La copaternidad implica la relación de cooperación y coordinación entre dos adultos para criar y educar a un hijo, sin importar si mantienen o no una relación amorosa. Se trata de trabajar en equipo en las tareas de cuidado, las normas y el bienestar del menor. Es importante que los padres puedan ponerse de acuerdo, coordinar fechas, actividades, traslados de los hijos, etc. Sin embargo, en la realidad observamos que, viviendo como pareja o separados, en ciertas situaciones no logran llegar a acuerdos. Como siempre sostengo: se olvidan del bien de los hijos.
Cuando uno o ambos progenitores no pueden gestionar sentimientos y emociones displacenteras en relación con su pareja, estos pueden oscurecer el sentido común y hacer que no prevalezca el bienestar del hijo.
En ciertas situaciones, los padres no procesan sus sentimientos en el vínculo con su pareja actual o ex. Es así que puede aparecer un dolor intenso, pero no contactan con él. Entonces, no se dan cuenta de lo que les sucede y experimentan intensa tristeza, rabia, rencor —que es bronca reprimida por largo tiempo—, celos, sentimientos de abandono y/o rechazo, desolación, impotencia, es decir, sentir que no pueden vivir sin él o ella, etc.
Esto opaca el sentido común y los hijos son quienes más sufren al ver a sus padres en ese estado de conmoción interna.
Por lo tanto, para poder ponerse de acuerdo hay que mirar y conectar con el hijo. Sin embargo, a veces es muy difícil y el primer paso es que cada padre pueda ver qué siente con lo que le sucede.
Si iluminas tu consciencia, podrás ver la situación desde un lugar más calmo y así evitarás tensiones evitables.
La propuesta no es terapia de pareja ni del adulto, sino comprender qué beneficia a los hijos y qué puede dañarlos.
Observamos que muchos padres toman a sus hijos de rehenes de la situación familiar y los colocan en un lugar muy incómodo, donde les quitan gran parte de su infancia. Están tan frustrados y doloridos que quieren vengarse de su pareja, sea actual o ex, a través de los hijos. A veces no permiten que paseen con las nuevas parejas por celos, a pesar de que en muchos casos el vínculo se ha roto hace años. Los niños son privados de momentos de placer y disfrute por temas que involucran a los adultos.
Un ejemplo de falta de coordinación entre padres ocurre cuando uno dice que sí a un pedido del hijo y el otro dice que no, sin hablarlo antes. Por ejemplo, un niño pide permiso para usar el teléfono determinado tiempo diario o para saber a qué hora debe retornar a la casa. La madre le dice que no, pero luego el padre le da el teléfono sin saber que la madre ya lo había negado. El pequeño le preguntará al progenitor más blando, pero esto causará peleas y discusiones que desautorizan a los padres.
Con el fin de salir de este embrollo de cuántas horas por día puede usar su teléfono, hay que pensar un tiempo razonable que no dañe al niño.
Esta falta de coordinación cansa a los involucrados, pero a los niños los hace sentir muy inestables, pues sus referentes emocionales no logran llegar a acuerdos.
Como siempre afirmamos, los hijos no sufren por la separación de los padres, sino por las actitudes negativas de los mismos frente a situaciones de la vida diaria que los involucran. Lo anteriormente expresado también aplica para parejas que conviven, pero no se ponen de acuerdo.
Si ambos o uno de los padres no acepta y procesa sus vivencias, es muy difícil llegar a acuerdos sobre la educación de sus hijos.
Para poder ponerse de acuerdo, primero hay que mirar qué sucede dentro de cada adulto. Cuando los sentimientos y las emociones no son procesados, pueden ocupar un lugar que impide pensar con claridad y poner en primer plano el bienestar de los hijos.
Los niños necesitan que sus padres puedan coordinar las cuestiones de la vida diaria y llegar a acuerdos. Cuando esto no sucede, quedan en medio de situaciones que pertenecen al mundo adulto.
El bien de los hijos tiene que prevalecer. Los padres pueden estar juntos o separados, pero la copaternidad requiere cooperación y coordinación para que los pequeños no queden atrapados en los conflictos de los adultos.