La monoparentalidad existe cuando un solo adulto, padre o madre, cría y educa a sus hijos. A fines de la década de 1990 apareció un nuevo término, tanto en la sociología como en el ámbito jurídico: coparentalidad. Proviene del inglés coparenting y define un modelo familiar en el que dos adultos, sean o no pareja, comparten la responsabilidad de criar y educar a un hijo.
El psicólogo estadounidense Mark Feinberg define la coparentalidad como la forma en que los adultos se coordinan, se apoyan o compiten entre sí en sus roles como cuidadores. Se trata de una dimensión fundamental de la dinámica familiar, independiente de la relación romántica o económica entre ellos.
La coparentalidad puede darse tanto en padres que conviven como en aquellos que están separados. La pareja puede terminar, pero la responsabilidad de criar a los hijos continúa. Como suelo decir, las personas pueden cambiar de pareja y pasar a ser ex, pero no pueden cambiar de hijos ni de padres. Ese vínculo es para toda la vida.
Feinberg describe cuatro aspectos fundamentales de la función coparental.
1- Acuerdo en la crianza
Se refiere al grado en que ambos padres comparten valores, reglas y objetivos para sus hijos.
Las diferencias suelen aparecer en decisiones importantes: a qué colegio asistirá el niño, qué deporte practicará o qué límites establecer. También ocurre cuando uno pone normas y el otro las desautoriza. Durante la adolescencia, los desacuerdos suelen centrarse en el consumo de alcohol, los permisos para salir o los horarios de regreso.
Lo que ayuda a los padres es dejar de pensar únicamente en su propia postura y preguntarse qué es lo mejor para su hijo. La pregunta que debería orientar cada decisión es simple: ¿esto lo beneficia o lo perjudica?
2- Apoyo o descalificación
La coparentalidad saludable implica validar y reforzar el rol del otro como padre o madre, en lugar de criticarlo, competir o desautorizarlo.
Ese apoyo puede manifestarse en el acompañamiento cotidiano, la organización de las tareas o el sostén económico. En cambio, cuando un progenitor descalifica al otro delante de sus hijos, genera un daño importante. Los niños están construyendo su personalidad y necesitan crecer viendo respeto entre sus padres.
No necesitan que sus progenitores sigan siendo pareja. Necesitan que puedan respetarse y acordar aquello que tiene que ver con su crianza.
3- La división de las responsabilidades
También es importante el nivel de acuerdo respecto de las tareas cotidianas vinculadas a los hijos.
Hoy ambos padres suelen trabajar, llegan cansados a sus hogares y deben responder, además, a numerosas obligaciones familiares. Esa sobrecarga genera tensiones que muchas veces comienzan por cuestiones pequeñas y terminan convirtiéndose en grandes conflictos.
Con frecuencia escucho discusiones originadas por temas insignificantes de la convivencia diaria. Son pequeñas diferencias que, como una bola de nieve, terminan transformándose en un alud de enojo. Cuando estos conflictos se prolongan, también afectan a los hijos.
4- Resolver los conflictos sin involucrar a los hijos
Otro aspecto esencial de la coparentalidad es la capacidad para organizarse, resolver conflictos y coordinar la dinámica familiar.
Aquí suele aparecer lo que los psicólogos sistémicos denominan triangulación: cuando los padres, en lugar de resolver sus diferencias entre adultos, involucran a sus hijos para aliviar la tensión.
El niño puede convertirse en mensajero, mediador o confidente.
Es mensajero cuando uno de los padres le pide que transmita reclamos al otro, por ejemplo sobre la cuota alimentaria o una autorización para viajar. Es mediador cuando intenta intervenir para frenar las discusiones o termina cuidando emocionalmente a alguno de sus padres. También puede transformarse en confidente cuando recibe información que pertenece exclusivamente al mundo adulto y que le genera una carga emocional que no le corresponde.
Los hijos sufren, sobre todo, por el sufrimiento de sus padres y por quedar atrapados en conflictos que no pueden resolver.
Lejos de culpabilizar a los padres, mi intención es transmitir que siempre es posible restaurar la función coparental. Existen espacios de orientación para padres que no constituyen una terapia de pareja. Su objetivo es ayudar a coordinar las funciones de cuidado y educación de los hijos, fortaleciendo el trabajo en equipo aun cuando la relación de pareja haya terminado.
*Psicóloga, especialista en terapia Gestáltica infantil. Conocé más de su trayectoria en fannyberger.com.uy
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