Entre demoliciones y torres: la pulseada por conservar la historia de Bulevar Artigas

Con construcciones emblemáticas en riesgo o ya demolidas, es hoy escenario de un debate sobre patrimonio, densificación y planificación.

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Palacio Urtubey, en Bulevar Artigas y Rivera
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“Ver demoler la casa de uno debe ser de las cosas más horribles que hay. Es como un terremoto. Un día me desperté y ya no estaba el cuarto de mi hermano. A la semana, tampoco el mío”.

Sofía Rodríguez Blanco habla de la casona donde creció, esa que estaba en el antiguo número 26 de Bulevar Artigas, justo donde la calle se encuentra con la rambla. A principios del siglo XX, la zona era casi un descampado: apenas algunas casas de pescadores, la residencia de los Zorrilla y la de sus abuelos, quienes construyeron la suya sobre cinco padrones adquiridos en un remate de Francisco Piria. Lo que más recuerda Sofía no son los materiales nobles, sino los momentos: las tormentas frente al mar, las navidades con 50 invitados, su fotografía vestida de novia en el jardín.

“Mi casa era divina, pero sobre todo era muy vivida”, dice. Ella y sus hermanos la vendieron hace más de una década. Los nuevos dueños prometieron conservar su esencia. Pero un día las máquinas llegaron, y lo que parecía una postal del encanto señorial con el que Bulevar Artigas fue construido desapareció en cuestión de semanas. Hoy, en ese mismo terreno, se alza un edificio moderno. Solo las puertas de su viejo dormitorio y el de sus padres, que Sofía logró rescatar en una casa de demoliciones, le sirven de ancla para lo que fue.

Como ella, muchos otros vecinos han visto desaparecer en silencio las huellas de esa arteria pensada alguna vez como el límite entre ciudad y campo. Y con cada casona que cae, como lo hizo el Palacio Piqué, no solo se va una arquitectura, también se desvanecen las historias que la habitaron.

Ante este escenario, el colectivo Amigos del Patrimonio elevó una solicitud a la Intendencia y Junta Departamental de Montevideo y Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación para que todo Bulevar Artigas, desde la rambla Mahatma Gandhi hasta la avenida Agraciada, sea declarada zona protegida y sin excepciones. En su pedido, alertan sobre el riesgo de demolición, abandono o deterioro de casas y casonas de indudable valor patrimonial y arquitectónico. También proponen que algunas de las construcciones más emblemáticas reciban un grado de protección especial (niveles 3 y 4).

“El espíritu con el que fueron construidas estas casas se está perdiendo”, señala Carmen Álvarez, coordinadora de Amigos del Patrimonio. Y advierte que el tramo podría terminar completamente desvirtuado, como ya ocurrió con otras zonas tradicionales de la ciudad. En ese intento por frenar el olvido, la memoria de Sofía y la de muchos otros encuentra ahora una causa común: proteger lo que aún queda.

LA PÉRDIDA DEL PALACIO PIQUÉ Y SU POLÉMICA

“La demolición que más lamentamos es la del Palacio Piqué”, dice Erich Schaffner, presidente de la asociación civil Patrimonio Activo, sobre la casona ubicada en Bulevar Artigas y Ana Monterroso de Lavalleja. Se trataba de un petit hôtel de estilo beaux arts, construido en la década de 1920, que más tarde albergó la sede del Sindicato Médico del Uruguay. Fue reducida a escombros, al igual que la edificación lindera —donde funcionó la Embajada de Israel—, una casona de los años 1930-1940 con algunos elementos art déco. En esos dos predios, junto con otro contiguo, hoy se construye un edificio.

Estas dos residencias pertenecían al tramo de Bulevar Artigas comprendido entre la Plaza Varela (Bulevar Artigas y Avenida Brasil) y el Parque Batlle, “donde están las más grandes y opulentas” casonas de la vieja sociedad montevideana —por ejemplo, el Palacio Pietracaprina, diseñado por el arquitecto Camilo Gardelle, hoy sede de la Embajada de Brasil— y que, a juicio de Schaffner, “deben conservarse, pues están relevadas y protegidas”.

“Remitimos notas a la entonces intendenta Carolina Cosse y obtuvimos respuesta alegando que el inmueble se encontraba en mal estado de conservación y que presentaba modificaciones tales que no ameritaban su preservación, lo cual nosotros discrepamos. Eso quedó en evidencia cuando se inició la demolición del bien, que aún conservaba elementos de valor en su interior y no presentaba siquiera una fisura en la fachada”, explica.

La demolición del Palacio Piqué generó una fuerte polémica en Montevideo, pues, a pesar de contar con protección normativa departamental, la Intendencia autorizó su destrucción. Colectivos y especialistas en patrimonio denunciaron que la medida fue negligente y alertaron sobre la creciente pérdida del patrimonio arquitectónico histórico en la ciudad.

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Demolición de Palacio Piqué

Borde urbano.

A fines del siglo XIX, Montevideo comenzó a desbordarse. En un intento por controlar una expansión anárquica, surgieron diversas medidas: leyes para mejorar la higiene, ordenar la ubicación de las industrias y fijar límites urbanos. Fue en este contexto que nació la idea de crear un “bulevar de circunvalación”: una avenida que delimitaría la llamada “Ciudad Novísima”. El proyecto fue concebido durante el gobierno del general Venancio Flores, pero recién se decretó oficialmente el 31 de agosto de 1878, durante la administración del coronel Lorenzo Latorre.

La monumental vía tendría 50 metros de ancho y partiría desde Punta Carretas hacia el norte, doblando al oeste hasta desembocar en la playa Capurro. En 1886, la flamante arteria fue bautizada como Bulevar Artigas. Sin embargo, su concreción fue lenta: las obras comenzaron recién en 1908, con un ancho reducido a 40 metros, y atravesaron décadas de interrupciones, demoras en las expropiaciones y falta de financiación. El proceso completo demandó cerca de 70 años.

Más allá de su trazado funcional, Bulevar Artigas fue concebido como un límite urbano. “Tiene ese carácter tan particular por haber sido concebido como una arteria de borde”, explica el arquitecto y magíster en Estudios Urbanos Leonardo Altmann. Esa condición le dio una identidad clara: establecer “qué quedaba dentro y qué quedaba fuera” de la planta urbana de Montevideo. Hacia el interior, se consolidaba el damero regular de la ciudad; hacia el exterior, surgían los nuevos extramuros, como elbalneario de Pocitos o los núcleos industriales del Cerro y La Teja.

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Bulevar Artigas y Canelones
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Según Altmann, el diseño del bulevar “cumplía la función de atar una serie de núcleos que empezaban a darse de forma un poco dispersa sobre los caminos de acceso”, como la Aguada o el Cordón, “y evitar el despliegue poco criterioso de la ciudad”.

Con el paso del tiempo, su diseño incorporó elementos paisajísticos y ornamentales inspirados en los grandes bulevares de París. El paisajismo fue encomendado al francés Carlos Thays, quien también diseñó el barrio Carrasco, y ejecutado por su compatriota Carlos Racine, responsable del Jardín Botánico. Así, Bulevar Artigas se convirtió en un emblema de la política de parques, plazas y jardines, con su característico cantero central ajardinado, que aún hoy le otorga un valor paisajístico singular. En palabras de Álvarez, “fue una arteria pensada en términos majestuosos”.

Hoy, Bulevar Artigas es una de las principales vías de conexión de Montevideo. Une puntos estratégicos de la ciudad, se entrelaza con las rutas nacionales y su paisaje ha evolucionado con el tiempo (aunque algunos consideran que no de la mejor forma). Pero, si se está atento mientras se espera en un semáforo, todavía conserva aires aristocráticos. “Comparándolo con Buenos Aires, es lo más parecido a la avenida Alvear —que cruza los barrios de Recoleta y Retiro— que por ahora tenemos”, dice Erich Schaffner, presidente de la asociación civil Patrimonio Activo, enfatizando el “por ahora”.

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Plaza Varela en 1943
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Entre el patrimonio y el mercado.

Bulevar Artigas se encuentra parcialmente comprendido dentro de una figura urbanística conocida como “área de especial consideración”. Aunque no equivale a una protección patrimonial plena, esta categoría —establecida durante una de las administraciones de Mariano Arana— busca ejercer cierto “recato” sobre edificaciones anteriores a 1940. Según explicó a Domingo el magíster en ordenamiento territorial Pablo Canén, estos inmuebles no cuentan con un grado de protección como los ubicados en áreas patrimoniales, pero sí requieren una evaluación técnica previa en caso de demolición, ampliación o reforma. No obstante, considera que se trata de una herramienta “muy modesta y muy poco robusta”, aunque útil para negociar con propietarios cuando se estima que hay un valor urbano a preservar.

Las características de las edificaciones varían a lo largo del recorrido. En algunos tramos, como el comprendido entre Punta Carretas y la avenida Julio María Sosa, se perciben tensiones entre la escala residencial y la irrupción de torres de vivienda, que alteran la imagen del entorno. Para Álvarez, “es donde más se sustituyeron casas por lo moderno”, perdiendo casi por completo su carácter original. “Subsiste la sede de Parva Domus y, como esa, eran todas. Imaginate la belleza”, apunta.

Canén matiza esta visión al señalar que el proceso de sustitución por edificios en altura no es reciente, sino que comenzó en la década de 1950. En ese sentido, reivindica algunas de las edificaciones levantadas entonces por poseer un valor aún no plenamente reconocido: “Yo creo que son edificios que algún día valoraremos más. A veces, con la distancia del tiempo, esa valoración se hace más fuerte”. Uno de ellos es el Edificio Positano, declarado bien de interés departamental, construido por los arquitectos García Pardo y Sommer Smith. Entre sus joyas se destacan un jardín diseñado por el paisajista brasileño Burle Marx, una escultura de Germán Cabrera y un mural del italiano Lino Dinetto. “Sí veo más compleja la gran altura, excepcional, que se le dio al Joy —la torre residencial más alta de Montevideo, con 110 metros—, porque en esos casos no se cuida la coherencia del perfil general de la avenida”, critica.

El segmento comprendido entre Julio María Sosa y Tomás Giribaldi conserva de forma más nítida el carácter de gran avenida enjardinada, con una marcada predominancia residencial. En cambio, el tramo que va desde Bulevar España hasta Tres Cruces atraviesa un acelerado proceso de transformación tipológica y funcional: muchas viviendas de nivel medio y alto cambian su destino original o son directamente demolidas y reemplazadas. Schaffner recuerda aquí el Palacio Urtubey, de 1907 —luego residencia presidencial de Alfredo Baldomir—, ubicado en la esquina de Bulevar Artigas y Rivera. Fue construido por Alejandro Christophersen y demolido en la década de 1990 (fotografía principal), y se comprende, no sin tristeza, su comentario sobre la avenida Alvear.

Casa Piria de Bertón
Casa Piria de Bertón
Leonardo Mainé

Entre las residencias —o petit hôtels, como se denominaba a las viviendas unifamiliares de principios del siglo XX— que aún permanecen en pie, reconvertidas en embajadas u oficinas, se destacan el Palacio Pietracaprina (Bulevar y Rivera, 1913), Parva Domus Magna Quies (Bulevar y Parva Domus, fines del siglo XIX), la Casa Piria de Bertón (Bulevar y Avenida Brasil, 1930), la Nunciatura Apostólica (Bulevar y Guaná) y la Casa Juan R. Domínguez (Bulevar y Goes, 1928), entre otras. También sobreviven hitos de la arquitectura moderna nacional, como la vivienda Souto (Bulevar y García de Zúñiga, 1928) y la casa Barreira (Bulevar y Guaná, 1941).

Entre las avenidas Rivera y 8 de Octubre predomina una marcada especialización funcional, con numerosos edificios vinculados al área de la salud. A partir del cruce con Garibaldi, la imagen del bulevar cambia de forma notoria: aparecen palmeras y otras especies vegetales que acompañan el camino hacia los nuevos accesos a Montevideo. Desde la calle Colorado, la escala edilicia vuelve a adaptarse al perfil residencial, con construcciones de dos plantas.

“El tramo norte, aproximadamente desde el Obelisco hasta el monumento a Batlle Berres, tiene la categoría de especial consideración. Insisto, no quiere decir que eso sea intocable”, remarca Canén, quien recuerda que en las cuadras anteriores al Nuevocentro Shopping hay varias casas de Bello y Reborati, más sobrias que las de Pocitos, pero que tienen valor como conjunto.

Vistas de Montevideo bulevar artigas
Vista aérea de Bulevar Artigas, Monumento a José Batlle y Ordóñez
Fernando Ponzetto/Archivo El Pais

Para Schaffner, preservar el paisaje urbano de Bulevar Artigas implica también entender las tensiones con el mercado inmobiliario. “En ciertos casos, incluso son terrenos tan grandes que bien se podría compatibilizar la ampliación de estas residencias o la construcción de una torre sin tocar lo preexistente a nivel arquitectónico”, señala. Si bien reconoce que no es la solución ideal —“porque estamos apuntando a conservar un paisaje que se caracteriza por su horizontalidad, su baja altura, el cielo visible y la presencia de jardines y vegetación”—, admite que es necesario contemplar alternativas razonables. La clave, para él, está en negociar con sentido común frente a las fuertes presiones del mercado.

Sofía Rodríguez Blanco, cuya familia vivió durante décadas sobre el bulevar, observa hoy con mezcla de tristeza y resignación cómo cambia su antiguo barrio. Pero también entiende que el problema no está en la transformación en sí, sino en que muchas veces se impone sin diálogo ni memoria. Lo que está en juego, sugiere, no es solo una tipología urbana, sino una forma de vivir y de recordar la ciudad.

ÍCONO ABSTRACTO Y PATRIMONIAL DEL BOULEVARD

El monumento a Luis Batlle Berres, inaugurado el 15 de julio de 1967 y dis eñado por el arquitecto Román Fresnedo Siri, es uno de los hitos arquitectónicos y patrimoniales más importantes de Bulevar Artigas. Ubicado en un punto clave donde la calle gira 90 grados, el monumento articula visual y urbanísticamente dos tramos del boulevard y sus vías adyacentes, constituyendo un mojón que ofrece amplias perspectivas urbanas.

Su diseño abstracto marcó una ruptura con la tradición figurativa de la escultura pública de la época, sumándose a las nuevas corrientes artísticas que surgían desde mediados del siglo XX. Fresnedo Siri, amigo de la familia Batlle y reconocido arquitecto, creó una obra que transgrede estilos y fusiona arquitectura y arte, conformando un espacio escultórico habitable y movilizador, a la vez que integrador del paisaje urbano.

Formalmente, el monumento es una parábola de hormigón armado de 33 metros de altura, que se apoya de forma descentrada sobre una fuente circular. Este arco, en diálogo con el agua y los elementos circundantes, refleja la síntesis entre forma, función y simbolismo, convirtiendo al monumento en un símbolo icónico y en un claro ejemplo de la modernidad en la arquitectura y el arte público de la ciudad. Por su forma singular, no es raro que muchos montevideanos lo apoden de manera jocosa como “los cuernos de Batlle”, lo que demuestra que, además de un valor arquitectónico y patrimonial, el monumento ya forma parte del imaginario popular y la cultura urbana de la ciudad.

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