Daniel Mella no sabe tocar la guitarra y nunca había imaginado que iba a componer una canción. Sin embargo, aquí está: él, el escritor que sacudió el mapa literario montevideano con su primera novela, Pogo; fue dos veces ganador del premio Bartolomé Hidalgo de narrativa; cautivó al público con su confesional El hermano mayor y exploró la prosa y la poesía y los talleres hasta convertirse en un imprescindible de la literatura uruguaya contemporánea, tiene que hablar de su primer disco.
Sentado en un café del barrio Palermo, envuelto en el canto de los pájaros de una mañana de primavera, Mella siente unos nervios verdes, desconocidos. “Yo de última tengo una historia con los libros. Pero esto es totalmente nuevo”, dice a El País. “Yo confío pila en el material: si no me pareciera un disco hermoso no lo hubiera sacado. Pero me siento entrando en un ambiente que no es el mío”.
El 7 de noviembre, el mismo día en que el mundo descubría el disco maximalista y lleno de sonidos de Rosalía (Lux), Daniel Mella lanzaba Notas de voz: un disco grabado a guitarra y voz, en su casa, con un celular, casi que con tres acordes. Más que un disco, es un estado: casi 39 minutos de una sensación sepia, la foto exacta y sin filtros de un momento áspero de la vida de un hombre. La vida después de una separación.
A Mella le divierte pensar que está haciendo, en la música, “todo al revés”.
“No sé tocar la guitarra. Por algún motivo salen canciones. Yo tendría que estar yendo a bares, practicando cómo tocar, o tocándole a mis alumnos de taller, sacarme los nervios, y no, no está sucediendo. Estoy aprendiendo a tocar en la radio, en la tele. Es muy ansiógena la situación”, dice.
Su debut en vivo, tocando con la banda noise Chino (conformada por Juan Sacco y Martín Recto), fue este año, en vivo en televisión.
Su debut ante público, también con Chino, fue en la Sala Ducon, en un show registrado con siete cámaras y audio en alta fidelidad.
Su debut solista también es así de particular. “Por lo general, si corregís demasiado una novela, la que permanece es la corregida y la otra se borra de la historia de la literatura. Nadie la lee. Sin embargo, me gustaba esa sensación de hacer el camino inverso, como viene siendo para mí, hasta ahora, este camino de la música. Bueno, lo primero que saco es el bootleg”.
Pero Notas de voz no es un disco pirata ni la recopilación de canciones perdidas, grabaciones inconclusas o piezas de descarte. Todo lo contrario: es lo que es, un disco mínimo, de una orgullosa sencillez. “Estaba en el duelo de una separación y lo que tenía eran ciertos límites: mi límite con la guitarra, mi límite de ser la primera vez que estaba componiendo canciones, entonces no sabía muy bien lo que estaba haciendo; mi límite tecnológico, de grabar con el celular; mi límite con los horarios del día”, dice.
“Yo de repente grababa una cosita a las 6 de la mañana, cuando me despertaba, en súper silencio, y eso me obligaba a mantenerlo chiquito porque las crías están durmiendo, la gente de los otros apartamentos también, o tenía que esperar a que el pibe del segundo piso apagara el trap y el aire acondicionado dejara de hacer ruido, tu tu tu. Muy divertido, muy... muy innegable”.
Y después: “Hay muchas razones para que el disco sea así. La primera es: yo tengo una vida bastante ocupada. Trabajo, vivo solo con mis dos hijos adolescentes. Trabajo en casa, doy mis talleres en casa. Mi tiempo para salir a hacer cosas lo tengo con Chino: nos reunimos una vez por semana, tocamos, grabamos, hacemos lo que sea. Esa es mi salida con amigos. No voy a hacerme otro tiempo para ir a grabar esto a otro lado, y además para mí no tenía sentido. Yo no sé tocar la guitarra. ¿Qué voy a grabar? ¿Hi - Fi? ¿Con dos deditos?”.
Mella lo repite como si quisiera subrayarlo.
La historia de Daniel Mella con la música
Cuando tenía siete u ocho años le pidió a su madre que lo llevara a tomar clases de piano con Yolanda, su vecina, tal como lo hacía su hermana. Fue, intentó. No prosperó. Para cuando sus hermanos menores empezaron a tocar la guitarra e incursionar en “banditas” de rock, él ya estaba escribiendo.
“El otro día, hablando con mi hermana, me dijo: lo que pasa es que vos tenías que acercarte al instrumento para crear, no para aprender a tocar. Y claro, yo no sé tocar canciones que no sean las mías. No sé tocar una de Nirvana, ni siquiera me interesa aprender una”.
Pero Mella —que fue un niño fascinado por “Cápsulas” de Eduardo Darnauchans, un adolescente cautivado por el ritual de escuchar la Sinfonía n.º 9 de Beethoven acostado en el piso de su living, y después, “cuando la cosa se puso intensa”, un devoto de Nick Cave— tenía alguna noción.
Cuando su hermano Sebastián, el músico y guardavidas que falleció hace 11 años e inspiró el texto de El hermano mayor, vivió un tiempo en su casa, le dio herramientas básicas para que Daniel pudiera acompañarlo mientras tocaba la guitarra (“el Do, el Re, no sé qué. Sin salirme de ahí”).
Fue con la guitarra de Sebastián, hace apenas unos meses, que Daniel Mella empezó a encontrar estas canciones que ahora hacen a Notas de voz, su disco debut.
El instrumento, que hoy suele tocar su hija, estaba en su casa, abandonado, como si estuviera mirándolo. Él, que se había refugiado en la poesía tras años de construir prosa, ya no quería más poemas.
Pero estaba ahí, dice, con “toda esa tristeza” que le corría por dentro. “Casi nunca puedo decir qué mal año, qué ganas de que termine este año de mierda. Nunca me pasó. Hasta el año pasado. Y ese fue el momento en el que entró la música. Un año en el que, de tanta mierda, estaba perdiendo hasta la capacidad de leer”, confiesa. “La música apareció en el momento justo”.
Allí, cuando cedió a la tentación de tomar la guitarra de su hermano, algo empezó a tener sentido. Al principio tuvo miedo: era el instrumento de Sebastián, las melodías le salían “sospechosamente parecidas” a las que él hacía, grababa y sentía que estaba en algún lado haciéndole una especie de segunda voz.
“Lo primero que le digo a mis alumnos de mi taller es que descarten todas las voces que vienen a decirte: no escribas esto, qué atrevido, qué te crees que sos. Pero bueno, te aparecen”, dice.
“Me venía como un temor también. A veces parece que en la familia se repartieran ciertos roles, y yo soy el escritor, y ahora que Seba, que era el músico, está muerto hace años, ¿estoy queriendo tomar un lugar que no es mío? Y en realidad es re mío, pero mi encare es por otro lado. Y es un placer tan distinto… Porque yo me gozo escribiendo. Pero tocando la guitarra y componiendo me gozo más. Me gozo más. Es un goce casi exento de conflicto, de culpa o de obsesión”.
Ahora, todo lo que viene ocurriendo con Notas de voz, con este redescubrirse en otra faceta y con las devoluciones que recibe, lleva a Mella a pensar en la época de Pogo, cuando era muy joven, apenas 21 años, y se lanzaba de lleno a la aventura literaria.
De alguna forma, siente que está recuperando una frescura, incluso una inocencia que creía perdida. Mientras planea una presentación para el año que viene, quiere mejorar en su flamante oficio, tiene nuevas canciones a las que les va dando forma, proyecta algún día tocar con otros músicos. Imagina. Pero ahora, más que armonías o acordes complejos, quiere hacerlo todo cada vez más sencillo, más básico, más simple.
Dice: “Esto me abrió un cachito más la cabeza. Está esta idea de que ‘escritor es escritor’. Pero capaz que no soy escritor. Capaz que soy artista. Y eso ahora incluye a la música y mañana andá a saber, ¿no?”.
También dice: “Hacer canciones es un viaje de ida. A veces me pregunto si volveré a escribir un libro. Supongo que sí, ojalá que sí. Pero la música se siente tan bien, es tan clara la hermosura del proceso... Yo no puedo dudar de eso. No puedo dudar. Si es perfecto”.
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