La manera en que los adultos incorporan el alcohol a su vida cotidiana puede contribuir a construir las ideas que sus hijos desarrollan sobre esta sustancia. Un estudio realizado a partir de más de dos décadas de datos de la población australiana encontró una asociación entre los patrones de consumo de madres y padres y los hábitos que sus hijos desarrollaban en diferentes momentos de su vida.
Según el análisis, esta relación alcanzaba una mayor intensidad durante la adolescencia. Sin embargo, los resultados no significan que un adolescente reproducirá necesariamente el comportamiento de sus padres ni que los adultos deban abstenerse por completo de consumir alcohol delante de sus hijos.
El investigador Sergey Alexeev, de la Universidad de Sídney y la Universidad de Nueva Gales del Sur, analizó cómo los patrones familiares pueden contribuir a establecer determinadas referencias sobre el papel que ocupa el alcohol en la vida cotidiana.
La investigación utilizó información de la encuesta Household, Income and Labour Dynamics in Australia (HILDA), un estudio longitudinal que recoge datos representativos de la población australiana. El análisis siguió a más de 6.600 personas durante 23 años y reunió más de 43.000 observaciones.
Para estudiar la relación entre el entorno familiar y los hábitos posteriores, Alexeev comparó el consumo de alcohol de los participantes en diferentes etapas de su vida con el consumo promedio informado por sus madres y padres cuando ellos tenían entre 12 y 18 años. Los resultados mostraron que la asociación era especialmente intensa entre los 15 y los 17 años.
Posteriormente, esta relación disminuía durante buena parte de la década de los veinte y volvía a aparecer, en algunos casos, cuando los participantes formaban sus propias familias.
Esto no demuestra que el comportamiento de los padres cause directamente el consumo de alcohol de sus hijos, pero sí sugiere que el entorno familiar puede ser uno de los factores que influyen en la manera en que las personas se relacionan con esta sustancia.
La adolescencia es un período durante el cual las personas desarrollan una mayor autonomía, pero continúan expuestas a las normas y comportamientos de su entorno familiar. En ese contexto, los jóvenes pueden observar no solo si los adultos consumen alcohol, sino también cuándo, cuánto y para qué lo hacen.
Por ejemplo, no transmite necesariamente el mismo mensaje un consumo ocasional durante una comida que la presencia habitual del alcohol como elemento central de todas las celebraciones o como una forma recurrente de afrontar el estrés.
El análisis también identificó diferencias según el sexo de los participantes. La asociación más clara se observó entre progenitores e hijos del mismo sexo: el consumo de las madres mostró una relación más fuerte con el de sus hijas y el de los padres con el de sus hijos.
La familia no es el único entorno que influye en el consumo de alcohol. Los amigos, las normas sociales, el estrés, la personalidad, la disponibilidad de bebidas alcohólicas y las experiencias individuales también pueden intervenir. Investigaciones anteriores han señalado, además, la importancia de otros elementos del entorno familiar, como:
- La supervisión de los adultos.
- Las normas sobre el acceso de los adolescentes al alcohol.
- La comunicación entre padres e hijos.
- La calidad de las relaciones familiares.
- La forma en que los adultos hablan sobre los riesgos del consumo.
Los resultados de este tipo de investigaciones no implican que todos los padres deban eliminar por completo el alcohol de su vida cotidiana. Lo que sugieren es que los patrones repetidos pueden contribuir a establecer determinadas normas y expectativas en los hijos. La frecuencia del consumo, las cantidades y el significado que se le atribuye al alcohol dentro de la familia pueden formar parte de los mensajes que los menores reciben durante su crecimiento.
Con base en El Tiempo/GDA