De escribir novelas a componer canciones: la historia de tres autores uruguayos que dieron el salto a la música

Daniel Mella, Patricia Turnes y Dani Umpi cuentan sobre sus tránsitos artísticos, cómo encontraron otras formas de narrar y cómo habitan la página y también el vértigo del escenario.

Guitarra y libreta
Daniel Mella con la guitarra que fue de su hermano Sebastián y su libreta de anotaciones.
Foto: Leonardo Maine

¿En qué momento una frase pide melodía? ¿Qué pasa cuando una historia encuentra su forma más precisa no en la página sino en una canción? ¿Qué empuja a un escritor —entrenado en el silencio y en el trabajo solitario— a buscar otra lógica del tiempo, una que se sostiene en el cuerpo, la voz y el ensayo? ¿Qué se gana cuando se abre esa puerta? ¿Qué se pierde?

En la tradición cultural uruguaya el cruce entre ambos universos no es nuevo. Alfredo Zitarrosa escribió crónicas y textos donde afinaba la misma ética que sostenía sus canciones; Horacio Ferrer construyó una obra poética que luego dialogó con la música rioplatense; y Washington Benavides fue puente directo entre poesía y canción, influyendo a generaciones de cantautores.

Más cerca en el tiempo, Leo Maslíah, Pedro Dalton o Samantha Navarro continuaron esa tradición desde otros registros estéticos. La frontera, entonces, nunca fue del todo sólida, sino una línea porosa que algunos cruzaron por necesidad expresiva antes de que el cruce se volviera visible como fenómeno.

En algunos casos, la música aparece como expansión natural de una escritura previa; en otros, como una zona de riesgo que desarma el lugar asignado. ¿Qué ocurre cuando el escritor se expone al cuerpo, a la voz, al tiempo compartido de una banda? ¿Qué se pone en juego?

Hoy ese desplazamiento lo protagonizan también Daniel Mella, Patricia Turnes y Dani Umpi, autores con trayectorias literarias sólidas que decidieron habitar las canciones. Entre el goce, la duda y la reinvención, sus recorridos invitan a pensar si se trata de cambiar de disciplina o, más bien, de ampliar la noción misma de autor.

La canción como nueva forma de narrar

Daniel Mella pasó más de tres décadas entrenando la paciencia de la página: la respiración larga de la prosa, el trabajo solitario, la arquitectura de un libro que se escribe durante meses o años. Tras irrumpir con Pogo (1997) y publicar Derretimiento (1998) y Noviembre (2000), atravesó más de una década de silencio editorial. El regreso llegó con el libro de cuentos Lava (2013) y la novela El hermano mayor (2016), con los cuales obtuvo el Premio Bartolomé Hidalgo y terminaron de consolidarlo como una de las voces imprescindibles de la literatura uruguaya contemporánea. Luego vendrían Visiones para Emma (2020) y Yo quiero a mi bandera (2024).

Ahora le tocó enfrentarse a otra escena: la de su primer disco. Notas de voz nació de la necesidad de sacar para afuera canciones nacidas en un borde emocional donde la escritura ya no alcanzaba.

El cruce empezó, cuenta, con Chino, la banda que armó el año pasado junto a Juan Sacco y Martín Recto. “Empecé a agarrar confianza, a darme cuenta de que podía cantar, interpretar, escribir canciones que nunca había escrito”, cuenta en charla con Domingo. Después vino el golpe íntimo: “Justo en ese momento se dio una separación amorosa que me dejó supertriste”. Mella escribía poemas en paralelo, pero la emoción seguía empujando.

En su casa había una guitarra que era, también, un vínculo con su hermano Sebastián. “Yo no sé tocar, salvo algunos acordes que me enseñó Seba”, dice. Con ese punto de partida —la torpeza asumida, el instrumento cargado de memoria— empezó a probar. “Me puse a explorar la guitarra con algunas ideas melódicas para la voz y empezaron a suceder las canciones. Son canciones de amor, de separación, de extrañar a alguien”.

En esa artesanía, Mella describe un método casi opuesto al de la literatura. “Es raro, porque cuando voy a escribir nunca me acerco a la página en blanco sin una idea. Siempre tengo una frase o una imagen. Con las canciones me acerco sin saber qué va a pasar. Agarro la guitarra, encuentro un sonido que me gusta, lo repito y de ahí surge la melodía y de la melodía las palabras”, comparte.

El hallazgo, dice, fue tan elemental como repetir un único acorde hasta volverlo mantra. Repetición y trance: el gesto mínimo que habilita una deriva. “Creo que los artistas amamos el trance. En la escritura también está, pero es más difícil entrar. La música es más inmediata. Eso la hace tan amable y tan linda como compañera, tan inmediata para expresar sentimientos. Me alucina”.

Notas de voz conserva un origen doméstico, con canciones grabadas primero como registro, en el celular, mientras alrededor ocurría un año extraño: el primer EP de Chino, el poemario La lengua de sus hijos (2025), las notas sueltas que terminaron siendo disco. “Fue todo tan orgánico, tan milagroso, tan raro”, comparte con una mezcla de orgullo y sorpresa.

Creo que los artistas amamos el trance. En la escritura también está, pero es más difícil entrar. La música es más inmediata. Eso la hace tan amable y tan linda como compañera, tan inmediata para expresar sentimientos. Me alucina.

En esa lógica, el disco no es una anomalía; es continuidad del oficio, pero en otro soporte. También es una exposición distinta. El libro se entrega y se suelta; la canción exige volver: “Con los libros publicás y ya está, no los volvés a leer; pero una canción la tenés que tocar mil veces. La emoción está ahí, es revivirla”.

Y ese acto de revivir explica su pudor actual. Quería presentar el disco en febrero, pero se detuvo. “Todavía no puedo tocar en vivo esas canciones. Me ponen triste. Preciso más distancia. Pero capaz que si no las hubiera sacado el año pasado no las sacaba nunca”.

Aun así, Mella lo escucha. Y eso, otra vez, no le pasa con los libros. “Lo he escuchado varias veces desde que salió y cada vez que lo escucho me parece hermoso. Un hijo re lindo”, anota. De su obra literaria, admite, casi nunca relee con esa complacencia, aunque recuerda una excepción. “Me pasó solo con Visiones para Emma. Mientras leía, dije: ‘Qué bueno que está este libro’”.

En cambio el disco le devuelve un placer directo, casi físico, reforzado por devoluciones ajenas: “He recibido comentarios sorprendentemente positivos de amigos, desconocidos y músicos que respeto”. Uno de ellos le quedó especialmente grabado: le dijeron que algunas canciones sonaban a “una mezcla de canción de cuna con algo chamánico”. Al contarlo, Mella sonríe porque reconoce ahí una escena anterior a cualquier disco: “Les cantaba a mis hijos para que se durmieran y entraba en un trance”.

Mella
Daniel Mella.
Foto: Manuel Rodríguez Rico

Esa escena doméstica no está sola. Detrás de la guitarra está también su hermano Sebastián, músico y guardavidas que falleció hace 11 años e inspiró el texto de El hermano mayor.

“Por un momento tuve un miedo supersticioso de estar metiéndome en un terreno que le pertenecía a Seba, de intentar tomar su lugar, pero eso se me fue enseguida porque compuse estas canciones en la guitarra que había sido suya y fue otra manera de entrar en diálogo con él”. El duelo, dice, no se cierra, muta. “Nunca termina. Es un diálogo con alguien que no está”, confiesa. Y a veces ese diálogo se vuelve casi literal: “En la primera canción que grabé, cuando le puse play, tuve la impresión clarísima de escuchar su voz haciéndome la segunda”.

Quizá por eso la música le resulta, a esta altura, una forma más amable de creación. “Escribir un libro requiere otro tipo de energía, más obsesión. Es un goce y un sufrimiento. La música tiene mucho más de juego y exploración. Es un chiche nuevo”.

Consultado sobre cómo se siente en un escenario, reconoce que la experiencia todavía lo descoloca. Se subió tres veces con Chino —la primera, en TV Ciudad— y recuerda el temblor inicial. “Me tiemblan las piernas”, admite, aunque la confianza en sus compañeros termina por sostenerlo.

“Para presentar el disco pensé en ensayar movimientos frente al espejo, pero no lo voy a hacer. Tengo 50 años, me da vergüenza practicar poses”, confiesa entre risas. “Voy a ver qué me pasa y que sea lo más natural posible. Ya sé que con banda se siente liberador y adrenalínico, pero solo con guitarra me da terror”, relata.

En ese movimiento, algo se corre de lugar: “Es sacarse una identificación muy fija como escritor. Me abrió a la posibilidad de que mi impulso creativo sea más amplio o fluido”.

Y la prueba de que el disco no fue un episodio aislado está en el presente: “Tengo nueve o diez canciones nuevas después de Notas de voz. Me entusiasman”. Todavía no sabe cuántas sobrevivirán. Pero la puerta —la que durante años pareció reservada para otros— ya quedó abierta. Y Mella, que siempre imaginó que lo suyo eran solamente los libros, ahora escribe con un oído nuevo, atento a esa melodía que aparece cuando el acorde se repite y, de pronto, las palabras caen solas.

Daniel Mella
Pasarse de la escritura a la música.
Foto: Leonardo Maine

Escritura, performance y pop

Si en el campo literario su nombre quedó asociado a la novela Miss Tacuarembó —que luego fue adaptada al cine—, en la música Dani Umpi construyó una discografía sostenida y reconocible: Perfecto (2005), Dramática (2009), Mormazo (2011), el proyecto compartido Hijo Único (2012), los acústicos Piano Vol. I (2012) y Piano Vol. II (2014), Lechiguanas (2017) y, más recientemente, Guazatumba (2023), entre otros lanzamientos y colaboraciones. Pero su entrada al canto no fue el resultado natural de un escritor que decide musicalizar sus textos, sino el efecto lateral de una obra conceptual. “Soy consciente de que mi caso es bastante particular porque trabajo en varios lenguajes y soportes, con varias tradiciones”, dice.

La escritura fue primero. Desde adolescente hizo talleres, escribió novelas, tuvo una práctica constante. Incluso hoy la mantiene, se sienta y escribe “cualquier cosa”, sin pensar si eso será o no literatura. El gesto es cotidiano, físico.

La música, en cambio, no estaba en el plan. En la familia los músicos eran otros, su padre y su hermano. El giro llegó desde las artes visuales. A comienzos de los 2000, en el marco de una performance, decidió regrabar Sur, de Jaime Roos, en inglés, cantado por él y con la guitarra de Adrián Soiza. La pieza fue concebida para un espacio museístico y pasó por el Subte, el Museo Nacional de Artes Visuales y muestras en el exterior. “En su momento eso para mí era una obra, y a partir de ahí fue que empecé a cantar”.

A partir de esa experiencia apareció el personaje. Daniel Umpiérrez escribía y creaba para que Dani Umpi lo incorporara. “Yo le hacía canciones como si fuese una tercera persona, un arquetipo”, comparte. Había melodrama, humor, exageración, una diva trash atravesada por lo conceptual y por cierta tradición drag. Con los años, el alter ego se volvió más poroso: del bufón pasó al duende, del artificio calculado a una espontaneidad que hoy define como “más random, más cringe, más del momento”.

Dani Umpi
Dani Umpi.
Foto: Catalina Bartolomé

A diferencia de Mella, cuya música nace de una herida íntima, Umpi insiste en que su vínculo con la canción no es confesional. “No la uso de manera catártica, es medio pensado, hay juegos de cosas que vi, de cosas que pienso”. Sin embargo, reconoce un fenómeno que escapa al cálculo: “A veces las canciones salen solas, no admiten modificación”. Cita la distinción de Samantha Navarro entre canciones “mágicas” y canciones “por encargo” y se reconoce en ambas categorías.

La autoexigencia, en cambio, es transversal a ambas disciplinas. En la escritura puede pasar horas ajustando un párrafo. Con la música, necesita productores e instrumentistas de confianza para materializar ideas. “Como no toco instrumentos, necesito alguien que entienda lo que quiero”.

Ahora prepara nuevo material mientras organiza una muestra retrospectiva de su obra visual. “Estoy en una etapa inicial con canciones nuevas, todo muy fermental”, dice. En ese estado, escritura, música y plástica no compiten, se alimentan. Para Umpi, se trata de aceptar que la creación —como él mismo— muta de forma, de máscara y de tono, pero mantiene una esencia.

No la uso (música) de manera catártica, es medio pensado, hay juegos de cosas que vi, de cosas que pienso.

Crear como forma de estar en el mundo

A fines de los noventa, Patricia Turnes intercambiaba cartas con Mario Levrero. Eran largas, de preguntas y consejos, que algún día, dice, le gustaría publicar. En uno de esos intercambios dejó escrita una frase que hoy suena como una clave de su recorrido: “Me atraen mucho los músicos, es la especie humana que más me llama la atención”.

Había algo en el universo musical —su intensidad, su comunidad, su exposición— que contrastaba con la soledad del escritorio. La literatura había sido su primer territorio, el espacio donde ordenar preguntas y fijar experiencias. Pero la música prometía cuerpo, presencia, intercambio inmediato.

El pasaje de la fascinación a la práctica tuvo un lugar íntimo. Con Nicolás, su primer novio guitarrista, empezó a componer. Entre los 26 y los 30, las canciones funcionaron como procesamiento afectivo y como reorganización vital. “Me ayudaron a atravesar un montón de dramas y cambios”, cuenta.

El verdadero punto de inflexión llegó cuando entendió que debía independizarse. A partir de ahí, la música dejó de estar mediada por vínculos personales y pasó a ser un proyecto autónomo. Clases, disciplina, grabaciones. Mandrake Wolf y Samantha Navarro aparecen como referencias formativas; y el productor Fabrizio Rossi como aliado técnico en la consolidación de un sonido. “Cuando quise acordar, ya componía sola”, resume.

Para mí es bastante terapéutico hacer canciones o escribir novelas o cuentos. Intento completar el vacío de sentido de la existencia a través de estas artes.

En paralelo, la escritura no desapareció. Entre 2001 y 2010 publicó tres libros. Luego vino una pausa editorial, mientras la energía se desplazaba hacia los discos y la gestión cultural. Desde 2017 comenzó una etapa más intensa en lo musical, que se prolongó hasta 2023. Cuando el circuito empezó a exigir una logística agotadora —producción de eventos, inversión económica, coordinación de equipos— volvió a la página. En ese regreso reapareció un proyecto antiguo: una novela ambientada en el mundo de la música, iniciada en 2010 y retomada más de una década después. La experiencia musical no solo alimentaba canciones; también proveía personajes y escenas.

En ambas artes, lo que busca es una fuga: “hacer un agujero en la pared e irme a otro lugar”. Y en esa fuga aparece el trance como estado común, con una metáfora perfecta. “Soy un poco como estos ladrones que escarban hasta construir túneles subterráneos, solo que en mi caso, la riqueza es interior”, sostiene.

La escritora y cancionista Patricia Turnes.
La escritora y cancionista Patricia Turnes.
Foto: Camila Caballero

Durante años, sintió que debía explicarse. En su entorno, la escritura era una elección incluso celebrada; la música, en cambio, parecía un desvío incierto. En su casa la habían estimulado para ser escritora, pero cuando en 2016 anunció que quería dedicarse a la música, la reacción fue otra. Su madre pidió hablar a solas y fue directa: “Nosotros no estamos de acuerdo en que te dediques a la música”. Turnes todavía recuerda el impacto de la frase —“¡quedé helada!”— y la sensación de haber tomado el camino equivocado. Con el tiempo, la resistencia se diluyó. Sus padres fueron a verla tocar, acompañaron el proceso.

Lo que Turnes reconoce ahora es que la integración no fue únicamente externa. “A mí también me costó integrar todas mis partes”, admite. El recorrido incluyó maestros y distintas terapias; un trabajo sostenido para aceptar que su identidad no era lineal. Paradójicamente, la vocación que más dificultades encontró para legitimarse fue la que terminó dándole mayor estabilidad. “Si cuento en cuál de las dos áreas gané más dinero, fue en la música”, señala, como quien cierra una ironía biográfica.

Además, Turnes no concibe la creación como gesto efímero. Hay, en su impulso, una voluntad de compañía para el otro y de permanencia. “Tengo la esperanza de entretener, de ayudar a alguien a pasar un momento duro”, dice. Y, en esa esperanza, reside también un deseo más allá del presente: “Ojalá me lean o me escuchen cuando ya no esté”. Le gustaría, dice, que algún día se publiquen sus diarios, como ocurrió con Idea Vilariño, Sylvia Plath, Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik. “Me encantaría que se arme tremendo revuelo cuando todos mis secretos salgan a la luz, que la gente se espante, que se emocione, que se mate de risa con mis partes más horrendas”.

Hoy algo se acomodó en la forma de nombrarse. Cuando se presenta como “escritora y música”, ya no lo hace desde la rareza sino desde el orgullo. Esa afirmación no clausura el conflicto; lo resignifica. Porque para ella —y, en distinto registro, también para Mella y Umpi— crear no es una actividad acotada a un formato, sino un modo de estar en el mundo. “Para mí es bastante terapéutico hacer canciones o escribir novelas o cuentos. Intento completar el vacío de sentido de la existencia a través de estas artes”, finaliza.

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