Por qué el 80% de los casos de epilepsia se concentran en países de ingresos bajos según la OMS

La falta de continuidad en la medicación, la escasez de especialistas y el estigma social agravan la brecha del tratamiento y la mortalidad es significativamente mayor.

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Foto: Pickpik.

The Conversation
La epilepsia, que afecta a unos 50 millones de personas en el mundo, tiene un impacto muy importante en la salud pública: es una de las diez enfermedades neurológicas que suman un mayor número de años de vida con discapacidad.

Sin embargo, su distribución a nivel mundial es muy desigual. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80 % de los casos se encuentran en países de ingresos bajos y medios. La OMS estima que en estos países se realizan 139 diagnósticos por cada 100 000 habitantes cada año, frente a los 49 por cada 100 000 en países de ingresos altos.

En cuanto al porcentaje de población que padece la dolencia, la tasa se sitúa en 5,49 por cada 1 000 personas en países ricos, mientras que asciende a 6,68 por cada 1 000 en países con ingresos medios y bajos. Esto provoca que la mortalidad asociada a la epilepsia sea mucho mayor en estos últimos.

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El desigual acceso a los tratamientos

Uno de los motivos que explican esas diferencias tiene que ve

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Foto: Commons.

r con el acceso al tratamiento. En comparación con otras enfermedades, la terapia farmacológica para el control de las crisis epilépticas es relativamente barata. Por ello, el 60-70 % de las personas afectadas en países con altos ingresos consigue evitar las crisis recurriendo solo a la medicación.

Sin embargo, esto no ocurre en el resto del mundo. Se estima que la proporción de pacientes sin tratamiento o con un tratamiento inadecuado asciende en los países con ingresos bajos o medios a entre el 50 y el 75 %, mientras que en los países económicamente más favorecidos es solo del 10 %.

Además, el problema es que las pocas personas con acceso a los fármacos a menudo no pueden seguir correctamente el tratamiento por falta en la continuidad de la disposición de los fármacos o de una correcta supervisión. Otra de las razones que explican esta gran desigualdad es que en los países con ingresos medios y pequeños hay mayor incidencia y menos prevención de los factores de riesgo, como las infecciones que afectan al cerebro (paludismo o neurocisticercosis), problemas durante el parto o los traumatismos craneoencefálicos.

Factores que ahondan la brecha

Las causas de esta brecha en el acceso a los tratamientos y la atención sanitaria son múltiples y pueden clasificarse en dos categorías principales: factores relacionados con el sistema de salud y factores culturales.

Los primeros apuntan a una desigualdad en la distribución de los servicios públicos (mejores en las zonas urbanas que rurales), una diferencia en la calidad de la atención médica pública frente a la privada y falta de personal sanitario especializado.

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Foto: Jacobs School/Commons.

Pero además del impacto clínico, la epilepsia se acompaña en muchos lugares de un estigma social, lo que puede retrasar la búsqueda de atención médica o favorecer el recurso a tratamientos no médicos (medicina alternativa, curanderos, etc.), así como obstaculizar el acceso a la educación, al empleo y a la participación social. No obstante, algunos de esos impedimentos también pueden vincularse al trastorno cerebral subyacente a la epilepsia.

La mayor parte de las veces el estigma es ejercido por otras personas. A menudo, aún se cree erróneamente que las convulsiones son contagiosas, con las consiguientes reticencias a ayudar durante las crisis. En algunas áreas, las mujeres experimentan un estigma especialmente intenso, que reduce sus oportunidades de matrimonio y aumenta su vulnerabilidad a la discriminación, el abuso físico y la violencia sexual.

Acciones para mejorar el diagnóstico y el tratamiento

Abordar esta brecha en el diagnóstico y la atención de la epilepsia implica la combinación de acciones médicas, educativas y sociales que respeten las creencias culturales, así como los recursos locales y las prioridades de cada comunidad.

Algunas de esas acciones incluyen:

  • Fomentar las formaciones básicas especializadas en sanitarios de atención primaria, promoviendo la idea de que la epilepsia es una afección tratable.
  • Fortalecer los sistemas de atención primaria, garantizando el acceso a medicamentos esenciales para tratar las crisis.
  • Desarrollar programas de prevención en entornos sanitarios y educativos para conocer la enfermedad y saber cómo actuar ante una crisis.
  • Emprender acciones centradas en la intervención contra el estigma asociado a la enfermedad.
  • Desarrollar programas educativos para los pacientes basados en el autoconocimiento y autocuidado.

No solo hace falta crear conciencia social sobre la importancia de la epilepsia, sino también generar cambios legislativos, clínicos y educativos que permitan mejorar la calidad de vida de las personas afectadas.

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Radiografía de un cerebro.
Imagen: Commons.

Con este objetivo, la Internacional Bureau for Epilepsy (IBE) ha creado la guía Advocate’s Toolkit for Making Epilepsy a Priority in Africa para impulsar proyectos de incidencia política y social relacionados con la epilepsia.

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