Liniers y la creación sin respuestas: por qué dibujar sigue siendo su forma más honesta de pensar el mundo

En la previa de sus dos shows con Kevin Johansen en el festival Medio y Medio, este 29 y 39, el dibujante e historietista argentino, radicado en Estados Unidos, habló con Domingo. Acá, una charla sobre su camino, por qué empezó a dibujar y hacer "periodismo de lo chiquito" y qué trabajos no los hace públicos.

Ricardo Siri Liniers. Foto: Instagram @porliniers

¿Qué merece ser mirado con atención, lo grande o lo mínimo? ¿El estruendo o lo que pasa casi desapercibido? ¿Una verdad rotunda o una emoción chiquita? ¿Y qué pasa cuando, en lugar de buscar respuestas, uno se queda un poco más en el cuestionamiento?

En ese territorio de preguntas —incierto, mínimo, deliberadamente lento— se mueve Ricardo Liniers desde hace más de dos décadas. Sus dibujos no levantan la voz ni prometen revelaciones: observan. Se detienen. Preguntan en voz baja, como quien no quiere interrumpir algo frágil. Y en esa insistencia por mirar de cerca lo pequeño terminó construyéndose una obra que, sin proponérselo, se volvió refugio para muchos.

En charla con Domingo, el dibujante e historietista actualmente radicado en Estados Unidos, habla de su obra sin solemnidad, con una honestidad que esquiva la grandilocuencia retrospectiva. Dice que Macanudo, desde el primer día, no se proponía ser un proyecto cerrado ni una idea a largo plazo, sino un espacio para indagar sobre el mundo. “Yo no entiendo el planeta. Si lo hubiese entendido con mis historietas, hubiese dejado de dibujar. Pero como todavía sigo muy confundido, tengo que seguir dibujando”, dispara.

Cuando empezó a publicar en un diario, el miedo era concreto. No pensaba en décadas ni en libros recopilatorios. Pensaba en el corto plazo. En la posibilidad real de que, al poco tiempo, se le acabaran las ideas. “¿Y si después de dos meses no tengo más chistes?”, recuerda sobre el escenario incómodo que más de una vez se le pasó por la cabeza. Ese temor inicial no desapareció del todo; mutó en una forma de trabajo basada en la incertidumbre. Dibujar sin saber qué viene después.

Esa lógica —la de seguir porque no entiende— atraviesa toda su trayectoria. También explica por qué sus tiras fueron cambiando sin perder identidad. Entre los primeros dibujos y los actuales hay vidas acumuladas: hijas, mudanzas, pérdidas, descubrimientos. Liniers se reconoce en esos cambios y le interesa que queden a la vista. Que quien vea con atención pueda notar que ahí hubo alguien que fue otro y que, mientras tanto, siguió dibujando.

Liniers
El dibujante e historietista regresa a Uruguay este 29 y 30 de enero.
Foto: gentileza

De adolescente, cuando empezó a dibujar en serio, sentía que no le pasaba nada digno de ser contado. Leía las biografías de sus héroes —Woody Allen, Chaplin, Quino, Maitena Burundarena— y encontraba vidas atravesadas por conflictos, traumas, historias fuertes. “¿De qué voy a hablar?”, se preguntaba. Con el tiempo descubrió algo más simple y menos romántico: que vivir un rato alcanza. Que tarde o temprano las cosas pasan. Y que, cuando pasan, algo se tiene para decir.

En el diario, mientras las páginas se llenaban de guerras, crisis, liderazgos estridentes y catástrofes globales, Liniers eligió ocupar otro lugar. Frente al “periodismo de los gigantes y los oscuros”, como lo llama, apostó por un periodismo de lo mínimo. Esa elección aparece con claridad cuando se le pregunta por lo que le resulta más difícil de traducir en la historieta:

¿Hay alguna emoción que te haya costado en algún momento poner en el papel?

Cuando empecé la historieta quería que fuese un espacio muy libre, donde valiera todo. Pero una de las pocas cosas que pensé hacer concienzudamente fue tratar de que fuese un espacio de optimismo. Y también por una cuestión de contexto, ya que en el diario están las malas noticias. Las buenas noticias no son noticias, salvo que vayamos a tocar con Kevin Johansen en Medio y Medio (se ríe). En general, en el diario está lo grande, lo gigantesco: la guerra, Donald Trump que quiere comprar Groenlandia, todo el quilombo que hay en el mundo. Yo quería que mi espacio fuese un espacio donde después de toda esa negatividad hubiese un lugar donde una chiquita olía los lápices recién sacados a punta y decía: “Ah, qué rico ese olor”. El mío era un periodismo de lo chiquito, un poco más luminoso. Esa era mi misión con la historieta.

No hay en esa misión un gesto heroico, sino una ética del cuidado. También una noción muy precisa del ritmo. Liniers habla mucho de los silencios, de los espacios en blanco, de lo no dibujado. Los compara con la dirección cinematográfica: la misma historia puede cambiar por completo según cómo se cuente. Para él, una historieta es una película mínima, donde cada pausa importa tanto como el remate, si es que hay remate.

Liniers en concierto
Liniers en concierto.
Foto: gentileza

Durante los primeros años, incluso hubo tensiones con esa idea. Un editor, con buena intención, le sugirió que agregara más remates porque “la gente no entiende si no”. A la semana siguiente, Liniers volvió con una tira hecha solo de remates, sin chiste. “Decía: ‘porque la sirena se tomó un mate’, y nada más. El editor me miró con una cara de cansancio, dijo que debía haber tenido un día largo y ahí quedó”, recuerda entre risas.

“A mí tampoco me interesaba hacer una historieta que se volviese muy predecible. Después de más de 20 años es difícil que no se repitan cosas, pero yo quería la sorpresa: que el dibujo, el formato, la idea o la manera de resolverla fuese algo diferente”, suma.

Esa misma búsqueda explica por qué abandonó rápido el humor político explícito. “A veces mi trabajo me sirve para hacer catarsis, para sacarme la angustia de encima. Cuando empezó Macanudo quería que hubiese de todo. No quería una tira sobre oficina, ni sobre política, ni sobre pareja, porque no soy experto en nada. En un momento intenté hacer humor político dibujando a los políticos como niños. Dibujé a Alfonsín, Menem, De la Rúa. Me di cuenta de que los odiaba también de niños. No tenía ninguna necesidad de dibujarlos. Así que dejé eso”, rescata.

Los personajes que crea surgen sin planificación. Algunos se quedan, otros pasan y desaparecen. Liniers no los diseña para que funcionen: los dibuja para ver si aparecen. La historieta es el lugar donde él mismo va a descubrir qué pasa. La dibuja por la misma razón por la que muchos la leen: no sabe qué va a pasar después.

Ricardo Liniers
Ricardo Liniers durante concierto.
Foto: gentileza

Esa curiosidad permanente también explica su vínculo con Kevin Johansen. Se conocen desde hace más de 20 años, cuando todavía no existía la idea de compartir escenario. Primero fue la música, le gustó Johansen como fan, por su humor más cerca de Randy Newman que de la canción humorística tradicional. Después vino la amistad. Asados, charlas largas, discos el último, Desde que te Madrid, fue lanzado en 2025. El trabajo en conjunto apareció más tarde, casi por azar.

Al principio, Liniers dibujaba tras bambalinas, literalmente fuera de la vista y, dice, muerto de miedo. Luego empezó a dibujar en vivo. Finalmente, Kevin lo empujó a aparecer. Ahí entendió algo clave: que la fiesta estaba arriba y que el dibujo también podía ser un acto público, compartido, expuesto al error.

Entiende que todo fluyó porque el código de la amistad que tenían abajo se trasladó arriba. Podían bardearse, improvisar, salirse del guión. “El escenario es el lugar más contagioso del mundo”, afirma sobre una experiencia que vuelve a tomar forma esta semana, el 29 y 30, cuando ambos se presenten en el Festival Medio y Medio, en Punta Ballena.

No es un concierto ilustrado ni una muestra de dibujos con música de fondo, sino un diálogo vivo entre dos lenguajes que se conocen y se permiten jugar. La canción avanza, el dibujo responde; el dibujo propone, la música corre.

Lo que se guarda

Aun después de más de dos décadas de trabajo diario y diversas publicaciones, Liniers conserva zonas que no expone. Por ejemplo, un libro hecho durante 17 años para sus hijas, terminado y regalado la última Navidad, queda fuera del circuito público. Porque no todo lo que se dibuja necesita ser compartido. Y porque el dibujo, para él, no es solo un oficio ni un espectáculo, es un vínculo. Esa idea salta con fuerza cuando intenta definir, sin adornos, qué lugar ocupa el dibujo en su vida:

—Si tuvieras que hablar de tu relación con el dibujo, sin épica ni frases amables, ¿cómo la describirías?

Hmm, nunca me lo habían preguntado de esa forma y me gusta la pregunta (se toma unos segundos)... Creo que fue un puente que pude armar en un momento de necesitar conectarme con la gente, porque era muy tímido a los 20. Con el tiempo me di cuenta que la timidez tiene que ver mucho con el ego, con el miedo de lo que la gente va a pensar. Y el dibujo fue mi manera de salir de esto, de poder armar algo que me presentara antes de que yo llegara a un lugar. Cuando mi trabajo ya había más o menos empezado a funcionar, yo llegaba a los lugares y decían “ah, vos sos el que dibuja los pingüinos”. Ahí yo ya sentía que no tenía que explicar quién era. Y me saqué la timidez. Entonces para mí el dibujo fue el puente hacia el otro. Estoy en desacuerdo con Sartre que dice que el infierno son los otros; me parece que Sartre era un amargo (se ríe).

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