Julieta Laso vuelve a Uruguay: la cantante que convirtió la noche, el tango y la herida en una forma de cantar

Una de las voces más reconocibles del Río de la Plata regresa a Montevideo con adelantos de Fabriquera, su próximo disco. En charla con Domingo, recordó su llegada al tango, el camino que la llevó a construir una voz propia, su mudanza a Salta junto a su pareja, la directora Lucrecia Martel, y las búsquedas que atraviesan esta etapa de su vida.

Julieta Laso
Julieta Laso.
Foto: gentileza

Escuchar cantar a Julieta Laso (43) produce una sensación difícil de explicar del todo. Hay algo en su voz grave, áspera y elegante al mismo tiempo, que parece abrir una grieta temporal. Como si sobre el escenario convivieran varias épocas a la vez: el tango de arrabal, cierta teatralidad antigua, la noche porteña y una sensibilidad completamente contemporánea. Julieta canta con una intensidad que no busca el impacto rápido. Su voz más bien se instala. Obliga a escuchar. Y quizás por eso se volvió una de las intérpretes más singulares de la música rioplatense actual.

Pero detrás de esa presencia escénica que parece existir desde siempre, el comienzo fue mucho más doméstico y azaroso de lo que podría suponerse. Hay una imagen que ella repite cuando le preguntan cómo empezó todo: un patio angosto, un departamento en Parque Chacabuco, Buenos Aires, y una chica que cantaba sola en el baño. Uno de esos departamentos que lindan con otros, separados apenas por patios de un metro por dos donde la voz viaja sin pedir permiso. Del otro lado del muro vivía Carolina, la mujer de Yuri Venturin, director de la Orquesta Típica Fernández Fierro, una de las agrupaciones más importantes del tango nuevo argentino. Carolina la escuchó. Y cuando la orquesta necesitó cantante, se acordó de la chica del patio.

Ese mundo, desde el principio, tuvo más dimensiones de lo esperado. El debut con la Fernández Fierro no fue en Buenos Aires ni en ninguna milonga del barrio: fue en Australia. Desde entonces, Julieta Laso construyó una trayectoria que la llevó por escenarios de América Latina y Europa, primero como parte de la orquesta y luego en un camino solista cada vez más personal.

Ese recorrido tendrá una nueva parada en Montevideo el próximo 6 de junio, en Sociedad Urbana Villa Dolores, con los primeros adelantos de Fabriquera, el disco producido por Daniel Melingo que prepara para este año y que define como el trabajo más íntimo y cuidado de toda su discografía. Aunque el lanzamiento oficial será a fin de año, el público montevideano estará entre los primeros en escuchar algunas de las nuevas canciones.

Una actriz que terminó siendo cantante

Antes del tango hubo teatro. Julieta llegó a las artes escénicas a los 9 años y durante mucho tiempo su horizonte fue el de la actuación. La música estaba, sí, pero como fondo familiar: Mercedes Sosa en los viajes en auto, Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Zitarrosa. A los 12 llegó una obsesión nueva: Tita Merello. Algo del tango ya había empezado a instalarse.

Pero la bisagra llegó más tarde, en una obra de teatro donde tenía que cantar y donde conoció a Alejandro Balbis, quien era el director musical. Él fue el primero en decirle, con la certeza de quien no necesita argumentar demasiado: “Negra, vos tenés que cantar tango”. Y la llevó a la milonga Orsai, en la calle Independencia de San Telmo, un espacio que ya no existe, pero que funcionó como sala de bautismo para muchos músicos. Ahí, por primera vez, Julieta cantó tango frente a gente que sabía. Los directores de orquesta se le acercaron. Las cosas, como dice ella, empezaron a pasar solas.

Conoció al Cuarteto de la Púa, su primer grupo, y no paró más. Después vino el episodio del patio, el llamado de la Fernández Fierro y cinco años de aprendizaje a fuego lento en una de las orquestas que más hizo por renovar el tango. Con ellos grabó dos discos, viajó por festivales en Europa, cantó cuatro o cinco veces por semana durante años. “Fue un cambio absoluto de vida. Empecé a vivir de la música y a viajar por el mundo”, dice en charla con Domingo.

Cuando se fue, para emprender su camino solista, atravesó uno de los momentos más difíciles de su carrera, aunque la intuición terminó confirmándole que era el paso correcto.

—¿Qué encontraste en la música que no te daba el teatro?

Cuando me agarró la música estaba un poquito deprimida, había dejado de creer un poco en mi recorrido. Con el tango fue totalmente diferente: era todo el tiempo buenas noticias y las cosas se iban dando solas. No paré de trabajar. Fui muy ayudada por muchos músicos, a quienes agradezco siempre. La música me conectó mucho con la gente, eso es algo hermoso. Yo viajo mucho y a donde vayas con la música tenés amigos, te reciben, te dan un plato de comida, te invitan a una zapada. Hay una cosa muy de conexión con las personas.

Julieta Laso
Julieta Laso regresa a Uruguay con adelantos de "Fabriquera".
Foto: gentileza

Su vínculo con Uruguay fue creciendo de manera orgánica junto a su recorrido artístico. Además de Alejandro Balbis —a quien reconoce como una figura decisiva en su acercamiento al tango—, en los últimos años ha compartido escenarios y afinidades con uruguayos de distintas generaciones, entre ellos Mocchi, con quien mantiene una cercanía artística atravesada por una sensibilidad común alrededor de la canción, la intensidad escénica y cierta forma de entender la música desde lo emocional y lo colectivo. Volverá, adelanta, como invitada para un concierto suyo dentro de poco.

Todo eso —la noche, el teatro, el tango, los viajes y los vínculos— terminó decantando en una obra difícil de encasillar. Julieta construyó una discografía que no cabe cómodamente en ninguna categoría. Sus cinco discos trazan un mapa de la música popular latinoamericana que va del tango más arrabalero al folklore del norte argentino, de la canción rioplatense a los ritmos del altiplano.

Cabeza Negra, producido por Venturin, es quizás el más nocturno de todos, una especie de descenso hacia climas densos donde la voz lleva el peso de historias que no terminan bien. Pata de Perra, en cambio, producido por el músico chileno Aldo “Macha” Asenjo, abre el espacio y deja entrar el color, la alegría y la tierra.

Esa estética nocturna aparece también cuando habla de sí misma. “Es algo que me pertenece y forma parte de mi universo. He ido dejando la noche porque ya estoy más grande y cansada”, dice entre risas. “Pero el tango y mucho de lo que aprendí lo aprendí en la noche”.

Mudarse a Salta y conectar con otras sonoridades

La conexión con el norte argentino, dónde eligió vivir desde la pandemia, es una convicción profunda. Frecuenta desde hace años encuentros de copleros, carnavales y espacios donde el folklore no es espectáculo sino práctica comunitaria.

“Tengo una relación con el norte desde muy chica, de mucha fascinación y mucho amor por el folclore, por la copla, por la baguala. Estar en contacto con ese mundo me enriquece mucho. Este año lo arranqué en el encuentro de copleros, que es como un oxígeno, una medicina para la vida, sobre todo en estos tiempos", dice. "Salir de Buenos Aires siempre es algo que recomiendo. Tenemos un continente tan rico que a donde mires hay cosas maravillosas”, suma quien eligió transitar la vida en la tierra de su pareja, la cineasta Lucrecia Martel, una de las directoras más reconocidas del cine latinoamericano, cuya mirada sobre el mundo no parece ajena a la sensibilidad que Julieta despliega en sus canciones.

Y aunque hoy su vida transcurre en un tránsito continuo entre Salta y la capital, todavía sigue cerrando círculos que empezó a dibujar décadas atrás. El nuevo disco, por ejemplo, cierra una historia que empezó a los 16 años.

Julieta recuerda el momento en que escuchó Tangos Bajos, de Melingo, y algo se acomodó dentro de ella aunque todavía no sabía bien para qué. Años después, cuando ya cantaba, pensó: “Quisiera trabajar con el maestro Melingo”. Lo dijo en voz alta más de una vez. Y hace unos años, el exintegrante de Los Abuelos de la Nada la llamó para acompañarlo como invitada en uno de sus conciertos. De ese encuentro nació una relación que tiene, en sus propias palabras, “mucho amor, mucho cariño y de mi lado muchísima admiración”.

Fabriquera es el resultado de dos años de trabajo paciente y será un disco minimalista y tangüero, donde la voz ocupa el centro, adelanta. “Era muy aguerrida de más joven y ahora estoy intentando encontrar otros lugares”, explica.

Su trayectoria también la ha llevado al cine. Ha participado en producciones cinematográficas como Terminal Norte (2021) que la acercaron a otro lenguaje expresivo, cerrando de alguna manera el círculo con aquella niña de nueve años que quería ser actriz.

Estar en las calles

Hay algo en la forma en que Julieta habla de la música que remite inevitablemente a la idea de encuentro. Canta, dice, para comunicarse. “Siempre que estoy cantando, estoy hablando de cosas que me pasan a mí y que nos pasan un poco a todos, por eso la música es como un abrazo que nos damos todos en ese momento”, afirma. Y suma: “Todo el tiempo me vienen a contar historias de despedidas, de duelos. Muchas canciones llevan a las personas a sus padres, a sus abuelos. Soy muy consciente de eso y voy directo para ahí”.

Esa conciencia sobre lo que una canción puede despertar en quien escucha es parte central de su forma de entender el oficio. Y quizás también por eso le resulta imposible separar del todo la música de lo que ocurre afuera del escenario. Esa lógica la lleva a involucrarse públicamente en temas políticos y sociales. Los últimos años, reconoce, han sido difíciles.

“Este es un tiempo que no creí que iba a vivir. Me atravesó mucho el dolor por el genocidio palestino, resulta tan evidente la posición que hay que tomar, pero parece que no”, sostiene quien vio su salud mental afectada. Cerró su cuenta de Twitter, recurrió a terapia y buscó protegerse del enojo constante.

“No fue un tema fácil de manejar por el dolor, por el enojo y también por el silencio que hay aquí, por todas las cosas que pasan cuando uno opina. Ha sido un tema que me trajo bastantes conflictos con amigos, productores, etcétera. Pero es la forma que uno elige vivir. Después me di cuenta de que estaba llena de violencia que no quiero tener. Necesito fuerza para cantar. Si no, no sirvo de nada”.

—En una entrevista con Clarín comentabas que el tango te salvó. ¿Qué otras cosas te salvan hoy?

El amor, sin duda. Las redes, las manifestaciones. Voy por causas, y últimamente me gusta ir porque necesito estar rodeada de personas a las que les importe el bien común, y en esos lugares se genera una especie de esperanza. Lo mismo me pasa con los conciertos, las fiestas populares, las tertulias. Creo que es un momento de prestar mucha atención a todas las experiencias comunitarias, más que nunca. Esas son las cosas que me salvan: mis amigas, la comunidad.

Este es un tiempo que no creí que iba a vivir. Me atravesó mucho el dolor por el genocidio palestino, resulta tan evidente la posición que hay que tomar, pero parece que no...Me di cuenta de que estaba llena de violencia que no quiero. Necesito tener fuerza para cantar. Si no, no sirvo de nada.

Parace ser ahí donde aparece algo del núcleo más profundo de Julieta Laso, una artista que sigue pensando la canción como una forma de encuentro entre personas reales. Algo capaz de atravesar el duelo, la memoria, el amor o la rabia sin perder humanidad en el camino. Y que todavía puede sostenerse, incluso en tiempos acelerados y fragmentados, desde la escucha y la necesidad obstinada de seguir sintiendo.

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