Sumergirse en agua helada se convirtió en uno de los rituales de bienestar más populares de los últimos años. Deportistas profesionales, influencers y aficionados a la actividad física defienden sus supuestos beneficios para la recuperación muscular, el estrés, el sueño e incluso la salud general. Pero ¿cuánto hay de cierto detrás de estas afirmaciones?
La respuesta, por ahora, es bastante más compleja que la imagen de una persona entrando voluntariamente en una bañera llena de hielo. Aunque algunas investigaciones han identificado posibles beneficios de la inmersión en agua fría, la evidencia científica todavía es limitada y no respalda muchas de las promesas que circulan alrededor de esta práctica.
Una revisión sistemática publicada en enero de 2025 en la revista PLOS ONE analizó 11 estudios sobre la inmersión en agua fría. Los investigadores encontraron posibles efectos favorables sobre el estrés, el sueño y la calidad de vida, aunque advirtieron que los resultados deben interpretarse con cautela. El número de estudios disponibles sigue siendo reducido y algunas de las investigaciones incluyeron muestras pequeñas y poblaciones poco diversas. Por eso, todavía resulta difícil establecer conclusiones definitivas sobre los beneficios generales de los baños de hielo.
Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas es la respuesta inmediata que genera el agua muy fría en el organismo. Cuando una persona se sumerge repentinamente, el cuerpo activa una respuesta de estrés vinculada con el sistema nervioso simpático. En ese proceso pueden liberarse sustancias como la adrenalina y la norepinefrina. Como consecuencia, la frecuencia cardíaca y la presión arterial pueden aumentar rápidamente. Al mismo tiempo, los vasos sanguíneos cercanos a la piel se contraen para conservar el calor corporal.
Esto no significa que cualquier persona sana que tome un baño de hielo vaya a sufrir un problema cardíaco. Sin embargo, el riesgo puede aumentar en quienes tienen determinadas enfermedades o alteraciones cardiovasculares. Quienes presentan problemas cardiovasculares, fibrilación auricular, enfermedades arteriales periféricas o síndrome de Raynaud, entre otras condiciones, deberían consultar con un profesional de la salud antes de exponerse al frío extremo.
Otra de las grandes preguntas sigue sin respuesta: ¿cuál es la temperatura ideal del agua? ¿Cuánto tiempo debería durar una inmersión? ¿Con qué frecuencia habría que realizarla? Por el momento, no existe un consenso científico que permita establecer una fórmula universal.
Entonces, ¿vale la pena hacerlo? Los baños de hielo no son necesariamente inútiles ni representan un peligro para todas las personas. La evidencia disponible apunta a posibles efectos concretos, pero también a importantes limitaciones y riesgos que conviene tener en cuenta. El problema aparece cuando una práctica que puede tener determinados usos se presenta como una solución universal para mejorar la salud.
Antes de convertir los baños de hielo en una rutina solo porque se volvieron populares en redes sociales, conviene recordar que existen estrategias cuyos beneficios para la salud cuentan con un respaldo científico mucho más sólido: realizar actividad física de forma regular, mantener una alimentación equilibrada y dormir lo suficiente. La exposición al frío puede tener un lugar específico para algunas personas y en determinadas circunstancias.
Con base en El Tiempo/GDA