El verano en el Río de la Plata suele funcionar como un amplificador emocional. El clima, la cercanía, la escucha, todo parece intesificarse. En ese contexto llega Bahiano a Punta del Este, donde el viernes se presentará en Soto Bosque, un escenario que propone una experiencia cercana, lejos de los formatos masivos. La propuesta es simple y directa: canciones conocidas, un repertorio trabajado durante décadas y una noche pensada para disfrutar sin sobresaltos.
Uruguay ocupa un lugar estable en el mapa afectivo y profesional del cantante y compositor argentino. “Es un país que siempre me trata con buena onda”, dice en charla con Domingo, y no suena a frase de ocasión, es visitador frecuente. En 2024 realizó una pequeña gira por el interior del país, y el año pasado repitió la visita en Montevideo y Paysandú.
Con 40 años de trayectoria, Bahiano mira ese recorrido sin grandilocuencia. Comenzó en la música en 1985, pasó 17 años al frente de Los Pericos y desde 2004 desarrolla una carrera solista que ya supera las dos décadas. Ese pasaje marcó un quiebre.
“Siempre fui introvertido y la música me permitió expresarme y sentirme libre en el escenario; ser solista fue un nuevo comienzo”, cuenta.
Dejar atrás el nombre en plural implicó quedar más expuesto, asumir que la responsabilidad artística —lo bueno y lo malo— recaía directamente sobre él. Fue un período de aprendizaje, de nuevas composiciones y de desafíos que lo obligaron a redefinir su lugar como intérprete y como autor, sostenido por el trabajo en equipo, aunque desde otro rol.
“Hubo caos entre los fans, amores y odios y fue difícil. Competía conmigo mismo porque era una banda de 17 años contra un solista que recién empezaba. Yo había escrito la mayoría de las canciones y era extraño competir con eso. Me refugié en la música, fui fiel a mis propuestas y me rodeé de buenos músicos”, rescata.
Lejos de las épicas y de los relatos lineales, concibe su recorrido como un proceso en permanente ajuste, donde cada etapa exige decisiones nuevas. “Vivir de la música no es un camino recto, es sinuoso. Hay éxitos y caídas profundas, y recuperarse siendo una persona pública es difícil. En mi caso, lo principal fue respetar lo que hago. Siempre hubo gente a la que le gustó mi música y me apoyé en eso. Pienso mucho en mi público, en qué espera de mí. Algunos quieren que hagas siempre lo mismo, pero la música también es experimentar y jugársela”, anota.
Esa forma de entender el oficio también se expresó en una discografía que fue creciendo sin apuro y sin obedecer a mandatos. Desde 2005, cuando lazó Bahiano BH+, fue construyendo un catálogo propio que combina discos de estudio, registros en vivo y revisitas a canciones que lo acompañaron en distintas etapas. No se trató de una ruptura con su pasado, sino de cambiar el punto de vista y el modo de pararse frente a las canciones. En ese recorrido hubo espacio para el reggae, pero también para la canción, el rock, climas más introspectivos y una búsqueda interpretativa cada vez más consciente.
En Pura Adrenalina, su último disco en vivo grabado en el Teatro Coliseo -un formato que valora especialmente- aparece con claridad esa relación madura con el repertorio: canciones que cambian de piel, versiones bilingües y un diálogo permanente entre el pasado y el presente. Grabar en vivo, dice, también es una forma de mostrar cómo suenan realmente esas canciones después de haberlas cantado durante años.
En ese punto aparecen temas emblemáticos, que atraviesan generaciones y funcionan como una marca indeleble. Canciones como “Pupilas Lejanas” o “Sin Cadenas” siguen ocupando un lugar central en sus conciertos. “Las escribí, las corregí, las grabé y las canté infinidad de veces. Y lo que más me asombra es que la gente no se cansa de escucharlas”, dice. Y destaca que lo que más le sorprende es la transformación del público: quienes las escuchaban a los 22 hoy llegan con otra historia encima, y al mismo tiempo aparece una generación más joven que las hace propias. “Mi público muta, y eso está buenísimo”, resume.
El reggae fue el territorio que le permitió construir una identidad propia. Llegó a él después del rock y quedó impactado por la mezcla, el pulso y la voz de Bob Marley. A partir de ahí, el género se volvió un espacio de exploración constante.
Tocó en Jamaica en los años 93 y 94, recorrió escenarios de reggae en Latinoamérica y, hace poco más de dos años, grabó una canción con Julian Marley que terminó formando parte de un disco ganador del Grammy. Sin embargo, observa que en Argentina el reggae sigue ocupando un lugar lateral, más por decisiones de la industria que por falta de artistas o de público.
“Se nutre de sus propios artistas y del reggae mundial. No es para todo el mundo. Hay muy buenos exponentes en Latinoamérica, pero no lo veo integrado al rock nacional. Tal vez es una percepción mía, pero siento que la industria lo incluye poco”, dice.
La música brasileña es otra de las columnas de su universo sonoro. Chico Buarque, Gilberto Gil, Vinicius de Moraes, Toquinho, Maria Creuza, el samba y el reggae brasileño aparecen como un sustrato permanente, mezclado con la canción argentina. En su último disco en vivo, por ejemplo, incluyó una versión de “Vamos Fugir” en español y portugués. Ese ida y vuelta entre lenguas y tradiciones no es un gesto aislado, sino parte de una búsqueda que lo acompaña desde hace años.
En tiempos de redes sociales, se define como “vieja escuela”. Viene de una época de radio, televisión y procesos lentos, pero reconoce que hoy la comunicación no tiene techo. Las plataformas permiten autonomía, aunque también exigen una producción constante de contenido. “Cada uno comunica como quiere, pero para mí, si sos músico, la comunicación debería partir de la música”, sostiene.
A los 63 años, dice estar en una etapa óptima. Tiene un repertorio enorme y ninguna urgencia. Compone cuando siente que es el momento, sin apuro por seguir el ritmo acelerado y efímero de la industria actual. Observa con cierta preocupación un panorama donde las canciones duran poco y cuesta construir una identidad musical sólida. Aun así, no idealiza el pasado, sabe que son otros tiempos y que cada generación enfrenta sus propias reglas.
Su mirada sobre la vida es reflexiva, incluso melancólica. Cree en las estrofas, los estribillos y los puentes, en la melodía como espacio de sentido. “Trato de no decir lo mismo que dicen todos, pero cuando escribo soy bastante melancólico. Tengo ese costado: empiezo a escribir y aparece un tono casi tanguero, ligado a las cosas de la vida cotidiana”, comparte.
Cuando sintió que su vida alimentaba más el cuerpo que el alma, inició una búsqueda espiritual que lo llevó a la Kabbalah y a un maestro. Por eso busca, dice, una vida tranquila y sencilla, lejos de lo superficial, y esa búsqueda también se filtra en su manera de estar sobre el escenario.
Quizás es por eso que el próximo viernes, en Soto Bosque, no habrá experimentos extremos ni gestos grandilocuentes. Bahiano aclara que la gente va a encontrar canciones que conoce y una noche para disfrutar. En un verano que acelera todo, la propuesta parece ir a contramano: bajar un cambio, escuchar y dejar que la música haga su trabajo. A veces, eso es más que suficiente.
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