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Bill Gates: abandonar la Universidad de Harvard para construir un imperio

Era un chico muy joven cuando abandonó la Universidad de Harvard y cofundó Microsoft y Windows. Hoy es uno de los más poderosos.

Bill Gates. Foto: Gety Images
Bill Gates. Foto: Gety Images

En la clase ponían un disco de pasta: “Trece más dieciocho”, “Diecisiete más nueve”, “Diez más treinta y dos”. Bill Gates —entonces el niño rubio y sonriente que suele describir su hermana— anotaba en un cuaderno las cuentas y los resultados, sin titubear, rápido, seguro, al ritmo de la voz que emitía el disco. Cuando terminaba, miraba su cuaderno, miraba a su alrededor y veía a los demás niños enloqueciendo, rogando porque el sonido fuese más despacio. Así Bill Gates se dio cuenta de que había ciertas cosas (las matemáticas al menos) para las que tenía más facilidad que otros.

Cinco décadas más tarde, sentado frente a una cámara y un entrevistador que graba un documental sobre él (Bill Gates bajo la lupa, Netflix, 2019), el genio confirmado dice que su mayor miedo es que su cerebro deje de funcionar. El estadounidense cofundador de Microsoft y Windows amasa un capital de al menos US$ 131.500 millones (esa era la cifra hasta fines de 2020), y todo fue, en parte, gracias a su cabeza.

Además, y de eso no hay duda, Bill Gates se posicionó como uno de los hombres más poderosos del mundo. La financiación de siete vacunas distintas para el coronavirus y el actual proyecto para “tapar el sol” lo demuestran. Y, claro, el detalle de que Gates se ha convertido en el más reciente Nostradamus: predijo la pandemia actual y ahora habla de la próxima que tendrá que enfrentar la humanidad. Muchos lo asocian a teorías conspirativas que lo sitúan detrás del origen de la pandemia.

“La desafortunada realidad es que COVID-19 podría no ser la última pandemia. No sabemos cuándo llegará el próximo virus, o si será una gripe, un coronavirus o alguna enfermedad nueva que nunca antes habíamos visto. Pero lo que sí sabemos es que no podemos permitirnos que nos pillen desprevenidos de nuevo”, escribió en No es demasiado pronto para comenzar a pensar en la próxima pandemia, un artículo en su blog de Linkedin.

El empresario está preocupado por las inversiones en desarrollos científicos que puedan prevenir o atenuar los efectos de un problema futuro.

El chico de 19 años que abandonó Harvard

“Mi madre fue la persona que trató de hacerme interesar por las cosas”, confiesa Gates en el documental de Netflix al referirse a Mary Maxwell. Sobre su padre, William H. Gates, Sr, dice que era un modelo a seguir. El hogar de los Gates, con una mujer docente y empresaria y un hombre abogado, sumado a una Seattle en la que la familia pisaba con fuerza fueron el espacio propicio para las inquietudes de aquel niño prodigio.

Ya en la escuela formó un grupo de informática y quedó fascinado con una terminal de teletipo que había comprado la institución. “Recuerdo que pensaba que él era algo raro. Y que sus amigos eran raros. Eran nerds”, lo describe su hermana Libby, rememorando los tiempos de infancia. Gates ya había dejado de ser el niño imaginativo que jugaba a ser un perro y pasaba gran parte de su tiempo encerrado en su cuarto desordenado y repleto de libros. Por entonces, cuando pensaba, Gates mordía los lápices. Ahora hace lo mismo con la patilla de los lentes. Hay vicios que no se pierden.

Crecer no fue tarea sencilla. Por un lado, tenía a su amigo, a su par, a un chico que le seguía el hilo en su inteligencia. Era Paul Allen, quien después se transformaría en su cofundador de Microsoft. Pero por otro estaba la necesidad de ir por algo más que aquello que todos esperaban de él.

En 1973 Bill Gates ingresó a Harvard y se preparaba para ser abogado. En 1975, a los 19 años, abandonó la carrera porque había algo que le interesaba muchísimo más: los softwares para computadoras. Y con Allen lanzaron Microsoft. Cinco años más tarde nacía Windows.

Difundidas varias historias de su forma demasiado exigente (autoritaria) de dirigir a sus empleados, también se habla de que quería garantizar que sus empleados no quedaran sin ingresos. “Quería tener bastante dinero en el banco para que si nadie nos pagaba en un año, yo pudiese asumir los sueldos”.

La fundación de Microsoft no trajo solamente avance tecnológico. Las computadoras no fueron solo máquinas. Todo eso vino acompañado de un cambio social del que Bill Gates no era ignorante: “No creo que yo haya sido nunca tan rotundo como para hablar de una nueva civilización. Son palabras excesivas y no acostumbro a ir tan lejos. Desde luego, el impacto generado por el mundo digital es equivalente al de la revolución industrial; no mayor, pero sí equivalente. La diferencia, que magnifica la situación actual, es que el industrialismo se desarrolló durante muchas generaciones, mientras que el cambio digital se está llevando a cabo en solo una generación y media o dos”, respondía en una entrevista con El País de Madrid en el año 2000.

Veinte años más tarde, ya hace 11 meses que se retiró de la junta directiva de Microsoft, ya hace varias décadas (en los 80) que dejó de ser el amigo incondicional de Allen (murió en 2018) para pasar a la enemistad y luego a una reconciliación. Veinte años más tarde, Bill Gates pasó de ser el CEO de Microsoft para seguir pasos por la filantropía. Con la Fundación Bill y Melinda Gates, que fundó con su esposa en el 2000, ha seguido por un camino que dona millones y millones de dólares para ayudar con el agua potable, sistemas de saneamiento en países en desarrollo u otros avances científicos que lo muevan por alguna razón. Y ahora, parece, quiere luchar contra la intensidad del sol.

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