El histórico avión de Neptunia aterrizó en las sierras de Minas y se transformará en un hospedaje de lujo

Durante 32 años fue parte inseparable del paisaje de la Interbalnearia. El proyecto turístico cuenta con un dormitorio principal con baño en suite y living. A su lado, tendrá piscina, jacuzzi y una barbacoa de 50 m2 con habitaciones adicionales.

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El viejo avión de Neptunia se encuentra ahora en las sierras de Minas. Foto: Chango Figueredo.

Durante más de tres décadas, el Fokker F-27 varado en una chatarrería sobre la ruta Interbalnearia fue parte inseparable del paisaje de Neptunia. Vecinos y veraneantes crecieron con esa silueta blanca y alargada recortada contra los pinares, pero en junio del año pasado, esa postal se desarmó. La aeronave fue vendida, retirada del predio y trasladada a las sierras de Minas, donde hoy se prepara para renacer como un emprendimiento turístico privado bajo el nombre “El avión en las sierras”.

El antiguo propietario, Walter Fleitas, explicó a El País durante el complejo operativo de traslado su decisión de venderlo. “Tuve un ACV. Ya no puedo trabajar más. Ya me dio lo que me tenía que dar. Apareció un muchacho, me ofreció comprármelo y ya está”, dijo. Aquel “muchacho” es Martín Guerra, empresario al frente de la firma El Rey del Poliuretano, dedicada a trabajos de aislamiento e impermeabilización, y hoy impulsor de un proyecto que promete convertir una desvencijada aeronave de la Fuerza Aérea Uruguaya en una experiencia de alojamiento única en el país.

Guerra comenta a Domingo que la idea no nació de un plan de negocios, sino de una búsqueda personal. Tras sufrir un accidente laboral, comenzó a pensar en alternativas que implicaran menos riesgo y menos carga horaria. “Yo cada tanto compraba en las Sierras de Minas la experiencia de ir a dormir una o dos noches a un domo, a un contenedor, con vistas privilegiadas. Y me pasó varias veces que, cuando iba a reservar el hospedaje estaba ocupado, como que había una gran demanda”, recuerda. Fue allí cuando decidió que, si iba a incursionar en el turismo, debía hacerlo con algo distinto.

Buscó vagones de tren, pensó en ómnibus reconvertidos, hasta que una tarde, navegando en ese mercado de pulgas digital llamado Marketplace, se topó con la publicación del avión de Neptunia. “Entonces dije, ta, llamo enseguida”, recuerda. Al día siguiente pasó por el predio, lo midió y confirmó que el fuselaje era incluso más grande que un contenedor de 40 pies. Con su experiencia como herrero metalúrgico y en el acondicionamiento de contenedores, visualizó rápidamente el potencial.

El acuerdo con Fleitas fue atípico: Guerra no contaba con el dinero en el momento y pactó pagos mensuales. Durante seis meses fue abonando la aeronave hasta completar la compra. Pero el verdadero desafío vino después: sacarlo de la chatarrería.

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Proyecto "El avión en las sierras".

Un traslado complejo

El traslado resultó una operación compleja, con múltiples actores involucrados. “Tuvo que estar presente UTE, la empresa de traslado, la empresa de grúa y el Ministerio de Transporte. Éramos como 5 o 6 empresas, trabajábamos todas en conjunto para poder hacerlo”, detalla. Los cables de alta tensión y los muros que rodeaban el predio obligaron a cortar el suministro eléctrico en la zona. “Se cortó la luz a 600 casas por 4 o 6 horas”, dice sin rodeos. En dos viajes, primero el fuselaje y luego las alas, el Fokker dejó definitivamente Neptunia.

Después de pasar provisionalmente por un depósito en Montevideo, hoy el avión descansa, aún desarmado, en una chacra ubicada sobre la ruta 12, casi ruta 60, en Lavalleja, a pocos kilómetros de Minas. Allí, Guerra tramita las habilitaciones y viabilidades para iniciar la obra que lo elevará sobre una platea de hormigón sostenida por pilares. El diseño propone ubicar la aeronave en la cima de un cerro, con vistas abiertas a las sierras.

Lo que comenzó como un proyecto personal fue creciendo en ambición. “Cuando arranqué con el proyecto, lo empecé a hacer como para mí”, confiesa. Pero el interés del público, los mensajes y la viralización en redes sociales lo empujaron a pensar en algo más grande. “No pensé que a la gente le iba a interesar tanto hospedarse en un avión. Me escribían los fines de semana para ir a verlo a la chacra. Y al ver que había tanta demanda y expectativa, dije: tengo que hacer algo más”, agrega.

Hoy, el emprendimiento -con la compra de la chacra incluida- proyecta una inversión superior a los US$ 300.000, apalancada en préstamos, venta de vehículos propios y, sobre todo, el apoyo de empresas. “Vengo avanzado porque hay muchas marcas que me están apoyando”, explica. Algunas colaboran con insumos clave: una de piscinas, por ejemplo, aportó el equipamiento completo tras conocer la iniciativa.

La propuesta apunta a un turismo de experiencia y alto confort. El avión contará con un dormitorio principal con baño en suite y un living con sofá cama. A su lado, una barbacoa de 50 metros cuadrados sumará cocina, parrillero y dos dormitorios adicionales. Todo el conjunto -avión, barbacoa, piscina y espacios exteriores- se alquilará de forma privada, ya sea para parejas o grupos de hasta ocho personas.

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Traslado del avión por la ruta.

Su valor simbólico

Más allá del atractivo turístico que pueda generar en Lavalleja, el proyecto toca una fibra profundamente simbólica. El Fokker F-27 no es un simple fuselaje: se trata de una aeronave que prestó servicio en la Fuerza Aérea durante más de tres décadas. En ese tiempo, trasladó personal militar, autoridades, insumos médicos y pasajeros en rutas nacionales e internacionales. Para muchos, representa una etapa de la aviación uruguaya que hoy ya no existe, dominada por aeronaves turbohélice, donde volar seguía teniendo un aura artesanal.

“Hay como una responsabilidad social. El avión estuvo en la Fuerza Aérea y 32 años en Neptunia, la gente lo estuvo viendo”, explica el nuevo propietario.

Guerra ya ha recibido consultas de agencias de turismo, creadores de contenido y plataformas internacionales interesadas en comercializar la experiencia una vez que esté operativa. La expectativa es que el proyecto atraiga tanto a turistas nacionales como a visitantes extranjeros que recorren el país por rutas secundarias, lejos del circuito Punta del Este-Montevideo.

“Por el traslado estuve con el celular colapsado tres días”, recuerda. En pocas semanas, sus cuentas personales y del proyecto sumaron varios miles de seguidores. El avión dejó de ser solo un objeto físico y pasó a convertirse en un relato compartido, seguido paso a paso por una comunidad digital que se interesó por su destino.

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Martín Guerra.

Hora de decir adiós

Durante 32 años el avión estuvo en el kilómetro 35 y medio de la Interbalnearia y fue la postal más representativa de Neptunia. Incluso para quienes viajaban en ómnibus era una parada referencial, al punto que se llegó a poner la inscripción “el avión” en algunos boletos, por la familiaridad que los pasajeros tenían con el sitio. Su anterior propietario, Walter Fleitas (78), siempre fue una figura popular en la zona.

Se crió en la calle y tuvo que aprender a ganarse la vida desde muy joven. No sabe leer ni escribir, pero sí contar. “Me ponés una montaña de dólares y te los puedo contar toditos”, dijo en una entrevista con Domingo en junio de 2021. “Mis padres me faltaron a los 14 años. En esa época yo andaba con un carro de mano por la calle, comprando botellas. Después me dediqué a las antigüedades y me fue bastante bien. Junto con un socio, que después falleció, puse una casa de antigüedades en Paysandú y Barrios Amorín. Hace 34 años que estoy acá en Neptunia, donde vivo con la familia, recolectando cosas y haciendo lo que se puede”, agregaba.

“El dueño del avión” se dedicó durante muchos años a recuperar autos antiguos, pero hace muchos años se retiró de ese oficio. Fue boxeador y pasó por momentos complejos en su vida. “Cuando tomaba no tenía límites. Traté de parar y de decir ‘hasta acá llegué’. Mi señora y mis hijos me llevaron a Alcohólicos Anónimos, donde me devolvieron la vida. Son cosas que hoy valoro”, relataba.

Tiene cinco hijos, pero solamente mantiene el vínculo con uno de ellos. El motivo del distanciamiento, dice, fue el dinero: “Querían la herencia en vida. Lo mío será todo para ellos, pero mientras tanto, yo soy el dueño”.

Antes había sido dueño de un avión más pequeño, un Cessna que vendió a un desarmadero de Camino Maldonado. El Fokker F-27 se lo compró a la Fuerza Aérea, que lo puso a la venta en un remate en el que nadie ofertó. Terminó negociándolo después por US$ 9.000, el valor de la base, y puso como única condición que se lo llevaran a su casa. Dice que tuvieron que quitar una cabina del peaje para trasladarlo y que le cobraron otros US$ 1.000 por el flete. Cuando llegó, fue necesario maniobrarlo con cuidado para pasarlo por debajo de los cables, porque la UTE no quiso cortar el tendido eléctrico.

“Lo desarmé, le saqué las alas y lo traje para acá por Pando en un ‘lagarto’ (una chata para contenedores). La cola la cargué en una camioneta Chevrolet”, recordaba. Originalmente pensó en utilizarlo como su oficina, colocándole una pantalla en el fondo para mostrarles videos a “los gringos” que fueran a comprarle antigüedades, pero esta idea no se concretó.

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Walter Fleitas.

Entre tantas historias que atesora el veterano chatarrero, se encuentran las de conocidos jugadores de fútbol que compraron antigüedades (entre ellos Gustavo Munúa, el “Mota Gargano” y el “Cacha” Arévalo Ríos), o las de partidos políticos que le pidieron pintar el fuselaje en tiempos electorales. También la de una visita que, asegura, le hizo Donald Trump mucho antes de ser presidente de Estados Unidos. Fleitas le vendió partes de la fragata “25 de Agosto”, que había comprado poco antes, para decorar emprendimientos que el millonario tenía en Punta del Este, como el Hotel del Puerto. “Vino en una camioneta Cadillac color cremita que está en El Torreón y vale US$ 280.000”, recordaba. Tampoco olvida que Ruben Rada estuvo filmando en su casa, durante tres días, escenas para la película El Chevrolé, de 1999.

“Marcelo Tinelli mandó a buscar el avión para grabar una presentación de su programa en Colonia, pero al final compraron otro que estaba hecho pelota. Él lo veía siempre cuando se bajaba en Carrasco y se iba a su casa de Punta del Este”, agregaba el chatarrero.

Diálogo con el entorno

A diferencia de otros emprendimientos que simplemente “plantan” estructuras en el paisaje, el proyecto de El avión en las sierras fue concebido para dialogar con el entorno. El fuselaje no se apoyará directamente sobre el suelo: quedará elevado, lo que permitirá que la topografía natural continúe su curso debajo, evitando cortes bruscos en el terreno. La idea es que desde el interior se tenga una vista limpia de las sierras, sin obstáculos, con sensación de estar suspendido sobre el cerro.

Los revestimientos exteriores combinarán materiales nobles -madera, piedra y metal- con aislaciones térmicas de alta eficiencia, aprovechando justamente el rubro de especialidad de Martín Guerra. El objetivo es que el avión conserve su identidad visual, pero al mismo tiempo se mimetice con el entorno serrano, evitando la imagen de “objeto extraño” que lo caracterizó durante décadas en la costa.

A cargo del proyecto se encuentra la arquitecta y paisajista Andrea Casuriaga, quien trabaja en la Intendencia de Maldonado y -junto a un colega- fue la responsable del Mirador de Nueva Carrara, inaugurado el año pasado en la antigua cantera de Pan de Azúcar.

“El miedo que tenían ellos era que el avión, desde la ruta 12 o 60, se viera y afectara el paisaje”, explica Casuriaga a Domingo, en referencia a las consultas realizadas ante la Intendencia de Lavalleja para el trámite de viabilidad. La arquitecta recorrió el lugar, midió distancias y estudió los puntos de vista. Su conclusión fue que el impacto visual sería mínimo.

La experta propuso soluciones que buscan “desdibujar” la presencia del fuselaje sin ocultarlo por completo. “El avión se apoyará sobre una estructura elevada -a unos dos metros y medio del suelo- que será cubierta con vegetación trepadora. Yo le sugerí a Martín que lo pudiera cubrir de vegetación, enredadera, o algo que hiciera que quedara como un poco más en el aire”, cuenta. La intención es que el volumen no aparezca como un bloque rígido y aislado, sino como un objeto suspendido que dialoga con el verde del entorno.

Incluso la “piel” del avión jugará un rol clave en esa integración. Casuriaga apoyó la idea de conservar la pátina natural que fue ganando el fuselaje durante años de intemperie.

“Él quería dejarle un poco de musgo que tenía el fuselaje, y a mí me pareció que estaba bien, para que no resaltara tanto el color blanco”, dice la arquitecta, quien explica que -al menos en su exterior- no se trata de restaurarlo a nuevo, sino de permitir que el paso del tiempo siga escribiendo su huella sobre la superficie.

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Proyecto "El avión en las sierras".

Parecido al de los Andes, pero no igual

Durante décadas se tejieron muchas historias sobre el avión. Una de ellas dice que se trata del mismo modelo que cayó en los Andes en octubre de 1972 con 45 uruguayos a bordo. Otra, que el fuselaje fue alquilado para grabar algunas escenas del premiado documental La sociedad de la nieve, de Gonzalo Arijón, que relata la historia de los 16 sobrevivientes de la tragedia. Consultado por Domingo, uno de ellos, Roberto Canessa, dijo no recordar que se hayan grabado escenas en el kilómetro 35,5 de la Ruta Interbalnearia, aunque sí que se hicieron tomas en la playa, a pocos kilómetros del lugar, simulando la nieve con arena. En el documental de 2008, se ven algunas tomas interiores del fuselaje y de sus ventanas, que se “quemaron” ex profeso para darle más dramatismo y una mejor ambientación a las escenas. También el autor del libro La sociedad de la nieve, Pablo Vierci, confirmó en 2021 que se rodaron escenas en la chatarrería, aunque dijo que no sabe si finalmente se utilizaron en la edición final. Por su parte el director del Museo Andes 1972, Jörg Thomsen, explicó que el avión es un Fokker F-27 de origen holandés y no un Fairchild Hiller-227 como el que cayó en la montaña. “Se usaron básicamente las ventanas ovaladas del fuselaje para la grabación. Y no se llevó ningún avión a la playa”, aclaró.

Barbacoa, piscina y otras amenidades

Si integrar el avión al paisaje ya era un reto, unirlo con una construcción convencional era un desafío aún mayor. El proyecto El avión de las sierras incluye una barbacoa y áreas complementarias que completan la experiencia de alojamiento.

La arquitecta Andrea Casuriaga buscó materiales que suavizaran el contraste entre el fuselaje metálico y la arquitectura serrana. “Me parecía que tenía que tener algo que se mimetizara con el entorno”, explica. Propuso un uso generoso de vidrio para abrir vistas y evitar la sensación de masa cerrada, combinándolo con madera -un material que, según señala, “ayuda mucho” en entornos de serranías- y toques de chapa negra de estética contemporánea. “Una parte iría revestida en madera, otra parte bastante generosa en vidrio, y algo de chapa, pero no era mucho tampoco”, anota.

La conexión entre el avión y la barbacoa se resolverá con un trabajo fino de paisajismo: piedras propias de la zona, vegetación nativa y recorridos verdes que buscan que la transición no sea abrupta. “Propuse colocar algunas piedras de las que hay ahí por las sierras, con vegetación del lugar, nativa, para que quede integrado”, detalla. Y agrega: “Lo que yo le he dicho a Martín es tratar de que la construcción afecte lo menos posible al paisaje, tratar de encontrar materiales, elementos naturales y vegetación nativa”.

Más que imponer una pieza llamativa, El avión en las sierras busca convertirse en un ejemplo de cómo una idea audaz puede dialogar con la naturaleza sin competir con ella. Los renders -ya conocidos por quienes siguen el proyecto en redes- muestran un conjunto que parece posarse suavemente sobre el cerro, como si el avión hubiera decidido aterrizar definitivamente allí, en el horizonte serrano.

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Proyecto "El avión en las sierras".

Varios apoyos

El proyecto cuenta con el apoyo de varias empresas, que se interesaron rápidamente cuando Martín Guerra anunció su idea de generar una propuesta turística sin precedentes en las sierras de Minas.

Una de ellas es Tankes, con más de 20 años de experiencia en el mercado, dedicada a proveer todo tipo de recipientes y piscinas. Estas últimas formarán parte de las amenities que se instalarán junto al avión. “Trabajamos en dos rubros: piscinas y tanques, y vamos a colaborar con ambos”, explica a Domingo el propietario de la firma, Gerardo Azzariti. En ese sentido, confirmó que Tankes suministrará un tanque de agua de 2.000 litros, además de dos piscinas: una de tipo jacuzzi y otra de mayor tamaño, pensada para un uso más familiar.

Azzariti destacó que su vínculo con Guerra surgió a partir de trabajos previos vinculados al poliuretano, pero que el interés por sumarse al proyecto nació al conocer la propuesta. “Cuando me enteré de que había adquirido el avión y de su proyecto, me pareció sumamente interesante. Es una idea espectacular, diferente; no es para todo el mundo, es para un público bastante selecto, pero estoy seguro de que va a tener éxito y va a estar lleno todo el tiempo”, afirma.

Para el empresario, la singularidad de la iniciativa fue uno de los factores decisivos. “No van a haber cinco aviones convertidos en hoteles en Uruguay, al menos por el momento. Eso fue lo que me sedujo”, dice.

Otra de las empresas que respalda la iniciativa es LT Hierros, ubicada en el kilómetro 26 de la ruta 8. “Martín fue el que me trajo la propuesta. Y desde el arranque estuve dispuesto a acompañarlo. Me pareció bueno formar parte de esto, que es será único en América por lo que tenemos entendido, y también por un tema de marketing. Vamos a apoyar con diversos materiales”, agrega Leonardo Trías, propietario de la firma.

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