudimos cobrar a nadie porque no era nuestra función ni la idea principal”.

Taller de la buena memoria
El Taller de la buena memoria hoy se encuentra en Balneario Buenos Aires.
Foto: gentileza

Una artista y su huella

La figura de Lacy Duarte (1937-2015) atraviesa esta historia —y la del arte uruguayo— como una corriente eléctrica. Peralta habla de su madre con una mezcla de reverencia y asombro. La define como una artista “mágica”, capaz de convertir una muñeca mutilada en un objeto de poder.

Su obra nació del campo, de las mujeres, de la intemperie emocional del interior profundo. “Me puse a trabajar a partir de la rememoración de vivencias y situaciones que habían sido las mías, durante mi infancia y juventud en el campo. Quería traer a los circuitos culturales establecidos y reconocidos esa cultura que me había marcado”, escribió Lacy en 2001. En esa decisión de volver sobre lo vivido construyó una poética donde memoria y territorio no eran tema, sino materia viva.

En un campo donde la técnica suele imponerse como dogma, defendía la honestidad emocional, el “vómito creativo”. Arrugaba el papel antes de dibujar para que tuviera vida. Luchó por los derechos de las mujeres desde los años cincuenta, cuando ser artista y mujer era una doble batalla.

En el taller no daba clases formales, pero su presencia marcó generaciones. Muchos dicen haber sido alumnos suyos pero, en realidad, recuerda Peralta, fueron testigos de su actitud ante el mundo.

La última serie que produjo, Los “pintujos” —entre 2010 y 2015— surgió del cruce entre pintura y gráfica, y fue celebrada en una retrospectiva simultánea en el Museo Nacional de Artes Visuales y en el Museo Blanes. Una consagración doble para una obra que nunca se ajustó a manuales.

Lacy Duarte
La artista uruguaya Lacy Duarte.
Foto: MNAV

La "hermana menor del arte"

En Uruguay, la gráfica cargó durante años con el estigma de ser el “arte menor”. “Porque el sistema que siempre trata de manejar el arte —que es inmanejable, porque los artistas somos libres—, ha decretado históricamente que la gráfica y el grabado son la hermanita menor y fea del arte. Y por lo tanto es muy difícil. El precio de una obra de grabado siempre es muchísimo menor que el de un dibujo o una pintura”, explica Peralta.

Tras el cierre del histórico Club de Grabado de Montevideo en dictadura, pocos sostuvieron la tradición con continuidad.

“Tampoco es que competimos por ser los más viejos. Nosotros lo que queremos ser es un lugar de encuentro y de amor por el arte. Nunca creamos para salir en un catálogo o una revista. Lo hicimos y hacemos porque necesitamos, porque si no hacemos nos morimos”.

La ética del taller también se forjó en la escasez. El artista y maestro Luis Solari le enseñó a Peralta que “la pobreza produce magia”. Si no había herramientas para la mezzotinta —técnica de grabado—, se inventaban. Si el barniz era caro, se preparaba. De esa precariedad creativa nacieron técnicas mixtas sobre cartón. “Todo el mundo creía que eran grabados en metal y eran cartones pegados humildemente. La cuestión era solucionarlo con cosas”, cuenta.

Nunca creamos para salir en un catálogo o una revista. Lo hicimos y hacemos porque necesitamos, porque si no hacemos nos morimos.

Esa misma entrega —esa inventiva nacida de la escasez— traspasó fronteras. Con el pasar de los años Peralta llevó su obra a varios países, con frecuencia a China y a Paraguay, y encontró afinidades en el respeto por el oficio y en la dimensión artesanal del grabado. En Beijing trabajó en el Chao Printmaking, un taller-hotel dedicado exclusivamente a la gráfica. Allí, junto a la artista uruguaya Florencia de Palleja, experimentó otra escala del tiempo: grabados que pueden demorar meses.
“Ellos tienen otra relación con el tiempo, no están apurados”, dice.

También pasó por ese espacio Patricia Bentancur, trazando una pequeña constelación uruguaya en medio de China. “Son los lazos que la gráfica hace”, celebra Peralta. Ahora, entre sus planes, está volver al interior del país asiático para trabajar durante tres meses. Otra vez la tradición china entrará en diálogo con la inventiva uruguaya y, en ese intercambio, el grabado demuestra que puede ser, también, un idioma común.

Ese diálogo silencioso entre matrices quizás explique también el nombre que eligieron para el taller en 1986. Uno que no alude a la nostalgia ni al ejercicio pasivo de recordar, sino a la práctica activa de transformar la experiencia en huella. Para Pedro Peralta, la memoria es un territorio de trabajo, un espacio que se talla, se imprime y se vuelve a mirar. En un país que salió de la dictadura necesitando reconstruir sentidos, llamar así a un taller de grabado fue también una forma de posicionarse.

Taller de la buena memoria
Pedro Peralta.
Foto: gentileza

Hoy, a 40 años de aquella prensa recién nacida, el taller proyecta celebraciones discretas: exposiciones, intercambios con grabadores de Viena, itinerancias por el interior. Pero más allá del calendario, la única premisa es la libertad de seguir creando.

“Estoy muy tranquilo porque sé que cuando yo no esté, mi Yolanda va a seguir en posición”, sostiene.

En tiempos de memoria frágil y velocidad constante, el Taller de la Buena Memoria insiste en otra temporalidad. Allí, frente al mar de Maldonado, la gráfica sigue siendo un acto de resistencia íntima.

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