¿Por qué no hay que demonizar el estrés y cuáles son las claves para evitar que se vuelva crónico?

Una especialista en salud hormonal explica por qué el estrés cumple una función protectora, qué señales pueden advertir que se volvió crónico y qué hábitos ayudan a gestionarlo.

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Hombre estresado en el trabajo.
Foto: Free Range.

El estrés forma parte de la vida cotidiana. Una situación laboral complicada, un problema de pareja o incluso una jornada atravesada por las apuradas pueden poner en alerta al organismo. Sin embargo, cuando ese estado deja de ser puntual y se mantiene en el tiempo, puede comenzar a afectar distintos aspectos de la salud.

Eugenia Zandoli, coach especializada en salud hormonal, sostiene que el objetivo no debería ser eliminar el estrés, sino impedir que se transforme en un estado permanente. Su propia experiencia con el estrés crónico y su formación en salud hormonal la llevaron a profundizar en las herramientas para gestionar este estado.

En su primer libro, La hormona del estrés, reúne parte de ese recorrido y propone distintas estrategias relacionadas con los hábitos, la alimentación y la forma de afrontar los pensamientos y las emociones.

El estrés también cumple una función

Para Zandoli, el estrés es una respuesta natural y adaptativa del organismo frente a una amenaza. Cuando el cuerpo detecta un peligro, activa distintos mecanismos que permiten responder ante esa situación.

Por eso, considera que no es necesario "demonizar" el estrés. El problema aparece cuando el organismo permanece en alerta incluso cuando ya no existe una amenaza puntual. En ese caso, el estrés deja de ser una respuesta aguda y puede convertirse en crónico.

Uno de los principales inconvenientes, según la especialista, es que muchas personas terminan acostumbrándose a vivir en ese estado de alerta y lo consideran parte de la rutina.

Dolor, nervios, estrés
Hombre nervioso sentado en su cama con dolor.
Foto: Freepik.

Las situaciones cotidianas que también pueden generar estrés

Los desencadenantes más evidentes suelen estar relacionados con situaciones de crisis, como perder el trabajo o atravesar una ruptura sentimental. Pero existen otros factores cotidianos que pueden pasar inadvertidos.

Entre ellos, Zandoli menciona el descanso insuficiente, un diálogo interno marcado por la culpa o el pesimismo, los vínculos que generan incertidumbre, una alimentación con abundancia de azúcar y productos ultraprocesados, el exceso de tiempo frente a las pantallas y realizar las actividades diarias de forma acelerada y automática.

Las consecuencias pueden variar de una persona a otra. La especialista señala que los sistemas digestivo y reproductivo pueden verse especialmente afectados. En las mujeres, esto podría expresarse a través de alteraciones en los ciclos menstruales, dolor menstrual, acné u otros desórdenes hormonales.

En el aparato digestivo, en tanto, pueden aparecer reflujo, acidez, dificultades para digerir los alimentos y cambios importantes de peso. También pueden presentarse insomnio, alteraciones en la piel y ansiedad constante.

Por eso, considera fundamental prestar atención a las señales del organismo y no naturalizar determinados síntomas cuando se mantienen en el tiempo.

Comer trabajando, estrés
Mujer come mientras trabaja, estresada.
Foto: Freepik.

El papel del cortisol y la alimentación

El cortisol suele ser conocido como "la hormona del estrés", aunque cumple otras funciones en el organismo. Ante una situación estresante, interviene en distintos procesos que preparan al cuerpo para responder: puede disminuir temporalmente la actividad digestiva, agudizar los sentidos y acelerar el ritmo cardíaco.

También participa en la regulación del sistema inmune, el sueño y la inflamación.

La especialista destaca, además, la importancia de la alimentación en la gestión del estrés. Según explica, el funcionamiento intestinal está relacionado con la producción de serotonina y los niveles de azúcar en sangre también tienen vínculo con el cortisol.

En ese sentido, recomienda priorizar proteínas, grasas saludables y alimentos poco procesados, como frutas, verduras, carnes y huevos. También plantea evitar una alimentación con exceso de azúcar y señala que los períodos prolongados sin comer pueden representar otro factor de estrés para el organismo.

Hábitos para bajar el nivel de tensión

Además de la alimentación, existen hábitos cotidianos que pueden contribuir a gestionar mejor el estrés. Entre ellos, Zandoli destaca regular el ritmo circadiano mediante la exposición a la luz natural al despertar, prestar atención a los pensamientos y realizar actividad física suave, como caminatas, pilates o yoga.

Pasar tiempo en contacto con la naturaleza también forma parte de sus recomendaciones. Incluso en entornos urbanos, plantea que un parque puede ser una alternativa.

Cuando el nivel de estrés es elevado, además, propone liberar parte de la tensión acumulada mediante movimiento. Caminar es una opción y también menciona el shaking, una técnica que consiste en sacudir enérgicamente brazos y piernas o realizar pequeños saltos.

Otra herramienta que plantea es la técnica de los cinco sentidos, que busca volver la atención al momento presente. Para ponerla en práctica, se puede identificar algo que se está viendo, tocando, saboreando, escuchando u oliendo.

El objetivo, en definitiva, no es vivir sin estrés. Se trata de reconocer cuándo el organismo necesita activarse y, también, aprender a regresar al estado de calma una vez que la situación que provocó la alerta ya pasó.

En base a El Tiempo/GDA

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